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Elena Rybakina conquista el US Open y asegura su trono mundial

Elena Rybakina ya sabía que el lunes amanecería como número uno del mundo. Faltaba, sin embargo, el detalle que separa a las grandes de las legendarias: levantar el trofeo en la Arthur Ashe. Lo hizo. Y lo hizo a lo grande.

La kazaja, de 27 años, conquistó su primer US Open al derrotar a Aryna Sabalenka por 6-4, 5-7 y 6-2, en una final tensa, cambiante, con nervio de clásico. Llegaba con la certeza matemática de desbancar a su rival en la cima del ranking, pasara lo que pasara en el marcador. Pero una derrota habría dejado ese ascenso con sabor a poco. Rybakina eligió el camino más duro: ganar a la campeona vigente. Y arrebatarle, de paso, algo más que el número uno.

Sabalenka perseguía historia. Dos títulos consecutivos en Nueva York la habían colocado a un paso de un club minúsculo: solo Chris Evert y Serena Williams habían logrado el ‘three-peat’ en la era Open. La bielorrusa salió a pista con ese peso sobre los hombros y con la convicción de que su potencia podía volver a imponerse en Flushing Meadows.

Primer Set

El primer set, sin embargo, se inclinó hacia el lado frío y clínico de Rybakina. Sirvió con autoridad, manejó los intercambios largos y castigó cada duda de Sabalenka. Un quiebre bastó para el 6-4, pero el mensaje fue más contundente que el marcador: la nueva número uno no venía a recoger una corona administrativa, venía a reclamar la pista central como territorio propio.

Segundo Set

La reacción de Sabalenka era casi obligada. La campeona se agarró al segundo set con su agresividad habitual, subiendo revoluciones, buscando líneas, aceptando el riesgo. El partido se volvió más caótico, más emocional. La presión empezó a resbalar del lado de la bielorrusa hacia la kazaja, que por momentos perdió el control del saque. El 7-5 para Sabalenka abrió de nuevo la final y encendió el estadio. Parecía que la historia del ‘three-peat’ volvía a estar viva.

Set Decisivo

Entonces llegó el set decisivo. Y con él, la versión más implacable de Rybakina. Ajustó el resto, leyó mejor las direcciones del servicio rival y comenzó a desarmar, punto a punto, la potencia de Sabalenka. El marcador se inclinó rápido: quiebre, consolidación, otro golpe al servicio contrario. El 6-2 final no dejó espacio a interpretaciones.

La imagen que quedó grabada fue el contraste brutal al acabar el último punto. Rybakina celebrando su tercer título de Grand Slam, dueña ya del número uno y del cemento de Nueva York. Sabalenka, hundida en su silla, descargando la frustración contra la raqueta hasta hacerla añicos.

En una tarde, Queens vio caer un intento de dinastía y nacer otra. La pregunta ya no es si Rybakina merece el trono. La cuestión es cuánto tiempo piensa retenerlo.