Naomi Osaka avanza en el US Open tras un partido complicado
Durante un buen rato, el partido de Naomi Osaka pareció un trámite. Otra noche rutinaria en el US Open, otro paso firme hacia la segunda semana. Un set arriba, un break de ventaja ante Katerina Siniakova y la sensación de que la dos veces campeona caminaba sin sobresaltos hacia la tercera ronda.
De repente, todo se torció.
Osaka se agarrotó en la recta final del segundo set, perdió el control del marcador y se vio arrastrada a un tercer parcial que nadie había imaginado media hora antes. El tenis, sin embargo, rara vez perdona las dudas, y la japonesa tuvo que tirar de memoria, de cicatrices y de oficio para reconstruirse. Lo hizo con autoridad: 6-2, 5-7, 6-1, un marcador que no cuenta del todo el drama, pero sí refleja la contundencia con la que cerró el desenlace.
De candidata otra vez a prueba de nervios
Osaka llegó al tramo norteamericano del calendario con algo que no tenía desde hacía años: resultados sólidos en todas las superficies y la etiqueta, otra vez, de aspirante real a un grande. Esta temporada, lejos de resignarse a “sobrevivir” en tierra y hierba, firmó su mejor Roland Garros, alcanzando los octavos de final, y sus primeros cuartos de final en Wimbledon.
Su nivel en Londres, sobre una superficie que durante buena parte de su carrera le ha resultado incómoda, fue una declaración de intenciones. Allí derrotó a la número uno del mundo, Aryna Sabalenka, en la cuarta ronda, una victoria que la situó de nuevo en la conversación grande. Se quedó sin gasolina en cuartos, con la fatiga acumulada tras alcanzar la final en Bad Homburg la semana anterior, pero el tenis que mostró recordó al de su último título de Grand Slam, el Australian Open 2021.
Con ese impulso aterrizó en Nueva York. Y con él, la carga extra de las expectativas.
Sus dos primeros partidos en este US Open lo reflejan con crudeza. En el debut, ante Anastasia Zakharova, dejó escapar un break en cada set y necesitó dos tie-breaks para cerrar un 7-6(6), 7-6(3) más tenso de lo que el cartel sugería. Ante Siniakova, los nervios le costaron directamente un set. Pero en los grandes torneos, en las primeras rondas, la prioridad de las favoritas es simple: sobrevivir, encontrar la forma de ganar y darse tiempo para que aparezca su mejor versión.
Osaka lo explicó con la serenidad de quien ya ha estado ahí muchas veces. Cuando el partido se fue al tercer set, recurrió a su archivo interno, a ese banco de recuerdos que solo tienen las campeonas. En su mente apareció aquella final del Australian Open 2019 ante Petra Kvitova, también a tres mangas, también un examen de carácter. La experiencia, esta vez, volvió a pagar dividendos.
Para Osaka, ese es el gran cambio de esta etapa: sabe que ha vivido casi todas las situaciones posibles en una pista de tenis. Y en Nueva York, donde ha levantado el trofeo dos veces y ha tejido algunas de las historias más intensas de su carrera, esa memoria pesa a su favor.
Moda, identidad y una polémica que no se apaga
Hablar de Osaka hoy es hablar de mucho más que de golpes ganadores y porcentajes de primeros servicios. Cada aparición en un Grand Slam viene acompañada de un despliegue visual que genera casi tanto ruido como su juego. Este US Open no es la excepción: sus equipaciones rinden homenaje a Allen Iverson, icono de la NBA y símbolo de rebeldía estética y cultural.
Sus elecciones de vestuario, elaboradas, pensadas al detalle, se han convertido en tema recurrente y, para una parte ruidosa del público, en excusa perfecta para la crítica. A Osaka, una persona reservada, de trato suave, su mera presencia parece bastar para irritar a ciertos sectores. La acusan de buscar atención, de distraerse de su tenis, de contradecir sus problemas de salud mental de 2021 por exponerse ahora de forma tan visible.
El contexto se olvida con facilidad: han pasado cinco años, su vida y su madurez han cambiado, y la misma gente que la cuestiona hoy es, en muchos casos, la que nunca le perdonó su activismo antirracista a comienzos de la década. Mucho del ataque que recibe no nace del deporte, sino de trincheras ideológicas.
Osaka, mientras tanto, se define cada vez más a través de la moda. Para una introvertida, la ropa funciona como un lenguaje paralelo, una vía menos violenta para decir quién es. Y no pierde de vista algo esencial: esto es entretenimiento. Ella corre, golpea una pelota y llena estadios. No hay sacrilegio alguno en hacerlo con un vestido llamativo. No hay ofensa en querer que el espectáculo también se vea.
Un cuadro duro y un horizonte exigente
El camino, eso sí, no se ablanda. El sorteo le ha dejado uno de los recorridos más exigentes entre las aspirantes al título. En el horizonte cercano asoma Elena Rybakina, segunda cabeza de serie, como posible rival en octavos de final. Antes de pensar en ese duelo, Osaka sabe que su primera misión es más básica: llegar. Encadenar partidos, afinar sensaciones, reducir esos parones de tensión que casi la condenan.
Mientras ella pelea con sus propios estándares, el resto del torneo avanza.
Iga Swiatek, octava favorita y campeona en Nueva York en 2022, dio otro paso firme con un 6-3, 6-2 ante Nadia Podoroska, un triunfo sobrio que confirma que también ella empieza a encontrar ritmo en Flushing Meadows. La británica Harriet Dart, procedente de la fase previa, se topó con un muro: la cabeza de serie número 25, Marie Bouzkova, la superó con un claro 6-2, 6-2.
En el cuadro masculino, Félix Auger-Aliassime, tercer preclasificado y semifinalista el año pasado, vivió una noche muy distinta. El canadiense, afectado por mareos y malestar físico, cayó 6-7(5), 6-3, 6-2, 6-2 ante Karen Khachanov, una derrota que deja un hueco inesperado en esa parte del cuadro.
Osaka, en cambio, sigue en pie. No ha mostrado todavía el ciclón que puede ser sobre pista dura, pero ya ha superado dos exámenes de nervios y de carácter. Si ese es solo el calentamiento, ¿qué versión aparecerá cuando el torneo entre en su zona caliente?




