Anshuman Hooda: De ingeniero a lanzador de 140 km/h en la DPL
NUEVA DELHI — A Anshuman Hooda se le escapa la risa cuando le piden que elija entre el portátil de la oficina y la pelota de cricket. No duda: la pelota es su mejor amiga. El contraste define su vida actual. De día, empleado de una multinacional. De tarde y de noche, el lanzador más incisivo de la tercera edición de la Delhi Premier League.
Tiene 25 años, un título de ingeniería de Delhi Technological University (DTU) y un trabajo en EY. Y, sin embargo, lo que hoy marca su nombre no es su currículum académico, sino las 22 víctimas que lo convirtieron en ganador del Purple Cap y pieza clave en el título de South Delhi Superstarz en la DPL 2026.
No siempre fue así. Hubo un momento en el que Hooda pensó que el cricket se había acabado para él.
El punto en el que casi lo deja
Dos intentos fallidos en las pruebas Sub-23. Ningún partido en categorías inferiores. Ningún recorrido clásico por el sistema junior de Delhi. Ninguna puerta evidente hacia el Ranji Trophy o el cricket de primera clase.
Solo un ingeniero recién salido de DTU con un puesto asegurado. El camino lógico estaba claro.
“Intenté para Sub-23 dos años, pero no lo conseguí. Pensé que sería muy difícil porque no había jugado cricket profesional ni por edades. Sería muy complicado entrar directo en Ranji o en primera clase”, recuerda.
La conclusión, entonces, parecía inevitable: dejar el deporte y centrarse en la ingeniería.
Su familia respiraba tranquila con el empleo. Su hermano mayor, Vikram Hooda, lo resume con naturalidad: antes la preocupación era que consiguiera un trabajo; ahora, con el contrato firmado y los números en la DPL, sus padres —especialmente su madre, Prem Lata Singh, maestra de primaria en una escuela de la MCD— lo ven perseguir el cricket con otra mirada.
Justo cuando Anshuman se preparaba para dar carpetazo al juego, apareció la voz que cambió el guion.
El entrenador que pidió “un año más”
Harish Dagar, entrenador y responsable de la academia Delhi Cricket Hub en Paschim Vihar, lo conocía desde la universidad. En 2023, cuando Hooda se graduó y consiguió el puesto a través de campus placement, ya tenía decidido “seguir con su vida”. Dagar no lo permitió tan fácil.
Le pidió un año. Cuatro días a la semana en la academia. Un trato sencillo: si después de ese año nada salía, podría dedicarse de lleno a su carrera corporativa.
No era una apuesta basada en estadísticas brillantes ni en una trayectoria juvenil impecable. Dagar había visto otra cosa desde 2019: físico, velocidad de brazo, coordinación natural. Lo había observado primero en partidos con pelota de tenis. Le sugirió probar como seamer de medio ritmo. Al principio, bruto y errático. Pero rápido. Y, sobre todo, con un cuerpo que parecía hecho para la velocidad.
“Su alineación corporal era natural. Su fuerza era natural y su ritmo también. Pero al principio no tenía suficiente fuerza en el cuerpo. Le dije que si no mantenía su condición física junto con su velocidad natural, tendría problemas”, explica el técnico.
El problema era el tiempo. Trabajo, gimnasio, sesiones nocturnas. Una agenda “muy agitada”, como la define Dagar. Por eso, decidió empezar por la cabeza.
“Trabajé en su mente un 80-85%. Lo hice mentalmente fuerte. Le dije que nunca pensara que estaba cansado o cargado. Una vez que su mentalidad cambió y el mapa estaba claro delante de él, supo qué tenía que hacer: en un momento centrarse en la condición física, en otro en el trabajo y luego venir a las sesiones.”
Del patín a la pelota: un “late bloomer” a 140 km/h
Lo más extraño de la historia de Hooda no es su doble vida actual, sino el origen. Antes de ser lanzador fue patinador. De nivel nacional.
De niño, el cricket estaba cerca, pero no era su identidad. Su hermano Vikram jugaba, y Anshuman siguió casi todos sus pasos académicos: ciencias, ingeniería. El molde familiar. Pero el cricket, para él, llegó tarde. En la universidad.
“Empecé a jugar en la universidad, y ahí entré en el cricket con pelota dura de forma profesional, con el equipo de la facultad y todo. Ahí me enamoré de lanzar rápido, de sacar wickets y de la agresión que trae. Me encantó lanzar rápido”, cuenta.
