El impacto de la velocidad en el VAR de la Premier League
“¡Rápido, rápido, rápido, rápido! ¡Vamos, vamos, vamos, vamos, vamos!”
La voz de Matt Donohue, árbitro asistente de vídeo, retumba en la grabación del Manchester derby. No es la banda sonora de un contraataque, sino del momento exacto en el que el VAR firma una de las decisiones más catastróficas que ha visto la Premier League.
Segundos después, el gol de la victoria de Erling Haaland para Manchester City queda confirmado. Manchester United cae 1-0. Y Enzo Fernández, tres metros en fuera de juego antes de intentar cabecear el balón, pasa completamente inadvertido en la sala de vídeo.
La prisa que lo cambió todo
La escena, reconstruida ahora con calma, es demoledora. Donohue, junto a su asistente VAR, Blake Antrobus, acelera el proceso como si el tiempo fuera el enemigo. “¡Vamos, vamos, vamos, vamos!”, insiste. No suena a revisión serena, sino a pánico. A caos. Justo lo contrario de lo que se espera de un árbitro de vídeo.
El contexto ayuda a entender la presión. La Premier League ha convertido la “aplicación más eficiente del VAR para reducir retrasos” en uno de sus grandes principios de la temporada. Los árbitros escuchan a diario que el VAR debe ir más rápido: lo dicen aficionados, entrenadores, tertulias, encuestas a “stakeholders” en las que participan técnicos y seguidores. El mensaje se repite: las pausas largas son inaceptables.
Pero la pregunta se impone sola: ¿el fútbol ha decidido sacrificar precisión en nombre de la velocidad?
En este caso, la urgencia no es una simple circunstancia. Es el hilo conductor del error.
El fallo de procedimiento
Más allá de las prisas, la equivocación nace de un paso básico mal dado. Donohue pide al operador de repeticiones que congele la imagen en el primer plano en el que Josko Gvardiol toca el balón para centrar al área. Desde ahí, salta de inmediato a la tecnología semiautomática de fuera de juego.
Ahí está la grieta.
El protocolo exige que el equipo de VAR revise toda la acción: desde el envío de Gvardiol hasta el remate de Haaland. Solo así se entiende el contexto, las posiciones, las posibles interferencias. Solo así se ve a Fernández, adelantado tres metros, entrando en la jugada.
Eso no ocurrió. La secuencia dentro del área se ignora hasta que el equipo ya está metido en el llamado “ataque” como fase concreta. Para entonces, la mirada de Donohue y Antrobus se ha estrechado: solo les importa una cosa, si Fernández toca o no el balón. Si lo hace, nace una nueva fase y Haaland queda en fuera de juego. Si no, el tanto se mantiene.
La jugada se reduce a un detalle técnico. El resto del cuadro, el que delata la posición ilegal de Fernández, desaparece.
Un AVAR en silencio
Donohue se ha llevado la mayor parte de los golpes públicos. Pero la actuación —o la ausencia de ella— de Blake Antrobus pesa casi lo mismo.
El AVAR está ahí para eso: para poner freno, para revisar ángulos, para detectar lo que al principal se le escapa. Es el contrapeso interno del sistema. En una jugada de este calibre, su voz debería escucharse con claridad.
Lo que queda registrado es una única intervención: “no, sí” sobre el posible toque de Fernández. Un segundo después, Donohue sentencia: “decisión final es gol, chequeo completo”.
Demasiado poco para una jugada decisiva en uno de los partidos del año.
Antrobus arrastraba, además, un antecedente reciente. En el único parón largo de VAR de la temporada, en un Brentford–Sunderland, un gol de Dan Ballard fue anulado por un fuera de juego subjetivo de Kevin Danso. La revisión superó los cuatro minutos y recibió una oleada de críticas. Antrobus también era el AVAR aquel día.
Curiosamente, en ese encuentro jugó un papel clave para guiar a Tim Wood, entonces VAR principal, hacia la decisión correcta de fuera de juego. Esta vez, en cambio, su intervención se quedó en un murmullo.
La obsesión por el reloj
Howard Webb, responsable del arbitraje profesional, ha interiorizado el mensaje de la Premier: hay que ir más rápido. Y los números le dan la razón en un punto. Las demoras del VAR, incluyendo el anuncio del árbitro al público, han bajado de 46 a 36 segundos de media por partido respecto a la temporada anterior.
