Novak Djokovic cae en primera ronda del US Open 2026
Nueva York — La noche en que el tiempo alcanzó a Novak Djokovic llegó, por fin, en Arthur Ashe. Y lo hizo a lo grande, con un golpe seco a una racha que parecía eterna.
Después de 77 triunfos consecutivos en primeras rondas de Grand Slam, el serbio se despidió del US Open a la primera, derribado en cinco sets por el argentino Mariano Navone, un top-50 correoso, respetado, pero sin victorias previas ante una leyenda de este calibre. El marcador, brutal: 7-6(5), 5-7, 4-6, 6-2, 6-1, en 4 horas y 36 minutos de un partido que fue mutando de combate tenístico a drama físico.
Djokovic no caía en una primera ronda de un grande desde el Australian Open de 2006, cuando era el número 76 del mundo. Desde entonces había convertido los estrenos en territorio seguro, casi rutinario. Hasta esta noche en Nueva York, una noche en la que, por primera vez, pareció mirar de frente a su propia mortalidad deportiva.
Porque nada encajaba. Nada salvo un dato frío: Djokovic tiene 39 años.
Un cuerpo que dice basta
El partido empezó con la partitura de siempre. Tres aces en sus dos primeros juegos de servicio, 3-0 arriba, mando absoluto. Navone, acostumbrado a batallar en tierra batida, parecía destinado a ser una víctima más en el escenario favorito del serbio, la pista donde ha levantado cuatro títulos y donde casi siempre juega cuando pisa Flushing Meadows.
Pero el argentino se agarró al fondo de pista y empezó a morder en los peloteos. En una noche húmeda, pesada, aunque no especialmente calurosa, obligó a Djokovic a pegar más golpes de los que su cuerpo estaba dispuesto a tolerar. El serbio dominaba los puntos cortos, hasta cuatro golpes. Todo lo que se alargaba más, se inclinaba hacia el lado de Navone. Cada intercambio largo le arrancaba un poco de energía.
La lluvia apareció al séptimo juego. Se cerró el techo, se encendió el aire acondicionado y el duelo se transformó en una batalla indoor, el hábitat en el que Djokovic ha sido casi intocable durante una década y media. Pero esta vez el guion no obedeció a la lógica.
Ya entonces, el número uno histórico en títulos de Grand Slam empezaba a mostrar signos de fatiga. En el tercer set, en el séptimo juego, vomitó en una papelera al lado de la pista, en pleno juego. Entre punto y punto se doblaba sobre las rodillas, buscando aire. El cuerpo enviaba señales de alarma.
Al final del encuentro, exhausto, lo explicó sin rodeos: una sensación “horrible” en pista, vómitos, un problema que arrastra “prácticamente en cada partido este año”, calambres, dolores, la espalda que “se rindió” y el hombro que dejó de responder. Reconoció que empezó a sufrir ya desde el cuarto juego del encuentro. Y, pese a todo, se resistió a quitarle mérito a Navone, al que definió como “un buen tipo, un luchador”.
La pregunta que sobrevoló el estadio y que él mismo dejó abierta es inquietante: no sabe si podrá solucionar el problema médico que está provocando el colapso de su cuerpo en plena competición. “Lo intento, de verdad que lo intento. Vamos a ver”, se limitó a decir.
Del rugido al silencio
La montaña rusa de Djokovic fue emocional y física. Del arranque imponente pasó a una versión apática, luego cojeando, vomitando, después encogiéndose por los calambres, por momentos rugiendo para agarrarse al partido, hasta acabar resignado, casi envejeciendo a ojos vista, punto a punto.
El golpe definitivo llegó al inicio del quinto set. En el segundo juego, Navone lo movió de lado a lado, lo empujó hacia la red y, cuando el serbio avanzó, le clavó un revés paralelo que Djokovic no pudo levantar en media volea. Tras ese punto, el serbio dio unos pasos tambaleantes, con gesto de dolor. A partir de ahí, cada juego fue un vía crucis. El ambiente en la grada, llena hasta la bandera, se volvió casi fúnebre.
En primera fila, Jelena, su esposa, y sus hijos, Stefan y Tara, veían cómo se apagaba el partido y, con él, algo más profundo. Sus rostros se iban ensombreciendo juego a juego, incapaces de cambiar una realidad que ya no dependía de la mente de Novak, sino de un cuerpo que se descomponía en directo.
