Emiliano Martínez: dolor, selección y un fichaje fallido
Emiliano Martínez se ha quitado la venda. Literal y figuradamente. El portero de Chelsea ha confesado que la lesión de dedo que sufrió este año no sanará nunca del todo. Un daño permanente, nacido de una decisión: aguantar el dolor para seguir bajo los palos con Argentina.
Un dedo roto y un Mundial en juego
Todo empezó en mayo, en el calentamiento de la final de la Europa League de Aston Villa contra Freiburg. Un dedo roto y dislocado, un golpe seco que encendió las alarmas. El calendario era cruel: a la vuelta de la esquina, la defensa del título mundial con Argentina. Las primeras imágenes médicas fueron un mazazo para un guardameta de 34 años que llegaba al pico de su carrera.
La opción lógica era el quirófano. Meses fuera. Adiós al Mundial. Martínez eligió lo contrario. Eligió el dolor.
Con el respaldo total de Lionel Scaloni, se aferró a una solución de emergencia: un guante Adidas personalizado, un vendaje pesado que le protegía, pero que le robaba parte de su esencia. El agarre, el gesto más básico de un portero, se convirtió en un desafío.
“Lloraba todas las noches”
En una charla con el periodista argentino Gastón Edul, en su canal de YouTube, Martínez abrió la puerta de su día a día en esos meses. No fue sólo una cuestión de soportar molestias. Fue un calvario.
“El día antes de Argelia estaba volando con un brazo, tirándome como un zombi”, relató. Cada caída era un riesgo. Cada apoyo en el césped, una explosión de dolor. “Si ponía la mano en el piso veía estrellas. Fue brutal. Todas las noches lloraba porque mi dedo parecía una salchicha”.
No es una metáfora bonita. Es la imagen cruda de un profesional que alteró por completo su forma de entrenar para seguir disponible. Menos impacto, menos repeticiones, más cuidados. Y, aun así, el sufrimiento no cedía.
Martínez sabe que la factura es definitiva. “Nunca va a volver a estar como antes”, asumió. “Sigo jugando con dolor. Pero estos son los riesgos que tomás por la selección. Lo haría de nuevo”.
Ahí está el núcleo de su historia: la prioridad absoluta de la camiseta albiceleste, incluso a costa de su propio cuerpo.
Un dedo que frenó a Juventus
Ese mismo dedo no sólo condicionó su Mundial. También cambió su verano.
Durante el último mercado, Martínez estuvo cerca de dar un giro fuerte a su carrera con un traspaso a Juventus. Todo avanzaba hasta que las pruebas médicas desnudaron la realidad: la fractura seguía ahí.
“Me hicieron una radiografía y estaba roto otra vez”, contó. En ese momento, la operación se cayó. Sin dramatismos, sin ruido, pero con un impacto enorme en su futuro inmediato. Un club grande de la Serie A se echó atrás por un dedo que nunca terminó de curar.
Desde ahí, el camino le llevó a Londres. Chelsea apostó por él con un traspaso de 7,5 millones de libras. Sabían lo que compraban: un campeón del mundo, sí, pero también un portero que arrastra una lesión crónica.
“Dijeron que era posible que jugara así, que necesitaba cirugía, pero Chelsea no, no les importó”, explicó. La frase no habla de descuido, sino de aceptación del riesgo. El club inglés asume que, tarde o temprano, habrá que pasar por el quirófano. “Un día voy a necesitar cirugía”, admite el propio jugador.
Hasta entonces, cada partido será un pacto con el dolor.
Del dedo a la mandíbula: otro golpe en Londres
Como si no bastara con la mano dañada, el presente de Martínez en Stamford Bridge está marcado por otra lesión. Esta vez, en la cara.
El argentino se recupera ahora de una fractura de mandíbula sufrida a principios de mes en la victoria de Chelsea ante Everton. Otro impacto, otra pausa forzada, otro proceso de rehabilitación en una etapa en la que buscaba asentarse como una pieza importante en el once de su nuevo club.
Mientras trabaja en su regreso, el mapa es claro: primero, volver a estar disponible tras el golpe en la mandíbula. Después, pelear por su lugar en el arco en un club que no espera a nadie. Y, por debajo de todo, un recordatorio constante: el dedo que nunca sanará del todo, esa vieja herida que le acompañará en cada entrenamiento, en cada blocaje, en cada salida aérea.
Martínez ya tomó su decisión una vez. Eligió la selección, eligió el riesgo, eligió el dolor. La pregunta es cuánto tiempo más podrá sostener ese pacto con su propio cuerpo en la exigencia diaria de la élite.




