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Crisis del cricket en Pakistán: un colapso estructural

La crisis de Pakistán ya no es una mala racha. Es un derrumbe estructural.

La gira de 2026 por Inglaterra no fue solo otro tropiezo. Fue una radiografía despiadada de un sistema que se deshace. Tres Tests, tres derrotas contundentes: por una entrada y 103 carreras, por 194 carreras y por ocho wickets. Un 3-0 que repite el barrido de 2022/23 y que deja una estadística demoledora: es la undécima vez que Pakistán pierde una serie 0-3, la sexta blanqueada en 12 series de más de un Test en los últimos cuatro años y el noveno 0-3 en una serie de tres Tests en este siglo, más que cualquier otro equipo, por delante de Sri Lanka.

El marcador no solo habla de Inglaterra. Habla de Pakistán.

Un equipo que se rompe por dentro

Tras la derrota en Lord’s, el Pakistan Cricket Board reaccionó como tantas veces en la última década: con el hacha. Despido del seleccionador de Test, Sarfaraz Ahmed, reestructuración del cuerpo técnico y siete jugadores enviados de vuelta a casa. Otro giro brusco. Otro volantazo.

Las críticas no tardaron. Jason Gillespie, exseleccionador de Test, ya había puesto el dedo en la llaga: demasiados cambios de rumbo, poca coherencia, nulo proyecto a largo plazo. Los números lo respaldan. Pakistán sigue produciendo momentos de brillantez individual, pero es incapaz de convertirlos en una línea de resultados sostenida, sobre todo en Tests y grandes torneos.

La inconsistencia en la selección es casi una seña de identidad desde agosto de 2021, inicio del segundo ciclo del World Test Championship. En 37 Tests desde entonces, Pakistán solo repitió XI en tres ocasiones: ante Bangladesh en Dhaka (2021), Sri Lanka en Colombo (2023) e Inglaterra en Rawalpindi (2024). Ganó los tres partidos y se llevó las series. La excepción, no la norma.

El resto ha sido una noria. En esos 37 Tests han utilizado 43 jugadores. Tras los primeros 11, se añadieron 32 nombres distintos en los siguientes 36 encuentros: 0,89 debutantes o “caras nuevas” por Test. Solo Sudáfrica, obligada por un equipo de circunstancias en Nueva Zelanda en 2023-24 por el SA20, rota más.

Desde agosto de 2021, ningún lanzador especializado ha disputado más de 18 Tests. El que más, Noman Ali. Entre los rápidos, Shaheen Afridi apenas ha jugado 17. Entre los bateadores, nadie ha estado en los 37. Babar Azam suma 33 apariciones, Mohammad Rizwan 32 y Salman Agha 28. El carrusel no se detiene: 23 debutantes en Tests desde el inicio del segundo WTC, 13 de ellos lanzadores puros. Solo Sudáfrica (26) e Inglaterra (24) han dado más debuts en este periodo.

La consecuencia es obvia: sin continuidad no hay identidad. Y sin identidad, no hay consistencia.

Sillas musicales en el banquillo

El desorden no se limita al campo. En los despachos y en el banquillo la inestabilidad es igual de feroz. Shan Masood dejó un balance de 3-12 como capitán antes de que Babar Azam fuese restituido. En cinco años, Pakistán ha encadenado 11 cambios de entrenadores entre formatos, con siete seleccionadores distintos de Test desde mayo de 2023.

El vaivén empezó en septiembre de 2021 con las salidas de Misbah-ul-Haq y Waqar Younis. Después llegaron, y se fueron, Saqlain Mushtaq, Grant Bradburn, Mickey Arthur y Mohammad Hafeez. En 2024, el PCB intentó ordenar el mapa: Jason Gillespie para el rojo, Gary Kirsten para el blanco. Ambos se marcharon en cuestión de meses.

Aqib Javed tomó las riendas de forma interina hasta que Mike Hesson fue nombrado seleccionador permanente de white-ball en mayo de 2025. Parecía un intento de dar estabilidad. Duró poco.

Sarfaraz Ahmed asumió el cargo de entrenador de Test antes de la serie ante Bangladesh en 2026. Su etapa terminó en cuestión de meses, tras las derrotas en Leeds y Lord’s. El PCB lo destituyó, despidió también al entrenador de lanzadores Umar Gul, repatrió a siete jugadores y entregó los Test al propio Hesson, ya responsable del equipo de white-ball.

