logo

Elena Rybakina se consagra como la mejor del tenis femenino

Durante años, incluso ya coronada campeona de Grand Slam y ganadora en todas las superficies, a Elena Rybakina se la miraba como un escalón por debajo de las reinas de su generación. Temible, sí. Demoledora, también. Pero siempre había un par de nombres por delante, jugadoras supuestamente más consistentes, más duras en los momentos límite.

Sale de Nueva York convertida en algo muy distinto: la referencia absoluta del tenis femenino. La mejor jugadora del planeta, sin discusión. Después de arrebatarle el número 1 del mundo a Aryna Sabalenka, la kazaja completó la obra en la pista: la sucedió también como campeona del US Open, cerrando un torneo inolvidable con un 6-4, 5-7, 6-2 ante la bielorrusa, primera cabeza de serie y doble defensora del título.

Una corona ganada con la cabeza

Rybakina no había mostrado su versión más brillante durante el torneo. No hasta la segunda semana. Su conquista en Flushing Meadows no se explica tanto por la estética de su tenis como por la solidez de su carácter. Llegó tocada del tendón de Aquiles, una lesión que la dejó fuera de combate la semana previa y que la hizo dudar incluso de su participación. A eso se sumó una presión asfixiante: jugar cada ronda sabiendo exactamente qué resultado necesitaba para asegurarse el número 1.

El cuadro tampoco dio tregua. Cuatro campeonas de Grand Slam u olímpicas de forma consecutiva en la segunda semana. Cuatro exámenes de máxima exigencia. Ningún titubeo.

Esa travesía la endureció. Le dio la seguridad necesaria para afrontar otra batalla con su gran rival y cerrar el círculo en la Arthur Ashe. A sus 27 años, arrancó la final con su arma más letal —el saque— completamente desajustada. Y, aun así, fue ella quien dictó. Desde el fondo, desarmó a una Sabalenka cada vez más desordenada. Cuando la bielorrusa consiguió agarrarse al partido, girar la inercia y forzar el tercer set, Rybakina volvió a empezar. Pulsó el botón de reinicio y reservó su mejor tenis para el tramo decisivo.

La reina del cemento

El botín es contundente. No solo ha arrebatado el número 1 a Sabalenka. También su trono en pista dura. Rybakina posee ahora los tres títulos más grandes sobre cemento: Australian Open, US Open y WTA Finals. Un dominio que la coloca en una línea histórica de peso: Lindsay Davenport, Jennifer Capriati, Ash Barty, Angelique Kerber, Virginia Wade… todas ellas, como ella ahora, con tres Grand Slams en su palmarés.

Con Wimbledon 2022 y el Australian Open 2026 ya en la vitrina, Nueva York la deja a un solo título de completar el Grand Slam de carrera. Falta Roland Garros. Falta la tierra batida. Falta el último peldaño.

La final que se vivió en Flushing Meadows fue histórica por contexto y por calidad. Solo por segunda vez desde que Australian Open y US Open se disputan en pista dura, las mismas dos jugadoras se han medido en ambas finales en la misma temporada. Además, un duelo entre la número 1 y la número 2 del mundo con la certeza de que el trono cambiaría de manos al término del encuentro. Tres finales de Grand Slam entre ellas, tres batallas de altura.

Un arranque frenético y un primer golpe devastador

Desde el primer peloteo, el ritmo fue eléctrico. Pero bastaron unos cuantos juegos para que se viera algo claro: la limpieza en los golpes de Rybakina estaba en otra dimensión. Lo que siguió fue un espectáculo notable.

Paradójicamente, la dueña del mejor primer servicio del circuito femenino inició una final de Grand Slam con su saque hecho trizas. Solo el 27% de primeros dentro en el primer parcial: ocho de 30 intentos. Un dato demoledor. No importó. Todo lo demás funcionaba a la perfección. Devoluciones profundas, agresivas, que asfixiaban cada turno de saque de Sabalenka. Dominio absoluto desde el fondo. Un revés implacable, sin fisuras. Cero aire para la bielorrusa.

El verano de Sabalenka había sido complejo, lleno de obstáculos. Alcanzar la final en Nueva York para pelear por un tercer US Open consecutivo era ya un logro mayúsculo. Pero la ocasión, y sobre todo el nivel de su rival, la sacudieron desde el inicio. Con 2-3 en contra en el primer set, una doble falta la condenó al quiebre decisivo. La frustración estalló al instante: golpeó una pelota hacia la grada y recibió un aviso de código. Tensa, irritable, incapaz de castigar de verdad ese aluvión de segundos saques que se le presentaban como una invitación que nunca terminaba de aprovechar.

La reacción de una campeona… y la respuesta de otra

Sabalenka, sin embargo, no se fue. No sabe hacerlo. Mejoró el servicio en el segundo set, encontró ritmo y, aunque el primer saque de Rybakina empezó a entrar con algo más de frecuencia, la kazaja se volvió menos precisa desde el fondo. La puerta se entreabrió.

Con 5-4 para Rybakina, el peso del momento cayó sobre los hombros de la futura número 1. Sabalenka olió la oportunidad. Apretó en la devolución y conectó un revés ganador paralelo para lograr sus primeras bolas de break del partido, doble punto de set. Rybakina le regaló dos segundos saques, pero la bielorrusa estaba demasiado rígida para cerrar. Aun así, siguió cargando sobre el segundo servicio de la kazaja. No soltó la presa.

Con 6-5, Sabalenka se fabricó una tercera bola de set a base de potencia y carácter. Esta vez no dudó. Otro revés ganador al resto y partido al tercer set. La Arthur Ashe rugía. La campeona vigente volvía a estar viva.

El tercer set de una número 1

Frente a ella, una dos veces campeona del US Open en plena remontada, empujada por la grada, con la inercia a favor. Rybakina ni pestañeó. Volvió a su rutina, a sus patrones, a su saque. Y ahí sí apareció la versión temida por el circuito.

El servicio, por fin, se alineó con el resto de su juego. Preciso. Pesado. Imparable. Rybakina voló por sus primeros juegos al saque en el set definitivo, encadenando aces, ganando puntos rápidos, obligando a Sabalenka a sostenerse en un intercambio de golpes que ya no podía igualar. La bielorrusa, como tantas otras en el último año, se encontró ante una exigencia que no pudo sostener.

Elena Rybakina salió de la Arthur Ashe con un trofeo más, un número 1 sobre el pecho y un mensaje inequívoco para el circuito: el listón, a partir de ahora, lo marca ella. La pregunta ya no es si puede dominar. Es cuánto tiempo piensa quedarse ahí arriba.