Frances Tiafoe y Ben Shelton: Un cruce de caminos en el tenis estadounidense
NUEVA YORK — El nombre de Arthur Ashe preside el estadio más grande del tenis mundial como una declaración, no como un homenaje decorativo. Es un recordatorio de que alguien rompió el cristal, y de que no pensaba permitir que nadie lo volviera a colocar.
Ashe no solo abrió la puerta. La arrancó de cuajo. Quiso que la siguiente generación, especialmente los jóvenes afroamericanos, encontrara un lugar real en el deporte que amaba.
Este viernes por la noche, en ese mismo escenario del USTA Billie Jean King National Tennis Center, Frances Tiafoe y Ben Shelton llevan esa historia a un punto que durante décadas pareció inalcanzable. No es solo una semifinal del US Open. Es un cruce de caminos para el tenis estadounidense y para la representación negra en la élite del deporte.
Una noche que reescribe la historia
El ganador será el primer hombre afroamericano en alcanzar la final individual del US Open desde Arthur Ashe en 1972. Más de medio siglo. También será el primer hombre afroamericano en disputar una final de Grand Slam desde MaliVai Washington en Wimbledon 1996.
No es una estadística más. Es un vacío generacional.
El ranking también se moverá con fuerza. Pase lo que pase, Ben Shelton terminará el torneo como número 4 del mundo. Frances Tiafoe, que ya tiene asegurado al menos el número 8, puede escalar hasta el cuarto puesto si el domingo levanta el trofeo.
MaliVai Washington, protagonista de aquella final en la hierba de Londres hace 30 años, no necesita adornar el contexto. Lo ve claro. Para él, si uno de los dos acaba campeón del US Open, estaríamos ante una de las grandes historias deportivas no solo del año, sino de la década. Un mensaje directo: el tenis ha avanzado, y lo ha hecho en la dirección correcta. Tiafoe y Shelton, sostiene, encarnan lo que puede y debe ser el tenis estadounidense.
Y no exagera cuando anticipa que esta semifinal y la final del domingo pueden convertirse en los partidos de tenis más vistos de los últimos tiempos.
El eco de Althea, Venus, Serena… y Coco
En la otra mitad del cuadro, la historia ya venía cargada de significado. Coco Gauff, campeona del US Open en 2023, cayó en semifinales ante Elena Rybakina, pero entiende mejor que nadie el peso de la representación. Creció con el legado de Althea Gibson, la pionera, y con la revolución de Venus y Serena Williams.
Por eso, cuando vio el cuadro masculino, la sorpresa fue mayúscula. Gauff confesó que nunca imaginó presenciar en vida una semifinal masculina de Grand Slam entre dos jugadores negros estadounidenses. Ni siquiera cuando era niña, viendo quiénes ocupaban los grandes escenarios del circuito. Para ella, estar también en semifinales y compartir foco con Tiafoe y Shelton en este US Open es “muy especial”. Respeta a los dos, no se decanta por ninguno, solo pide un gran partido y que el ganador “pueda traer el título a casa”.
La escena, con Coco peleando por otro título y dos hombres negros disputándose un billete a la final, llega con décadas de retraso. Pero llega.
El sueño que Ashe imaginó… y que tardó demasiado
Arthur Ashe lo vio venir. O creyó verlo venir. Campeón del US Open en 1968, del Australian Open en 1970 y de Wimbledon en 1975, pensó que su carrera abriría la puerta a muchos más jugadores negros. Se retiró en 1980 por problemas de corazón convencido de que el relevo no tardaría.
Años después, en 1988, explicaba al Los Angeles Times lo que el tenis necesitaba: un equivalente estadounidense de Yannick Noah, alguien con carisma, tenis agresivo, presencia, estilo. Un jugador capaz de jugar “en tu cara” y comportarse como Julius Erving.
Ese “siguiente” no llegó pronto. Hubo que esperar hasta la carrera de MaliVai Washington hacia la final de Wimbledon 1996 para que la idea de recoger el testigo de Ashe pareciera realmente posible. En paralelo, fueron las mujeres quienes tomaron la delantera. Venus Williams se hizo profesional en 1994 y alcanzó la final del US Open en 1997. Serena Williams, profesional desde 1995, no tardó en irrumpir en los grandes escenarios y cambiar el deporte para siempre.
Washington perdió aquella final en la hierba londinense ante Richard Krajicek por 6–3, 6–4, 6–3. Lo recuerda sin dramatismo, pero con perspectiva. Para él, lo que ocurra este viernes, por histórico que sea, no basta.