Es un patrón: reacción, castigo, giro de timón. Pero casi nunca planificación. En Test cricket, donde los proyectos requieren años, esa inestabilidad se paga caro.

El desplome en el WTC

Los datos del World Test Championship son un grito de alarma. En el ciclo 2021-23, Pakistán terminó séptimo con un porcentaje de puntos del 38,1% (cuatro victorias en 14 Tests). En el 2023-25 cayó al noveno puesto, con un 27,98% (cinco triunfos en 14). En el ciclo actual, está en el fondo de la tabla: dos victorias en nueve partidos, apenas un 14,81%.

Desde el arranque del segundo ciclo del WTC, Pakistán presenta la segunda peor relación victorias-derrotas (0,5) entre los equipos del campeonato. Solo West Indies (0,4) está por debajo. Y hay un símbolo histórico: su balance global en Tests ha caído por debajo del 1,0 por primera vez desde 1987. Suman 153 victorias y 155 derrotas en 474 encuentros, para un ratio de 0,987.

En casa, el contraste con las potencias es brutal. Sudáfrica, Australia e Inglaterra dominan con ratios de 5,5, 5,0 y 2,2, mientras India firma un sólido 2,0 (14 victorias y 7 derrotas) desde 2021. Nueva Zelanda y Sri Lanka se mueven en 1,43, con 10 triunfos cada uno. Pakistán, en cambio, solo ha ganado cuatro de 17 Tests en su propio territorio, con nueve derrotas: un 0,444, el peor entre los equipos del WTC y solo por encima de Zimbabwe (0,285). Incluso Bangladesh (0,727) y West Indies (0,875) presentan mejores números como locales.

Fuera de casa, el panorama apenas mejora. Desde agosto de 2021, Pakistán ha ganado siete y perdido 13 de 20 Tests como visitante, el tercer mayor número de derrotas entre los equipos del WTC, solo superado por Inglaterra (17) y West Indies (15). Su ratio de 0,538 es quinto, lejos de Australia (2,4), Sudáfrica (1,25), Nueva Zelanda (1,125) e India (1,1).

Hay otro dato que golpea el orgullo. Desde el inicio del segundo WTC, Pakistán no ha ganado un solo Test fuera de Asia, salvo en West Indies. Acumula 19 Tests sin victoria en SENA (Sudáfrica, Inglaterra, Nueva Zelanda y Australia) desde 2018: 17 derrotas, dos empates. Su última alegría allí fue en Lord’s, en mayo de 2018. Desde 2019, es la única selección asiática sin triunfo en esos destinos.

Un bateo sin anclas

El colapso no es solo de resultados. Es técnico, táctico, mental. Desde el inicio del ciclo 2021-23, Pakistán ha sido eliminado por menos de 250 carreras en 32 innings de 37 Tests. En 18 ocasiones ni siquiera alcanzó los 200. La reciente gira por Inglaterra dejó una marca inédita: cinco innings consecutivos por debajo de 200, algo nunca visto en su historia en Test cricket. Las cifras son elocuentes: 171, 135, 110, 194 y 133, con una duración media de apenas 41,3 overs por entrada. Solo en la tercera entrada en Edgbaston lograron superar los 400.

La media colectiva de bateo desde 2021-23 es de 28,46, sexta entre nueve equipos del WTC. Solo Sudáfrica, Bangladesh y West Indies lo hacen peor. Sus bateadores han firmado el cuarto menor número de siglos en ese periodo. Ni siquiera su gran referencia escapa a la sequía: Babar Azam acumula 40 innings sin un cien en Tests. Su última centena llegó ante Nueva Zelanda en Karachi, en diciembre de 2022.

En este tramo, solo siete bateadores pakistaníes han superado los 1000 runs en Tests. Ninguno promedia por encima de 45. Babar lidera con 2602 carreras a 43,4. Shan Masood, su anterior capitán, suma 1548 a 32,25, sexto entre esos siete, apenas por delante de Imam-ul-Haq, con 1380 a 39,42. Rizwan, con 1862 a 35,8, solo ha convertido dos cientos, el registro más bajo entre los siete bateadores con más de 1000 runs. Mientras tanto, 51 jugadores de otros equipos del WTC han pasado de los 1000 runs en el mismo periodo y 11 de ellos promedian más de 45.

