Celtic en crisis: La fe en Martin O'Neill se desvanece
La fe en Martin O'Neill empieza a doler. No porque el técnico haya olvidado de repente cómo ganar, sino porque este Celtic se ha ido deslizando desde el bache hacia algo que se parece demasiado a una crisis. Y cada nuevo golpe hace más difícil sostener el credo de que él siempre encontrará la salida.
La paliza en Ibrox fue un aviso brutal. La respuesta ante Ferencvaros, en casa, fue aún más inquietante: otra derrota abultada, tres goles encajados, los mismos vicios repetidos hasta el hartazgo. Pérdidas inocentes en el centro del campo, defensa deshilachada, circulación lenta, un equipo que ni domina lo básico del pase y el desmarque ni compensa con intensidad o carácter.
Hubo momentos, con el marcador 3-1 para Ferencvaros, en los que Celtic intentó una especie de arreón. Disparos lejanos, intentos aislados, nada que se pareciera a un plan sostenido de presión, ritmo y combinaciones. Más esperanza que convicción.
Muy lejos de sus mejores días recientes. Aquel Celtic de Ange Postecoglou, desatado y agresivo, vivía de la imaginación, del riesgo, de la velocidad y de la fe. Desordenaba defensas, las arrastraba a zonas incómodas, imponía un ritmo que asfixiaba. Lo de ahora parece una mala copia en blanco y negro.
Ecos de viejos fracasos
En Escocia todo puede girar en una semana. El segundo acto del Old Firm, este domingo en Celtic Park, sigue siendo difícil de pronosticar. El factor campo pesa, y también la lógica de que, tras el bochorno de Ibrox, algún tipo de reacción debería llegar. Pero la preocupación en la grada es real.
Cinco goles encajados ante LASK, una tarde deprimente en Ibrox y ahora esto. Por momentos, el fútbol del jueves recordó noches que el club preferiría borrar: Cluj y Copenhagen en 2019 y 2020, con Bayo y Bolingoli de fondo; Sparta Prague en 2020, con Klimala, Ajeti, Duffy y Laxalt. Son nombres que en Celtic Park se pronuncian con resignación.
El ambiente fue “muy Legia Warsaw, muy Salzburg, muy Maribor”: energía baja, silbidos altos, la sensación nítida de un equipo sin respuestas. El contraste con la solidez de la pasada recta final de liga, cuando nadie logró derribar a Celtic en la carrera por el título, no puede ser más llamativo.
En la sala de prensa, O'Neill habló de frustración, fracaso y daño psicológico. De cómo estos golpes te sacuden y ponen a prueba la fortaleza interna. Prometió “recomponernos” para recibir a Rangers, pero el tono fue plano, casi exhausto. Describió carencias, sí, pero no transmitió la convicción de tener el antídoto. Sus palabras, pesadas y sin chispa, parecían una extensión del propio partido.
Y, sin embargo, O'Neill ya ha resuelto incendios antes. En su primera etapa, repleta de títulos. Y en su regreso, cuando aterrizó en medio del caos la temporada pasada y devolvió orden y confianza. Su personalidad había devuelto el instinto de pelea a un equipo que, aunque no siempre deslumbraba, era durísimo de batir. Ese espíritu de “nunca rendirse” parece cercano en el recuerdo, pero en el césped se siente lejano.
Dominio estéril y errores de equipo pequeño
Lo más preocupante es que Celtic no empezó mal ante Ferencvaros. Entró al partido con cierta claridad, pero se desmoronó con el primer golpe blando. Encajó un gol suave, reaccionó con un destello de calidad para empatar, y luego volvió a las andadas: pases seguros hacia atrás, escasa chispa, apenas una brizna de fuego competitivo.
El tanto recibido justo antes del descanso fue el tipo de gol que suelen conceder los equipos débiles. Primero, dudas a la hora de pelear un balón suelto. Después, blandura al intentar frenar el centro. Finalmente, desorganización y desconcierto total en el área. Un compendio de lo que no debe ser un aspirante al título.
Las estadísticas retrataron la contradicción: 62,5% de posesión en la primera parte, pero 2-1 abajo en el marcador. Camilo Duran, titular como referencia ofensiva por el centro en lugar de Kasper Hogh, tocó el balón apenas ocho veces. Ocho. En 45 minutos de un partido europeo en casa.
Duran, que hace pocas semanas irradiaba entusiasmo por su nueva vida en Glasgow, se parece ahora a una versión apagada de sí mismo. Hogh, por su parte, llegó respaldado por un catálogo de goles con Bodo Glimt ante rivales de élite —Man City, Atletico Madrid, Inter Milan, Sporting, Porto, Jagiellonia, Olympiacos— y se ha transformado en un delantero centro torpe, con mal primer control y sin ocasiones claras que llevarse a la bota.
El dato es demoledor: solo ha marcado en uno de sus ocho partidos con la camiseta de Celtic. O'Neill, de momento, no ha encontrado la forma de exprimir a un jugador por el que el club invirtió 11 millones de libras.
Ni siquiera Callum McGregor, el gran tótem del vestuario, se salva de la niebla. Se le ve desorientado, arrastrado por el caos general. O'Neill tiene experiencia y recursos para frenar esa caída, pero la urgencia es máxima. Y su lenguaje corporal no ayuda: no parece, ni suena, como un hombre rebosante de ideas frescas.
El golpe de Arzani y la herida abierta
Con el contexto actual, casi se podía escribir el guion: Daniel Arzani, ex de Celtic, marcando. Y no de cualquier manera. El australiano, que pasó por el club como un suspiro intrascendente, firmó un gol magnífico al contragolpe, destapando las costuras defensivas locales de forma sonrojante.
La jugada fue un despropósito. Colby Donovan se lanzó al ataque con exceso de alegría, perdió la posición y luego corrió desesperado hacia atrás, sin éxito. Arzani recibió solo, con metros por delante en el costado izquierdo. No se precipitó. Esperó, ajustó y colocó la pelota en la escuadra. Un final sencillo para una acción que dejó a Celtic retratado. “Había más orden en los Keystone Cops”, se escuchó decir, y la imagen no parece exagerada.
Lo que necesita O'Neill en los próximos días no es una solución, sino una colección entera. Su equipo carece de ideas, de convicción, de temple, de fuerza física y mental, de creatividad, de colmillo, de gusto por la batalla. Y el propio entrenador da la impresión de estar seco de inspiración.
McGregor lo resumió con crudeza: el equipo está “un poco roto” ahora mismo. Una frase que pesa mucho en boca de quien suele sostener al grupo. Al otro lado de la ciudad, Rangers probablemente se relame ante la posibilidad de enfrentarse a un rival herido. Saben que un Celtic tambaleante es una oportunidad de oro para asestar otro golpe.
Claro que también existe la vieja advertencia: cuidado con el animal herido. El domingo, en Celtic Park, no solo se juega un partido. Se mide si este bache es pasajero o el inicio de algo mucho más oscuro para uno de los gigantes de Glasgow.