Ese gusto por la velocidad se topó pronto con la realidad física del oficio. La rapidez no es gratis. “El fast bowling no es una actividad muy cómoda para el cuerpo. Aceleras, y luego todo tu cuerpo tiene que absorber el impacto antes de soltar la pelota. Definitivamente pasa factura”, admite.
Lesiones menores, molestias, la repetición constante del gesto. Pero también una motivación simple: “Solo el amor por el deporte y por lanzar rápido me mantuvo motivado y me ayudó a volver más fuerte cada vez”.
Mientras tanto, Dagar afinaba el plan. Periodización, descanso, fuerza, carga de trabajo, dieta, fisioterapia, técnica. Un programa completo.
El objetivo no era solo fabricar una bola rápida. Era construir un lanzador rápido. Un cuerpo capaz de soportar la velocidad y una mente capaz de sostenerla.
La DPL como escaparate
El gran hueco en el muro llegó con la Delhi Premier League. En 2024, South Delhi le abrió la puerta. Al principio, minutos contados. Luego, un spell que cambió percepciones. Más tarde, en la siguiente temporada, un five-for que consolidó su nombre. Y con ello, miradas de franquicias de IPL, primero como posible net bowler, luego como candidato a pruebas.
En la edición de 2026, el salto fue evidente: 22 wickets, Purple Cap y papel decisivo en el título de South Delhi Superstarz. De casi abandonar el cricket a convertirse en uno de los lanzadores más comentados de la liga en apenas unos años.
La atención se hizo real cuando apareció una figura muy concreta: Shikhar Dhawan, propietario del equipo.
“Shikhar Dhawan en persona, el dueño del equipo, me sorprendió. Vino y tuvimos una pequeña conversación. Me dio muy buenos consejos y una dirección hacia la que trabajar desde aquí”, relata Hooda.
Dhawan no solo habló con él. También lo elogió públicamente en una de sus historias de Instagram. Para un jugador que había pasado años fuera del circuito convencional, ese gesto valía más que un simple mensaje. Era validación. Era señal de que su nombre había entrado en el radar correcto.
Velocidad sí, pero con puntería
Hoy, Anshuman ronda los 140 km/h. En el ecosistema del fast bowling, la velocidad es la moneda que puede cambiar una carrera de la noche a la mañana. Su entrenador está convencido de que hay margen para más. Y el propio jugador no lo esconde.
“Definitivamente, la velocidad es lo que quiero. Si puedo, buscaré lanzar aún más rápido y construir la fuerza y las habilidades para hacerlo, asegurándome de que no haya compromiso con la precisión y la línea”, afirma.
Esa última frase marca el siguiente escalón. La velocidad atrae. La precisión mantiene el puesto. El reto ahora no es solo subir un número en el speed gun. Es sostener esa intensidad en spells largos, especialmente en cricket de bola roja.
Hooda ya piensa en ello: “Para esto nos preparamos. ¿Quién lanza en un partido de cuatro o cinco días y mantiene spells largos con el mismo esfuerzo? Para eso me estoy preparando. Si tengo la oportunidad, definitivamente lo haré”.
Su hoja de ruta está clara. Primero, consolidarse en Delhi. Después, el cricket de primera clase. Más adelante, IPL. Y, al fondo, la camiseta de India.
“El objetivo final es jugar y ganar partidos para el país. Ese es mi objetivo máximo”, dice sin rodeos.
Seguridad o sueño
Mientras las puertas del cricket se entreabren, otra conversación se libra en su vida. Una que no tiene que ver con swings ni cutters, sino con seguridad y riesgo.
Por un lado, un título de ingeniería, un puesto en una multinacional, un ascenso antes del inicio de la DPL. Un futuro previsible. Por el otro, un deporte que ofrece incertidumbre, competencia feroz y una carrera que puede desaparecer tan rápido como apareció.
El trabajo desde casa le ha permitido, hasta ahora, sostener el equilibrio. Videollamadas, hojas de cálculo, entrenamientos, partidos. Un rompecabezas diario.
“Actualmente, he vuelto a incorporarme. Pero, como he visto un progreso importante en mi cricket en los últimos meses y en este torneo, puede que, en los tiempos que vienen, cambie todo mi enfoque al cricket y lo dé todo”, reconoce.
Es una frase pesada en boca de alguien que hace no tanto pensó en dejar el deporte. Y encierra una ironía silenciosa: el ingeniero que aprendió a gestionar demandas paralelas está cada vez más cerca de tener que elegir solo una.
Hooda sabe hacia dónde mira. Lo resume con la misma sencillez con la que eligió la pelota sobre el portátil.
“Lo daré todo. Veamos qué pasa a partir de aquí.”




