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Hrgovic frustra el sueño de Itauma en Londres

Filip Hrgovic destrozó el guion y, de paso, el sueño mundialista de Moses Itauma en una pelea de pesos pesados tan salvaje como reveladora en el O2 Arena de Londres. El croata sobrevivió al vendaval inicial, esperó su momento y acabó forzando la rendición del británico en el noveno asalto, cuando el joven ya apenas se tenía en pie.

Tenía 21 años, un aura de imparable y un título mundial IBF vacante al alcance de la mano. Salió del ring en camilla.

Un inicio de película para Itauma

La noche había empezado exactamente como Itauma la había imaginado. Favorito abrumador tras arrasar a sus primeros 14 rivales, presentado como la próxima gran estrella del peso pesado, entró al ring entre un estruendo ensordecedor. El público del O2 dejó claro desde el primer segundo de qué lado estaba.

Hrgovic, vestido con los cuadros rojos y blancos de Croacia, había sufrido antes incluso de que sonara la campana: abucheos a su entrada, tensión en la semana previa, empujones, bofetadas y un cruce de palabras que calentó el ambiente.

Cuando por fin empezó la pelea, Itauma salió como un tren. Zurdo, agresivo, marcando el ritmo con directos de izquierda, imponiendo su velocidad. El croata, conocido por su dureza, parecía un paso por detrás.

El segundo asalto encendió aún más la ilusión británica. Un gancho de derecha desequilibró a Hrgovic y le obligó a apoyar el guante en la lona: caída válida. En las gradas, figuras como Noel Gallagher y Prince Naseem Hamed seguían cada golpe de Itauma con un suspiro colectivo, incluso cuando los puños se quedaban en el aire. El joven dominaba, mandaba y, a ojos de muchos, rozaba la historia.

El precio de ir siempre al máximo

Pero la factura llegó pronto. Demasiado pronto para una pelea a este nivel.

Al terminar el tercer asalto, Itauma ya respiraba con la boca abierta. Había llegado a su primera pelea mundialista con solo 26 asaltos profesionales en el cuerpo. Su talento estaba fuera de duda; su experiencia, no. Y el ritmo que había impuesto empezaba a volverse en su contra.

Mientras tanto, Hrgovic, tocado pero entero, empezó a encontrar huecos. Algún golpe aislado, seco, pesado. El tipo de impacto que no impresiona al público pero que va dejando huella. También existían dudas sobre la capacidad de encaje de Itauma, más por falta de pruebas que por señales de debilidad. Esa noche, al menos durante varios asaltos, respondió bien: absorbió manos duras y devolvió fuego inmediato.

En el quinto, una pelea en la grada desvió por un momento las miradas del ring. Bastó un uppercut de Itauma en los últimos segundos para que toda la atención regresara al cuadrilátero. El británico seguía lanzando combinaciones, seguía buscando el nocaut, seguía alimentando la euforia del público.

Pero Hrgovic no se movía. Apenas retrocedía. Simplemente caminaba hacia delante.

En la sexta, una derecha tremenda de Itauma sonó sobre la campana. En la séptima, otra. El croata las encajó, casi imperturbable, como si fueran el peaje necesario para llegar a los asaltos donde sabía que la pelea podía cambiar.

El giro cruel del noveno asalto

En las cartulinas imaginarias, Itauma iba por delante. Tenía la pelea encaminada para coronarse campeón mundial y convertirse en el segundo campeón más joven de la historia del peso pesado. Le bastaba con gestionar, enfriar, boxear con cabeza.

No lo hizo. Siguió buscando la sentencia.

En el octavo, un nuevo aluvión arrinconó a Hrgovic contra las cuerdas. El croata pasó apuros reales. Parecía tambalearse, pero Itauma ya mostraba señales claras de desgaste: gestos de dolor entre intercambios, respiración forzada, el cuerpo cada vez más pesado. Era el aviso de lo que estaba por venir.

El peligro ya no era teórico. Estaba delante de todos.

El noveno arrancó con un Hrgovic distinto, con otra mirada. Salió a morder. Una derecha seca, contundente, estalló en el rostro de Itauma y lo mandó hacia atrás, casi atravesando las cuerdas. El británico se mantuvo milagrosamente en pie, pero sus piernas ya no respondían.

Hrgovic lo olió. Siguió avanzando, golpe tras golpe, sin prisa pero sin dejarle respirar. Itauma, exhausto, se fue desplomando poco a poco hacia su esquina, más por agotamiento que por un solo impacto definitivo, casi sin guardia, sin capacidad de defenderse.

Entonces llegó la toalla. Tarde para su sueño inmediato, a tiempo para proteger su futuro.

Una lección dura en la cima del mundo

Mientras Itauma recibía atención médica y abandonaba el O2 en camilla, el contraste era brutal. El joven prodigio que había arrasado a todos se había topado, por primera vez, con alguien que no se rompía, que no se caía, que no se rendía a su talento.

Hrgovic, cuyo único tropiezo profesional hasta ahora había sido ante Daniel Dubois y que presume de un bronce olímpico, había resistido todo lo que le lanzaron y esperó pacientemente a que la pelea se le pusiera de cara.

“Es el mejor con el que he compartido ring, pero necesita más experiencia. Sabía que estaba perdiendo el asalto, pero también que tenía el ritmo a mi favor. Necesita más experiencia, pero es único”, explicó el croata tras el combate. Lo dijo sin triunfalismo, casi como quien reconoce el valor de un rival que aún está en construcción.

“Desde el primer asalto vi que se estaba vaciando. Empezó muy rápido. Sabía que se iba a cansar. Sabía que cuando llegara mi momento tenía que apretar. Eso fue lo que hice”.

Lo hizo, y cambió la noche.

Itauma llegó a Londres como la próxima gran figura del peso pesado. Salió con su primera derrota, una lección dolorosa sobre ritmo, gestión y paciencia en la élite. El título IBF se le escapó, pero el tiempo sigue de su lado.

La pregunta, a partir de ahora, es otra: ¿cómo volverá de esta noche en la que tocó con la mano la gloria… y descubrió lo implacable que puede ser el mundo real del boxeo?