Amanecer gris en Edgbaston: la caída de Babar y el destello de Razaullah
Todavía era por la mañana cuando Babar Azam cruzó la cuerda en Edgbaston. El Test apenas llevaba 45 minutos, pero el guion ya estaba escrito en el cielo plomizo de Birmingham. Pakistan se desmoronaba con tres wickets abajo, los focos encendidos, una franja de nubes negras arrastrándose sobre el estadio y gotas dispersas de lluvia en el aire.
En un extremo, Ollie Robinson con el wicketkeeper arriba y cinco slips alineados como cuchillas justo detrás. En el otro, Jofra Archer, cuatro overs en su primer hechizo, todavía calentando motores. Era un infierno para batear.
Pero últimamente, para Babar, siempre lo es.
De emperador del bate a estadística incómoda
No hace tanto, Babar era uno de los grandes del mundo. Entre ocho Tests de 2022 encadenó 196 contra Australia en Karachi, 119 frente a Sri Lanka en Galle, 136 ante England en Rawalpindi y 161 contra New Zealand de nuevo en Karachi. Cerró aquel año con un promedio de 49 en Tests, tercero en el ranking mundial y coronado como Men’s Cricketer of the Year por la ICC.
Desde entonces, el silencio. Ni un solo siglo en Tests. En sus últimos 20 partidos, su mejor marca es 88 y el promedio se ha desplomado a 29. Las cifras pesan, pero lo que más duele es la sensación de pérdida: el jugador que antes podía sujetar una entrada entera ahora parece atrapado en una espiral.
Si uno cerraba los ojos podía imaginarlo otra vez: Babar resistiendo bajo las nubes inglesas, domando la nueva bola, guiando a Pakistan fuera del desastre. Bastaba con abrirlos de nuevo para comprobar que esa versión pertenece a otro tiempo.
Se acomodó para enfrentar la primera bola de Robinson. Dudó. No sabía si jugar o dejarla y retiró el bate en el último instante. La siguiente lo superó por fuera. En la tercera, un clip por square leg para sus primeros dos runs. Un pequeño respiro.
En el segundo over, un corte violento a un short ball de Archer, al aire. En el tercero, frente a Gus Atkinson, fue batido dos veces antes de sacar un edge que se escapó para cuatro. En el cuarto, Josh Tongue le arrancó el off stump: clean bowled, siete runs en 18 bolas.
Frío, rápido, inevitable.
Un equipo roto y un capitán desbordado
La historia de Pakistan en esta serie cabe en una línea de marcadores: 171, 135, 110, 194 y ahora 133. Si vuelven a caer baratos en la segunda entrada, se convertirán en el primer equipo desde el siglo XIX en ser despedido por menos de 200 en cada innings de una serie de tres Tests en esta tierra.
Es un equipo roto. Y liderarlo se ha convertido en un trabajo imposible.
Babar, que figura también como uno de los selectores, reconoció que ni siquiera sabía que la dirección le iba a mandar siete jugadores nuevos para este Test. “Fue una noticia para mí”, dijo cuando le preguntaron. “Me enteré después”. Una frase corta que retrata el caos institucional mejor que cualquier informe.
Entre esos siete recién llegados estaba el hombre que, horas más tarde, le daría al día un giro inesperado.
Un desconocido desde el City End
Nombre del lanzador: Razaullah. ¿Quién? Para reconocerlo sin mirar la planilla había que ser un seguidor muy atento del cricket doméstico pakistaní.
Tiene 21 años. Debutó en el gran circuito apenas en noviembre, con Peshawar en la Quaid-e-Azam Trophy, el principal torneo de primera clase del país. Desde entonces: siete partidos de first-class, nueve one-dayers, siete T20s. Y ahora, tras un vuelo de urgencia para un único Test, ahí estaba, con la nueva bola en la mano, entrando como primer cambio desde el City End.
Lo primero que descubrió el público es que le pega fuerte a la bola. Lo segundo, que es rapidísimo. Lo tercero, que el chico tiene un don.
Sus tres primeras entregas apuraron a Joe Root. La cuarta fue otra cosa: un misil. Silbó en el aire, se coló por dentro del bat de Root, que intentó bloquear muy tarde, y le golpeó el pad delantero, pleno frente al middle stump. Root, desconcertado, pidió revisión. El DRS solo confirmó lo que todos ya habían visto: LBW, otra vez.
Primer wicket internacional para Razaullah. Y, con él, un recordatorio de por qué el cricket pakistaní sigue fascinando al mundo incluso en sus horas más bajas: velocidad, osadía, viveza, talento crudo… y, sí, un peinado impecable.
Más tarde volvió a rugir. Esta vez la víctima fue Emilio Gay. Una bola a 90 mph, Gay intenta el drive, inside edge y los stumps vuelan. Pura energía joven en un equipo que parece envejecido de golpe.
El eterno ciclo del talento sin rumbo
Pakistan nunca ha carecido de talento natural. Nunca. Ni lo hará. Incluso cuando todo lo demás se derrumba, siempre aparece otro fast bowler que hace levantar al público de sus asientos.
Pero la memoria es larga. Basta recordar cómo Naseem Shah y Shaheen Shah Afridi lanzaron en su primera gira por England en 2020. El impacto, la promesa, la sensación de futuro. Y, acto seguido, la pregunta incómoda: ¿por qué ninguno de los dos está aquí ahora?
¿Qué ha hecho la estructura pakistaní con el caudal de fast bowlers que ha producido en la última década? ¿Qué ha pasado con el bateo de Babar en ese mismo tramo, desde la cúspide de 2022 hasta esta versión desdibujada que se marcha por siete en Edgbaston?
Y, mirando a Razaullah, surge la duda inevitable: ¿qué camino le espera en los próximos años?
La inquietud es que muchos ya creen conocer la respuesta. Y eso, para Pakistan, es quizá el dato más alarmante de todos.




