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Inglaterra arrasa en Edgbaston: Root y Cox sellan la serie con autoridad

Inglaterra necesitaba 130. Parecía un trámite. En dos bolas, el guion se hizo añicos.

Primera entrega del día, Mohammad Abbas encuentra el borde de Ben Duckett y la pelota besa los guantes del guardián. Silencio incómodo en Edgbaston. Un suspiro después, en el mismo over, Emilio Gay queda atrapado leg-before-wicket. Marcador: 2/2. De repente, la modesta meta se convierte en una colina empinada y Pakistan vuelve a creer en la remontada imposible que había encendido el debutante Razaullah con el bate en la tercera tarde.

La tensión es real. Inglaterra, que había dominado la serie, se ve de pronto al borde de un colapso histórico. Pakistan huele sangre. Pero ahí se acaba la fantasía.

El no-ball que cambió el día

Razaullah, héroe con el bate, arranca con el balón de forma muy distinta. Errático, caro, incapaz de aprovechar el nerviosismo inglés. El cuerpo técnico reacciona rápido y recurre a Mohammad Ali. La apuesta parece perfecta: Ali entra en ritmo de inmediato y rompe el castillo de Joe Root. O eso cree todo el mundo.

El estadio se queda helado. Root, el pilar, la referencia, aparentemente derribado. Pakistan celebra. Inglaterra mira al suelo. Pero el drama no ha terminado: el umpire revisa… y aparece el horror para los visitantes. No-ball. El pie de Ali ha sobrepasado la línea. Root vuelve a la vida.

El castigo llega al instante. En la siguiente bola, el mismo Root descarga un golpe limpio a la cuerda. Mensaje claro: el capitán de la calma ha decidido que no habrá otro sobresalto. En el over siguiente, Jordan Cox se suma a la respuesta, encuentra también la frontera y, con ese golpe, se asienta. La persecución, que había empezado como una pesadilla, empieza a parecerse a una rutina.

Pakistan perdona y paga caro

Pakistan aún tiene una oportunidad de reabrir la puerta. Abbas, siempre incisivo, provoca el outside edge de Root. La pelota viaja entre primer y segundo slip. Nadie se lanza. Ni una mano. Una imagen que resume la mañana: cuando tuvieron que ser implacables, dudaron.

A partir de ahí, el partido cambia de tono. Inglaterra deja de mirar el marcador con ansiedad. No hay presión de run-rate, no hay montaña de runs que obligue a arriesgar. Solo hace falta tiempo y algo de paciencia. Root y Cox lo entienden a la perfección: bajan pulsaciones, eligen bien los golpes, castigan lo corto y respetan lo bueno.

Root, como tantas veces, convierte una situación delicada en una clase magistral de control. Sin estridencias, sin necesidad de inventar nada, va acumulando runs, uno tras otro, hasta cruzar la barrera de los cincuenta con otro golpe a la cuerda. Ese límite no es solo un hito en el partido: con esa media centena, rompe el récord de más medio siglos en el formato. Un registro que encaja con su figura: consistencia, longevidad, una presencia casi inevitable en cada hoja de estadísticas.

Al otro lado, Cox aprovecha la oportunidad que muchos jóvenes sueñan y pocos ejecutan con tanta madurez. No se esconde detrás del gigante que tiene al lado, acompaña el ritmo, suma con criterio y también alcanza su propio cincuenta. No es solo una anotación en la libreta; es una declaración de que está listo para partidos grandes, mañanas tensas y series que se deciden en detalles.

Un cierre sin temblores

Lo que había empezado como un examen psicológico termina convertido en un paseo seguro hacia la victoria. Sin más sobresaltos, sin más regalos, Inglaterra avanza con paso firme hasta sellar el 3-0 con un triunfo por ocho wickets, justo al filo del almuerzo en Edgbaston.

Pakistan se marcha con la sensación amarga de lo que pudo ser: un no-ball fatal, un slip inmóvil, una ventana de oportunidad que se cerró en cuestión de minutos. Inglaterra, en cambio, sale reforzada de una mañana que pudo haber sido caótica y acabó siendo una demostración de madurez y oficio.

En un día que pedía nervios de acero, Root y Cox encontraron algo todavía más valioso: la calma necesaria para convertir un susto en una declaración de poder al final de la serie.