Una noche, un partido, incluso una final, no garantizan una oleada de nuevos jugadores. Habla de procesos de 15 años para llegar al circuito. Sin estructura, sin programas que acompañen a los jóvenes durante más de una década, sin una red que sostenga el talento, no habrá un cambio real en el volumen de jugadores.
El reto invisible: infraestructura, tiempo y disciplina
Washington, hoy con 57 años, sabe de lo que habla. Empezó a jugar a los 5, llegó al circuito en 1989 y firmó su primera gran sorpresa un año después, derrotando al número 2 del mundo, Ivan Lendl, en el Volvo International. En la siguiente ronda perdió en tres sets. Su rival se llamaba Bryan Shelton. El padre de Ben.
Las líneas se cruzan, las generaciones se tocan.
Washington y Tiafoe coinciden en algo esencial: las barreras de entrada siguen siendo altas, especialmente para los jóvenes negros, pero no son infranqueables. El problema es que el interés no se traduce en números como ocurre con el fútbol americano o el baloncesto. Esos deportes están en la calle, en los parques, en cada barrio. Un aro de baloncesto y un balón bastan para empezar.
El tenis no funciona así. No hay pistas en cada esquina, no siempre hay con quién jugar, no siempre hay entrenadores o clubes accesibles.
Tiafoe, que se formó en el Junior Tennis Champions Center de College Park, Maryland, lo resume con crudeza. Aconseja a los chicos buscar un club local que les abra la puerta, aunque sea una rendija. Una vez dentro, la clave es llegar con hambre. Obsesionarse. El tenis exige repetición, miles de golpes, horas y horas. Y sobre todo, amar el juego.
Martin Blackman, director ejecutivo del Junior Tennis Champions Center y exresponsable de identificación de talento de la USTA, apunta en la misma dirección. Cree que la clave está en recuperar y reforzar la estructura que existía antes de la pandemia de 2020: traer chicos desde programas locales, regionales y nacionales, exponerlos a entrenamientos de calidad, fijar fundamentos sólidos a los 12 o 13 años.
Para Blackman, el duelo de este viernes entre Shelton y Tiafoe puede tener un impacto que trascienda el resultado. Lo define como un “momento de inflexión”: dos jugadores brillantes, dos representantes ejemplares del deporte, capaces de inspirar a miles de niños a coger una raqueta.
Washington, que llegó a ser número 11 del mundo y ganó cuatro títulos individuales, insiste en el otro pilar: la disciplina sostenida. Durante años. Puedes trabajar sin descanso y aun así no tener garantizado el salto al profesionalismo. Hace falta estructura, pasión, apoyo. Muchas piezas deben encajar para, como mínimo, darte la mejor oportunidad.
“Solo hace falta uno”
Taylor Townsend, que acaba de completar el Grand Slam de su carrera en dobles con su título del US Open junto a Katerina Siniakova, mira este torneo con una convicción sencilla: la representación en el tenis solo acaba de empezar.
“Solo hace falta uno”, repite. Uno que demuestre que es posible. Uno que los demás puedan ver. Si no lo ves, es mucho más difícil creerlo. Y no todo el mundo está dispuesto a ser esa persona que se lanza a abrir camino, a asumir el desgaste de ser la primera o el primero, a pensar en quienes vendrán después.
Townsend se declara orgullosa de poder encender la televisión y ver a Frances Tiafoe y Ben Shelton peleando por una plaza en la final de un Grand Slam. Sabe que uno de los dos estará ahí el domingo, y lo define como “algo hermoso”. Cita a Robin Montgomery, a Coco Gauff, se incluye a sí misma: para ella, este US Open ha sido fenomenal para la gente de color, una exhibición en directo de que “es posible”.
El futuro, según Arthur Ashe
Quizá el tenis mundial debería volver a escuchar a Arthur Ashe. No solo su legado, también sus palabras. En aquella entrevista con el L.A. Times, le preguntaron cómo imaginaba el futuro del deporte.
Para muchos, el futuro es el año que viene, respondió.
Para él, el futuro era esa misma tarde.
En el Arthur Ashe Stadium, esa tarde ha llegado en forma de noche. Dos hombres negros estadounidenses, en la pista que lleva el nombre del pionero, jugando por algo más que una final. La pregunta ya no es si el momento ha llegado.
La verdadera cuestión es qué hará el tenis con él.