Son números de un line-up que vive en el filo y rara vez domina.

La identidad perdida del pace

Durante décadas, el Test cricket pakistaní se explicó desde una palabra: pace. Imran Khan, Wasim Akram, Waqar Younis, Mohammad Asif. Las grandes victorias nacían de la velocidad, el swing, la agresión. El spin acompañaba, adornaba, remataba.

Hoy la foto es otra. Desde el ciclo 2021-23, el éxito en casa ha llegado más por los giros que por la velocidad. Noman Ali, Sajid Khan y Abrar Ahmed han construido victorias a base de precisión, campos agresivos y superficies favorables al spin.

Las cifras de los rápidos son preocupantes. En este periodo, los pacers pakistaníes han tomado 305 wickets a una media de 32,7, la segunda peor después de Bangladesh, y con un strike rate de 55,7, también el segundo más alto entre los nueve equipos del WTC. Los lanzadores rivales, frente a Pakistán, promedian 27,4 y un strike rate de 48,7. El contraste subraya el doble problema: un bateo frágil y un ataque rápido muy lejos de su antigua élite.

Shaheen Afridi es el máximo wicket-taker entre los pacers pakistaníes en este tramo: 68 wickets en 17 Tests, a 26,89 de media. Solo otro rápido del país ha superado los 45 wickets: Mohammad Abbas, con 10 Tests desde su regreso al equipo en noviembre pasado, cuatro veces con cinco wickets en un innings. En 2026, Abbas suma 31 wickets a 21,06, el segundo mejor registro del año, solo por detrás de Josh Tongue (33 a 25,67). Entre todos los lanzadores pakistaníes, solo Noman Ali (85 en 18 partidos), Sajid Khan (75 en 14) y el propio Shaheen superan a Abbas en wickets en este periodo, pero con bastantes más Tests.

La vieja fábrica de pacers ya no marca la diferencia. La sostiene el spin.

El reino del spin… y sus límites

El giro de modelo se vio con crudeza ante Inglaterra en la serie en casa de 2024. Noman Ali y Sajid Khan se adueñaron del balón: 39 de los 40 wickets de Inglaterra en los dos últimos Tests, el mayor botín para una pareja de lanzadores en solo dos partidos. En Multan y Rawalpindi, los spinners pakistaníes reclamaron los 20 wickets en cada encuentro. En Rawalpindi, los pacers especializados ni siquiera lanzaron una bola. En total, el spin se llevó 73 wickets en la serie, 43 de ellos obra de los spinners locales.

La tendencia se repitió. El año pasado, Pakistán ganó dos Tests apoyado casi exclusivamente en sus giros: 20 wickets ante West Indies en Multan y 16 frente a Sudáfrica en Lahore. Ya en 2021, los spinners habían tomado 13 wickets en una serie ganada en Bangladesh. Desde entonces, sin embargo, Pakistán ha perdido dos series de Test contra Bangladesh, una en casa (2024) y otra fuera (2026).

Ante West Indies, Noman firmó otro hito: se convirtió en el primer spinner pakistaní en lograr un hat-trick en Tests. Y la última serie ganada fuera de casa, en Sri Lanka en julio de 2023, también tuvo el sello del spin.

El patrón es claro. Desde el inicio del ciclo 2021-23, Pakistán solo ha ganado 11 de 37 Tests. Nueve de esas victorias llegaron cuando sus spinners tomaron 11 o más wickets en el partido, incluida una actuación de 14 wickets en West Indies este mismo año. Es, además, su único triunfo en los últimos 12 Tests como visitante.

Sin ese spin dominante, el equipo se derrumba. Con él, apenas sobrevive.

¿Reacción o reconstrucción?

Pakistán se encuentra en un punto de inflexión incómodo. Los datos hablan de un equipo que ha perdido su columna vertebral: sin continuidad en la selección, sin estabilidad en el banquillo, sin un plan claro para el bateo y con una identidad histórica —el pace— diluida en medio de la dependencia del spin.

El PCB ha respondido con despidos y cambios de nombres. La pregunta ya no es a quién sacar, sino cuánto tiempo más puede resistir este modelo reactivo antes de aceptar lo inevitable: que la crisis no se arregla con otro viaje de vuelta al aeropuerto, sino con una reconstrucción profunda del Test cricket pakistaní.