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Australia sobrevive en Harare y se prepara para el Mundial

Josh Inglis respiró hondo, levantó el bate y miró al cielo de Harare. Su segundo siglo en ODI no fue uno más para las estadísticas: fue el corazón de una victoria de un solo wicket, con una bola restante, que dijo mucho más de Australia que el 3-0 final ante Zimbabwe.

El marcador dirá que persiguieron 272 y que lo lograron. Lo que no cuenta es el nudo en la garganta de todo el vestuario visitante cuando el número 11, Spencer Johnson, caminó hacia el crease con el partido en el alambre.

Inglis marca el camino en una persecución nerviosa

Australia nunca se quedó atrás del ritmo de carrera. El tablero se movía, las cifras cuadraban. Pero cada avance tenía un precio. Travis Head cayó por 6, Mitchell Marsh apenas sumó 8. Dos golpes tempranos que marcaron el tono: nada sería sencillo.

En medio del vaivén, Inglis se plantó. 103 de 102 bolas, 11 fours, un innings de madurez, de control y de nervio frío. Mientras a su alrededor las asociaciones se rompían, él mantuvo la persecución en línea recta, sin pánico, sin sobreactuar.

Cuando finalmente cayó, dejó a Australia cerca, pero no a salvo. El partido, entonces, se convirtió en examen para los de abajo en el orden.

Ellis y Johnson, héroes inesperados

Nathan Ellis ya había brillado con la bola: 3-50 en sus 10 overs, el mejor de los australianos con el balón en la mano. Pero la tarde le pedía algo más. Con el bate, firmó 36 de 44 bolas y se convirtió en el socio que Australia necesitaba cuando el margen de error era mínimo.

A su lado, Johnson, número 11, aportó 7 de 13. No son cifras que entren en la historia por volumen, pero sí por contexto. Resistieron. Eligieron bien los riesgos. Y, sobre todo, mantuvieron la calma cuando el partido se estrechó hasta el punto de asfixia.

Zimbabwe tuvo su momento. Wessly Madhevere dejó caer una captura sobre Ellis en el penúltimo over, una oportunidad que podía haber cerrado la serie con un golpe sonoro. No la tomó. La presión cambió de lado.

En el último over, con nueve carreras necesarias, Ellis conectó un seis en la primera bola. El golpe que rompe planes, que desarma a cualquier lanzador. Desde ahí, el resto fue cuestión de gestionar el margen. Australia cruzó la línea con una bola por jugar. Zimbabwe se quedó con la sensación de haber tenido el partido en la mano.

Un 3-0 que vale más que un simple marcador

El resultado global de la serie favorece con claridad a Australia: 3-0, con varios titulares descansando y la vista puesta en el gran objetivo. Pero el cierre en Harare dejó lecciones, no solo tranquilidad.

Mitchell Marsh lo reconoció sin rodeos: hubo fortuna en el desenlace, aunque también señales alentadoras en el rendimiento colectivo y en el carácter del grupo. Aparecieron nombres jóvenes, se repartieron responsabilidades, se ensayaron combinaciones.

Inglis, por su parte, miró más allá del día. Habló de situaciones que volverán a repetirse, de la importancia de que Ellis y Johnson hayan vivido ese tipo de final con el Mundial a 12 meses de distancia. No fue solo un triunfo; fue una experiencia de alta tensión que cuenta para el futuro.

Raza lidera, Zimbabwe compite

El partido no fue un monólogo australiano. Ni mucho menos. Zimbabwe construyó sus 272 con inteligencia y temple, liderado por su capitán.

Sikandar Raza firmó un 81* de 72 bolas, el ancla y al mismo tiempo el acelerador de la entrada local. A su alrededor, Craig Ervine aportó 59 de 79 y Innocent Kaia 55 de 66. Tres medias centurias que sostuvieron la estructura y mantuvieron a Zimbabwe siempre en posición de competir.

Con la bola, Brad Evans se adueñó del protagonismo: 4-47 en sus 10 overs, castigando errores y manteniendo viva la esperanza de una victoria de prestigio ante el vigente campeón del mundo.

Al final, a Raza le quedó una mezcla de orgullo y frustración. Orgullo por haber llevado a Australia a un desenlace límite con un total que él mismo consideraba ligeramente por debajo de la paridad ideal de 280-290. Frustración por haber rozado el golpe grande y haberse quedado a centímetros.

Sudáfrica en el horizonte y un recuerdo incómodo

Australia ya tiene la serie en el bolsillo y gira la mirada hacia el siguiente escenario: Sudáfrica. Tres ODI a partir del jueves en Durban, con refuerzos de lujo. Pat Cummins y Mitchell Starc se sumarán para apuntalar el ataque y acercar al equipo a su versión de gala.

Después, llegarán tres Tests en Durban, Gqeberha y Ciudad del Cabo. Un regreso cargado de contexto: Australia no disputa una serie de Tests en suelo sudafricano desde el escándalo de manipulación de la pelota en 2018. El ruido alrededor de aquel episodio sigue siendo parte del relato, pero en el vestuario aseguran que la mente está en otra parte: condiciones, combinaciones, y un Mundial que se jugará, en su mayoría, precisamente allí.

La cita de 2027 repartirá sus partidos entre Sudáfrica, Zimbabwe y Namibia. Esta gira, entonces, no es una más en el calendario. Es un ensayo general en terreno real, con público, presión y recuerdos.

Harare dejó una advertencia: incluso cuando Australia rota, incluso cuando gana 3-0, no hay margen para la complacencia. El título mundial se defiende desde días como este, cuando un número 11 y un especialista en death overs con la bola tienen que convertirse, de pronto, en los hombres que sostienen el plan maestro.

Australia sobrevive en Harare y se prepara para el Mundial