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Alexander Zverev busca romper la sequía del tenis masculino estadounidense en el US Open

Alexander Zverev sabe mejor que nadie lo que significa esperar. Años de golpes, finales perdidas, la etiqueta pegada a la frente: “el mejor sin Grand Slam”. Esa frase ya es pasado. Y ahora, en Nueva York, el alemán quiere prolongar la sequía… pero para el tenis masculino estadounidense.

Zverev se metió en su segunda final de Grand Slam de la temporada tras derrotar a Karen Khachanov por 6-3, 7-6 (9-7) y 7-6 (8-6) en las semifinales del US Open. Un marcador en tres sets que no cuenta toda la historia: hubo tensión, peloteos interminables y un ruso que se negó a irse sin pelear.

El número uno del cuadro masculino en Flushing Meadows se jugará el título el lunes por la mañana (AEST) ante el ganador del duelo entre Ben Shelton y Frances Tiafoe, duelo que decide quién será el local que se asome a la final. Ambos ya conocen lo que es pisar las semifinales en Nueva York, pero ninguno ha dado aún el salto definitivo a un partido por un grande.

Mientras tanto, Estados Unidos sigue mirando el reloj. Desde que Andy Roddick levantó el trofeo en 2003, ningún hombre nacido allí ha ganado un Grand Slam. Veintidós años de espera. Zverev lo sabe y no esconde su intención: “Ojalá pueda no hacer realidad el sueño americano”, lanzó, con una mezcla de sonrisa y desafío.

El alemán llega a esta final con un aura distinta. Este año por fin rompió el muro en Roland Garros, levantando su primer grande. Después alcanzó la final en Wimbledon, donde cayó ante Jannik Sinner, y firma un impresionante 24-2 en partidos de Grand Slam esta temporada. Es la racha de un jugador que ha dejado de preguntar si algún día será su momento y ha empezado a comportarse como si ya lo fuera.

“Muchas veces las cosas simplemente se te ponen de cara y siento que he tenido muchas luchas a nivel de Grand Slam. Estuve muy cerca muchas veces y quizá este año Dios ha dicho que este va a ser tu año, que disfrutes el tiempo en la pista”, explicó Zverev. No suena a alivio pasajero, sino a convicción.

En Nueva York, además, hay una cuenta pendiente. Zverev todavía se reprocha aquella final de 2020 ante Dominic Thiem. Dos sets arriba, el título en la mano… y derrota en un supertiebreak del quinto. Thiem se convirtió entonces en el primer jugador desde 1949 en ganar el US Open tras perder los dos primeros parciales. Zverev, en cambio, se marchó con una cicatriz que le ha acompañado durante cuatro años.

Esta vez, con dos sets de ventaja, no se descompuso. No se dejó arrastrar por fantasmas. Llevaba ya una dinámica feroz: 13 sets consecutivos ganados tras convertirse en el primer número uno de un cuadro masculino que necesitaba cinco sets en cada uno de sus dos primeros partidos de un grande. Una rareza para un primer cabeza de serie; una prueba de resistencia que ahora parece haberle curtido.

Khachanov, por su parte, llegó a esta semifinal como invitado inesperado. Temporada con balance negativo de victorias y derrotas, dudas, poca continuidad. Y, de repente, su tercera semifinal de Grand Slam, la segunda en el US Open. Soñaba con su primera final grande y con convertirse en el finalista peor clasificado en Nueva York desde que existen los rankings ATP, en 1973.

El ruso empezó frío. Perdió el primer set y se vio 2-0 abajo en el segundo. Parecía fuera del partido. Pero apretó. Subió líneas, soltó el brazo con el revés y, por fin, logró romper el saque de Zverev para igualar el parcial. A partir de ahí, el set se convirtió en una cuerda tensa hasta el tiebreak.

Ahí emergió el drama. Khachanov salvó las dos primeras bolas de set de Zverev y amagó con alargar la noche. Hasta que llegó el punto que definió el partido: un peloteo de 34 golpes, un intercambio agotador que acabó cayendo del lado del alemán. Ese rally no solo le dio el segundo set; le dio también el control emocional del duelo.

En el tercero, Khachanov se negó a rendirse. Se adelantó 3-0 en el tiebreak, luego 5-2. Tenía al estadio murmurando, oliendo la remontada parcial. Pero Zverev, que en otros tiempos se habría encogido, se mantuvo firme. Recuperó mini-breaks, ajustó las líneas y acabó volteando el desempate con la frialdad de alguien que ha aprendido a cerrar partidos grandes, no a temerlos.

La sensación es que el nivel que mostró Khachanov en los dos últimos sets habría bastado para eliminar a Zverev en la primera semana del torneo. Entonces, el alemán vagaba por la pista. Número uno del cuadro por primera vez en un major, tras la baja de Sinner por lesión de rodilla, necesitó cinco sets ante Lorenzo Sonego y Quentin Halys en las dos primeras rondas, acumulando casi nueve horas y media en pista. Un desgaste enorme para un cabeza de serie llamado a mandar.

Zverev reconoció después que, tras ese segundo partido, en su equipo solo quedaba espacio para la ironía. Se rieron de lo mal que estaba jugando. “Ese tipo de sentido del humor me ayudó”, admitió. Reírse de uno mismo como mecanismo de defensa… y como punto de partida.

Desde entonces, el tenis cambió. Saque más afilado, derecha más profunda, menos dudas en los momentos calientes. “A partir de ahí estaba jugando un tenis mucho mejor. Obviamente he mejorado un poco. De lo contrario, no estaría en la final del US Open”, resumió.

Ahora le espera un último paso en Nueva York. Enfrente, un estadounidense hambriento de historia, sea Ben Shelton o Frances Tiafoe, y un estadio deseoso de ver por fin a un campeón local levantar un grande después de más de dos décadas. Zverev ya sabe lo que es cargar con la ansiedad de un país. Esta vez, llega como el hombre que quiere prolongarla.