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El cricket de cinco días se acorta: análisis de Atherton

La imagen es conocida pero cada vez más breve: jugadores de Inglaterra rodean al árbitro, reclaman el wicket de Azan Awais, la pelota aún húmeda por la lluvia, y el reloj del Test corriendo a toda velocidad. El formato que durante más de un siglo se definió por su resistencia de cinco días vive ahora una transformación silenciosa: los partidos se acaban antes de tiempo. Mucho antes.

Michael Atherton, excapitán de Inglaterra y voz de referencia en el análisis del juego largo, puso números y contexto a esa sensación durante la tercera jornada, retrasada por la lluvia, del segundo Test entre Inglaterra y Pakistán, en Sky Sports. Su diagnóstico es claro: el Test cricket no es el mismo, y no es solo una cuestión de nostalgia.

Un Test más corto, casi por diseño

Los datos que manejó Sky Sports son contundentes. En la década de 2020, solo el 41,43% de los Tests llega al quinto día. Menos de la mitad. En los años 70, esa cifra alcanzaba el 77,65%. Incluso en los 2010, todavía estaba en un 54,76%.

El otro extremo del gráfico impresiona aún más: los Tests que duran apenas dos o tres días. Hoy representan el 23% de los partidos en esta década. En los 70, eran apenas el 2,79%. El juego que antes se cocinaba a fuego lento ahora se resuelve a toda pastilla.

Atherton fue más atrás, a su propia época como jugador, en los 90, para subrayar el cambio. Entonces, solo alrededor del 7% de los Tests (6,98%) terminaba en tres días o menos. Ahora esa proporción se ha disparado al 20%. Uno de cada cinco partidos. Un salto que no se explica con una sola causa.

El impacto del T20: más riesgo, menos paciencia

Para Atherton, el primer gran motor del cambio está claro: la influencia del T20. La generación actual ha crecido bateando a un ritmo que antes solo se veía en los últimos overs de un ODI. Esa mentalidad se ha filtrado al Test cricket.

“Batting is higher risk now because of T20 cricket. If you take more risk, you have more chance of getting out”, explicó. Traducido al lenguaje del juego largo: más agresividad, más límites, más espectáculo… y más wickets. Las entradas se aceleran, los totales se levantan y se derrumban con la misma rapidez.

La paciencia clásica del bateador de Test, esa disposición a dejar pasar una hora entera sin un solo golpe de riesgo, es cada vez más rara. El resultado es un ritmo de partido más vivo, sí, pero también menos duradero.

Pitches que muerden y fast bowlers en plenitud

El cambio no se limita a la mentalidad. El terreno también ha virado. Atherton apuntó directamente a la era del World Test Championship. La lucha por puntos y finales ha reforzado la obsesión por el “home advantage”. Y eso, en cricket, se traduce en pitches que favorecen claramente a los locales.

“Pitches have become more advantageous since the advent of the World Test Championship; teams are generally looking to get home advantage more”, señaló. En India, superficies que giran pronto y mucho. En Inglaterra, hierba, costura y nubes. En casi todos lados, más ayuda para los bowlers que para los bateadores.

Ese escenario se combina con otro factor que Atherton no pasó por alto: la calidad y profundidad del actual grupo de fast bowlers a nivel mundial. Hay velocidad, hay precisión, hay rotación. Y cuando se junta una batería de rápidos de élite con un pitch que colabora, las entradas se acortan sin remedio.

DRS y los LBW: el árbitro ya no duda tanto

El tercer pilar del análisis de Atherton es tecnológico: el DRS. El sistema de revisiones ha cambiado la forma en que se arbitra, sobre todo en las decisiones de leg before wicket.

“DRS has had an impact; umpires are more likely to give LBWs”, explicó. Antes, muchos árbitros dudaban en levantar el dedo en situaciones límite. Hoy, con la ayuda de la tecnología y el respaldo de las proyecciones, el margen de beneficio para el bateador se ha reducido.

Más decisiones a favor del bowlers, menos segundas oportunidades para el que está en el crease. Cada revisión exitosa acorta un poco más el Test.

Una estadística que sacude la historia

La gráfica que más impresionó a Atherton no miraba décadas, sino días de juego. Entre 2017 y la actualidad, se han registrado nueve Tests que han terminado en solo dos jornadas. Nueve.

Entre 1946 y el año 2000 no hubo ni uno solo.

La comparación es brutal. No se trata de un par de excepciones extremas, como el reciente Australia–Bangladesh en Mackay, resuelto en dos días. Es una tendencia instalada. Los Tests “exprés” ya no son rarezas históricas, son parte del paisaje moderno.

¿Evolución o pérdida?

Lo que emerge del análisis de Atherton no es un lamento vacío por el pasado, sino una constatación: el Test cricket se está acelerando desde varios frentes a la vez. Bateadores más agresivos, pitches más vivos, fast bowlers más preparados, árbitros más firmes con ayuda del DRS. Todo empuja en la misma dirección.

Los resultados llegan antes. Los cinco días, que alguna vez parecían sagrados, ahora sobran con frecuencia.

La pregunta ya no es si el formato ha cambiado. La cuestión es otra: cuánto tiempo más seguirá llamándose “cricket de cinco días” a un juego que, cada vez más, se resuelve en tres. O incluso en dos.