Pero la estadística tiene un reverso incómodo. El otro gran error de VAR del curso, el penalti no concedido a Arsenal en el campo de Aston Villa, también llega tras una revisión fugaz.
Reducir tiempos no significa saltarse pasos. Cuando eso ocurre, el sistema deja de ser una red de seguridad y se convierte en un riesgo añadido.
Lo más llamativo es que, incluso después del gol de Haaland, el desastre aún era recuperable. El protocolo permite corregir durante el lapso entre el tanto y el saque de centro. En Stockley Park, junto al hub de partidos, hay una figura más: el “support VAR”, que puede intervenir en cuestiones de procedimiento. Vio —o debió ver— lo que estaba pasando. No actuó.
La jugada siguió su curso. El derbi se cerró con victoria de City. Y la Premier League sumó un escándalo más a su expediente tecnológico.
Especialistas… que también fallan
El caso golpea de lleno a Pro Ref, el organismo que gestiona el arbitraje profesional. Ha invertido tiempo, dinero y formación específica para pulir el VAR, para convertirlo en una herramienta tanto eficiente como fiable.
La teoría suena impecable. La realidad, menos.
Una de las grandes demandas del entorno ha sido crear “especialistas VAR”. Y, sobre el papel, eso es exactamente lo que es Matt Donohue. Hace tres temporadas, Pro Ref lanzó una convocatoria para árbitros interesados en convertirse en oficiales de vídeo. Los candidatos pasaron pruebas de aptitud, y unos 15 llegaron a la fase final de formación. De ellos, 10 han trabajado ya en partidos de Premier League.
Donohue es uno de ellos. El domingo firmaba su encuentro número 65 como árbitro de vídeo. Su progresión ha sido tal que ya figura en la lista internacional y ha sido designado para eliminatorias de clasificación de competiciones de clubes de Uefa este verano.
Ha cometido errores, como casi todos. Lo que ocurrió en el derbi no solo le señala a él: subraya la complejidad brutal del rol. En las dos últimas temporadas, solo dos VAR, Nick Hopton y Neil Davies, ambos surgidos del mismo programa acelerado, mantienen un registro limpio de fallos claros.
Ni siquiera convertir el VAR en una profesión a tiempo completo garantiza nada. Lee Mason y Mike Dean, los dos únicos VAR fijos de la Premier tras su retirada del césped, fueron apartados por Webb a los pocos meses de su llegada por un cúmulo de errores.
Y el ejemplo de fuera no consuela. En España, La Liga y la segunda división cuentan con un equipo de árbitros que solo ejercen como VAR y nunca pisan el campo como principales. Basta un vistazo a los titulares para comprobar que la polémica es tan feroz como en Inglaterra. Al inicio de la pasada temporada, el VAR ni siquiera detectó que el autor de un gol estaba en fuera de juego cuando recibió el pase.
La especialización ayuda. No inmuniza.
Una cuestión de cultura futbolística
El episodio del derbi contrasta con otros momentos recientes. El curso pasado, el tanto del empate de West Ham en el descuento ante Arsenal fue anulado tras una revisión que se alargó más de cuatro minutos. Se hizo largo, se hizo pesado. Pero la decisión final fue correcta.
Ese es el dilema. El juego, los clubes, las televisiones, el público: todos empujan hacia la inmediatez. El VAR nació para corregir errores claros y manifiestos, no para convertirse en un espectáculo paralelo. Pero cuando la prioridad absoluta pasa a ser el cronómetro, todo el trabajo silencioso de formación y protocolo se tambalea.
Lo ocurrido con Donohue y Antrobus no se explica solo por una mala noche en la sala de vídeo. Habla de una cultura que mira el reloj antes que la pantalla. De una competición que ha hecho de la velocidad una bandera… sin preguntarse cuánto está dispuesta a pagar por ella.
La Premier League seguirá afinando su tecnología, ajustando líneas, puliendo mensajes al estadio. Pro Ref seguirá formando especialistas. Los entrenadores seguirán reclamando revisiones más cortas. Y los aficionados, menos interrupciones.
Pero mientras la orden dominante sea “¡rápido, rápido, rápido!”, la pregunta ya no es si habrá otro error de este calibre.
Es cuándo llegará el próximo.



