Carlos Alcaraz y el desafío estadounidense en el US Open
Durante los próximos días, el US Open puede convertirse en algo más que un Grand Slam: puede ser un pulso directo entre Carlos Alcaraz y todo un país. El español, ídolo global y vigente campeón en Flushing Meadows, amenaza con cortar de raíz el sueño colectivo de ver por fin a un tenista local levantar el trofeo masculino 23 años después de Andy Roddick.
El cuadro se ha alineado para un choque frontal. Tres estadounidenses siguen vivos en el torneo masculino: Ben Shelton, Frances Tiafoe y Alex Michelsen. Los tres, en la misma mitad que Alcaraz. Los tres, con la presión –y el impulso– de un público que lleva demasiado tiempo esperando.
Shelton, primera barricada en Arthur Ashe
El primer examen de este “Alcaraz contra Estados Unidos” llega el martes, en Arthur Ashe Stadium. Al otro lado de la red estará Ben Shelton, octavo cabeza de serie, 23 años, potencia descomunal y un romance evidente con Nueva York. Busca su segunda semifinal en el US Open. Esta vez, con 24.000 personas empujando cada saque y cada grito.
Alcaraz sabe perfectamente a qué se enfrenta. No solo a la zurda explosiva de Shelton, también al rugido de la grada.
El español ya ha advertido que espera tener enfrente no solo a su rival, sino a todo el estadio, consciente de que Shelton exprimirá cada decibelio a su favor cuando juega “en casa”.
Si el campeón de siete grandes supera ese choque de alto voltaje, le esperará en semifinales otro estadounidense: Frances Tiafoe o Alex Michelsen. Un camino trazado casi a propósito para medir su pulso contra el país anfitrión.
Y si también sobrevive a esa ronda y vuelve a plantarse en la final, el dato será demoledor: desde que Roddick perdió ante Roger Federer en 2006, solo Taylor Fritz ha logrado alcanzar el último partido en Nueva York, hace dos años, cuando cayó frente a Jannik Sinner. Casi dos décadas de finales sin bandera local… y Alcaraz amenazando con prolongar la sequía.
Tiafoe busca su gran salto
Frances Tiafoe lleva años coqueteando con el gran escenario. Semifinalista en 2022, eliminado entonces por el propio Alcaraz, el actual undécimo cabeza de serie vuelve a asomarse a la puerta de su primera final de Grand Slam.
Perdió ante Fritz en otra semifinal íntegramente estadounidense y ahora, con 28 años, persigue su tercera oportunidad de cruzar ese umbral. Llega con sensaciones. Alcanzó la final en Cincinnati el mes pasado y ha sabido trasladar esa inercia a Nueva York, alimentándose del ambiente eléctrico de la ciudad.
Tiafoe define ese respaldo del público como algo casi irreal, una experiencia que le saca de sí mismo y le hace sentir que no toca el suelo. La energía sube y, con ella, su nivel de juego. Es uno de los grandes animadores del circuito, un showman natural, pero detrás del espectáculo hay una urgencia muy seria: no quiere quedarse para siempre en el papel de eterno aspirante.
Michelsen, el que venía “bajo el radar”
En el otro extremo del espectro está Alex Michelsen. Menos gestos, menos ruido, menos foco. Más tenis. El número 46 del mundo ha preferido moverse “bajo el radar” durante el torneo, mientras nombres como Tiafoe, Shelton, Fritz o Tommy Paul acaparaban los reflectores.
Ese anonimato se ha terminado. Michelsen se ha plantado por primera vez en los cuartos de final de un Grand Slam sin ceder un solo set. Ese dato, por sí solo, le arrastra al centro del escenario: Arthur Ashe, luces, cámaras y nervios a flor de piel.
El propio Michelsen reconoce que los nervios han estado presentes en todas las rondas. Los asume como parte de la experiencia humana y se ha concentrado en gestionarlos lo mejor posible. Hasta ahora, le ha funcionado de maravilla. Ahora le toca comprobar si ese control emocional resiste cuando la presión ya no es abstracta, sino concreta, ruidosa y gigantesca.
Un US Open teñido de barras y estrellas
La presencia estadounidense no se limita al cuadro masculino. En total, seis jugadores y jugadoras del país han alcanzado los cuartos de final en Flushing Meadows, la cifra más alta desde 2002: tres en el torneo masculino y tres en el femenino.
En mujeres, el público local ya tiene una garantía: al menos una estadounidense estará en semifinales. Jessica Pegula, tercera cabeza de serie y una de las jugadoras más regulares del circuito WTA, se mide el martes a Emma Navarro en un duelo íntegramente estadounidense.
Pegula sigue persiguiendo su primer grande. Estuvo muy cerca en 2024, cuando perdió la final ante Aryna Sabalenka. Navarro, por su parte, también sufrió a Sabalenka en aquellas semifinales. Desde entonces no había vuelto a pisar esa ronda en un major, frenada en parte por problemas de salud que la obligaron a parar esta temporada. Ahora, con 25 años, ha reencontrado sensaciones y vuelve a asomarse a la élite.
Tras derrotar a la rusa Anna Kalinskaya en octavos en Arthur Ashe, Navarro bromeó con que quizá debería haber aprovechado ese momento para pedirle explícitamente al público que regresara a apoyarla frente a Pegula. Sabe que va a necesitarlos.
Coco Gauff, sin sequía y con hambre de más
En el otro lado del cuadro femenino aparece Coco Gauff. A sus 22 años, ya sabe lo que es ganar este torneo. Lo hizo en 2023, aún adolescente, cumpliendo las expectativas que la acompañaban desde muy joven.
Ahora quiere el segundo título. Para ello debe superar a la rusa Mirra Andreeva, quinta cabeza de serie, el miércoles. Si lo consigue, se unirá en semifinales a Pegula o Navarro. A diferencia de los hombres, aquí no hay una maldición que romper: el tenis femenino estadounidense sí ha sabido responder en los grandes escenarios en los últimos años.
¿Hasta dónde llega la resistencia local?
La ecuación es clara. En hombres, el país anfitrión ha colocado a tres jugadores en la zona más caliente del cuadro. En mujeres, tiene asegurada una semifinalista y la posibilidad real de otra. El ambiente en Flushing Meadows es de ocasión histórica.
En medio de ese clima, aparece Carlos Alcaraz, dispuesto a desafiar no solo a sus rivales, sino a un estadio entero. Si el español consigue atravesar este muro de apoyo local y vuelve a la final, la espera estadounidense seguirá alargándose.
La pregunta es sencilla y brutal: ¿será este el año en que Nueva York corone por fin a un campeón de casa… o el año en que Alcaraz confirme que, ahora mismo, ni siquiera un país entero es suficiente para frenarlo?




