La cicatriz invisible de Dibu: el dolor de un Mundial
Emiliano Martínez sabe lo que es jugar con dolor. No con una simple molestia, no con una sobrecarga. Con un dedo destrozado, la mandíbula rota y una decisión que, como él mismo admite, lo marcó para siempre.
El arquero de la selección argentina, hoy en Chelsea, contó en un podcast del periodista Gastón Edul que la lesión que nunca se va a borrar no es la más reciente, la fractura de mandíbula tras un choque brutal en la Premier League, sino la que lo acompañó en el Mundial que Argentina terminó perdiendo en la final ante España.
Todo empezó el 20 de mayo, en la final de la Europa League con Aston Villa frente a Freiburg. Villa levantó el título, pero Martínez se llevó algo más que una medalla. En medio de los festejos sintió un dolor raro en la mano derecha. Los estudios fueron claros: fractura en el dedo anular.
Su primera reacción fue tan humana como devastadora.
“Dije: ‘¡No! ¡No llego al Mundial!’ y empecé a llorar. Estaba afuera”, relató Dibu. En su cabeza, el sueño se había terminado antes de empezar.
El mensaje que lo cambió todo llegó desde el lugar que más importaba: Lionel Scaloni. El entrenador de la selección argentina le escribió para sostenerlo cuando todo parecía derrumbarse. “Me mandó un mensaje diciendo: ‘Llegues o no, yo te voy a bancar’”, recordó el arquero.
Ese respaldo abrió la puerta a una decisión extrema. Junto al entrenador de arqueros de Argentina, Martín Tocalli, y al preparador Dani Martínez, Dibu eligió el camino más duro: nada de cirugía, nada de pasar por el quirófano. Jugar, aguantar, resistir.
El precio fue altísimo.
Fueron semanas de entrenamiento al límite. Martínez contó que veía “estrellitas” en las prácticas cada vez que caía y tenía que levantarse sin apoyar la mano derecha. Se obligaba a no usar ese lado del cuerpo, como si pudiera engañar al dolor. De noche, la factura llegaba sin piedad: dijo que muchas veces el sufrimiento no lo dejaba tranquilo hasta la medianoche, con el dedo hinchado, deformado, “como una morcilla”.
La solución llegó en forma de ingeniería aplicada al fútbol. Un yeso especial sobre el dedo, un guante diseñado a medida por Adidas y una adaptación constante. Nada de eso le quitó el dolor, pero al menos le permitió atajar. Lo condicionó, lo limitó, pero no lo frenó.
Con ese dedo roto, Martínez jugó cada minuto del Mundial. Ocho partidos, 20 atajadas, ocho goles recibidos. Argentina llegó hasta la final y cayó 1-0 ante España en tiempo extra. El título se escapó, pero la decisión de jugar lo cambió todo en su carrera.
No solo porque lo mantuvo bajo los tres palos de la selección. También porque torció su destino en clubes. El propio Dibu explicó que, tras el Mundial, tenía prácticamente encaminado un pase desde Aston Villa a un club italiano —según versiones, Juventus—, pero ese equipo se echó atrás por el estado de su dedo. El que sí apostó por él fue Chelsea, su actual casa.
Hoy, sin embargo, Martínez vuelve a convivir con la camilla y los estudios médicos. Está fuera de las canchas después de un tremendo choque con el defensor de Everton, Jarrad Branthwaite. El impacto lo dejó inconsciente. Salió en camilla, con cuello y cabeza inmovilizados. En la charla con Edul confesó que recuerda la falta, pero casi nada de lo que vino después.
La mandíbula quedó rota. La vida cotidiana, alterada. En el momento de la entrevista, ni siquiera podía masticar: seguía su dieta habitual, pero todo pasado por la licuadora, con textura de comida para bebé. Una escena dura para cualquiera; más aún para un arquero que vive del físico, de la reacción, del choque.
La mandíbula, asegura, sanará pronto. Lo otro, no tanto. La operación definitiva en el cuarto dedo de la mano derecha sigue postergada. Los médicos ya le advirtieron que, aunque pase por el quirófano, el dedo no volverá a ser como habría sido si se hubiera operado antes del Mundial, como le recomendaban entonces. Esa ventana se cerró. La huella de aquella decisión es permanente.
Martínez no se arrepiente. Ni un segundo.
“Representamos al país de la mejor manera posible. Al final, lo que queda es lo que representás para el país”, explicó. La frase no suena a consuelo vacío: viene de alguien que volvió a Argentina después de perder una final del mundo sin ganas de aparecer en público, golpeado anímicamente. “Volví a Argentina, que no quería. Estaba muy mal. Mi hijo me pidió que volviera, y fui y sentí mucho más amor que cuando ganamos en Qatar”, contó.
Ese contraste lo dice todo. Dibu eligió el dolor, el riesgo y una secuela física para siempre, a cambio de estar donde sentía que tenía que estar: en el arco de Argentina, en un Mundial, con un dedo hecho trizas pero el orgullo intacto.
El dedo no volverá a ser el mismo. Él, tampoco. Y a esta altura, la pregunta ya no es cuánto más puede soportar su cuerpo, sino hasta dónde está dispuesto a seguir empujando su propio límite.