Pidió un tiempo médico antes del quinto set. El fisioterapeuta trabajó a fondo su zona lumbar, preparándolo para una última resistencia. Fue un espejismo. Navone, que ya había resistido en todos los momentos clave —en el desempate del primer set, salvando dos bolas de break al inicio del tercero, reaccionando cuando Djokovic le rompió el servicio al comienzo del cuarto—, olió sangre y no la desaprovechó.
Le devolvió inmediatamente el break en ese cuarto set, volvió a romperlo en el siguiente juego y, a partir de ahí, la dinámica ya no cambió. El quinto parcial fue una caída libre. En el quinto juego, las lágrimas empezaron a resbalar por la cara de Djokovic.
La sombra de los últimos años
Lo ocurrido en Ashe no fue un rayo aislado en cielo despejado. Llevaba tiempo anunciándose.
Hace siete semanas, Djokovic alcanzó las semifinales de Wimbledon, con una victoria de cinco sets ante Félix Auger-Aliassime que recordó por momentos al Djokovic de siempre. Pero la derrota posterior, en tres sets, ante Jannik Sinner —el discípulo convertido en verdugo— dejó huella. En pleno partido, cuando un aficionado intentó animarle, asegurándole que aún podía competir con el actual número 1, el serbio murmuró: “Quizá hace 10 años”.
Después de Wimbledon, desapareció del circuito. Vacaciones, familia, poco contacto con el mundo del tenis. Peloteos con su mujer y sus hijos, nada parecido a una preparación intensa para una gira de pista dura.
Regresó en el Cincinnati Open y se le vio fuera de punto. Perdió en su debut ante Thiago Tirante, sufrió físicamente con el calor y la humedad y habló de forma vaga de un problema médico que arrastra desde hace un par de años, sin entrar en detalles.
En Nueva York, en la rueda de prensa previa al torneo, aseguró que aquella eliminación temprana le había dado algo valioso: dos semanas completas para entrenar, para poner cuerpo y mente en el lugar adecuado de cara a uno de los torneos que más valora. “Si me preguntas si estoy preparado, siento que sí, lo mejor que puedo estar”, dijo, aunque reconoció que no es lo mismo entrenar que saltar a Arthur Ashe a disputar un partido al mejor de cinco sets.
También admitió que las primeras rondas se le han vuelto especialmente complicadas en los últimos años. “Ojalá pueda superar el primer obstáculo y construir desde ahí”, comentó entonces. Ese primer obstáculo lo derribó.
El problema, como se vio esta noche, va más allá de un mal día. Djokovic lleva tiempo explicando que el formato al mejor de cinco sets se ha convertido en una prueba extrema para su cuerpo. Siente que dispone de un número limitado de horas de máxima intensidad. Si las consume en la primera semana, con partidos largos, llega vacío a los tramos decisivos.
Paradójicamente, incluso si hubiera ganado a Navone, su US Open 2026 ya parecía condenado a un final prematuro. El depósito de gasolina se vaciaba a ojos de todos.
Un gigante ante el invierno
La derrota duele también por el contexto. Djokovic ha levantado 101 títulos, solo por detrás de Jimmy Connors y Roger Federer. Es, por números, el mejor jugador de pista dura de la era moderna. Navone, en cambio, ha construido su carrera sobre la tierra batida, donde ganó su único título ATP hasta la fecha. Llegaba a su tercer cuadro final del US Open con solo una victoria previa en el torneo y sin haber pisado nunca Arthur Ashe. Sobre el papel, era el rival ideal para que el serbio se metiera poco a poco en ritmo.
Nada de eso importó. El partido dejó una imagen poderosa: un campeón histórico obligado a jugar siempre agresivo, a buscar puntos cortos, consciente de que ya no puede permitirse intercambios largos, y un rival que, sin complejos, le alarga los puntos hasta que el físico dice basta.
El desenlace tuvo un eco emocional que recordó a otra noche amarga en Nueva York. Hace cinco años, cuando se quedó a un partido del Grand Slam de calendario, jugó una de sus peores finales del año y se desmoronó ante un público que, por primera vez, se volcó por completo con él. Entonces lloró en el banquillo, roto. Esta vez, mientras abandonaba la pista, se giró hacia todos los sectores del estadio y dibujó un corazón con los dedos, un gesto de gratitud y quizá también de despedida de algo que ya no volverá a ser igual.
Este verano, Djokovic lanzó un documental titulado “The Wolf in Winter”, una declaración de intenciones sobre su negativa a rendirse ante el invierno de su carrera. En Arthur Ashe, en una de esas noches que casi nunca le habían tocado vivir, el lobo se encontró por primera vez de verdad con la oscuridad del invierno.
La pregunta, ahora, es si aún le queda una primavera más.




