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Katie Taylor se despide en Croke Park: una noche histórica

Katie Taylor eligió el único escenario capaz de estar a la altura de su carrera. Croke Park, 80.000 almas en pie, una campeona de 40 años que ya lo había ganado todo… y que aun así encontró la forma de irse todavía más arriba.

Frente a ella, la francesa Flora Pili, invicta hasta anoche. Salió con hambre, con orgullo, con el aura de quien no conoce la derrota. Salió, sobre todo, a comprobar qué significa enfrentarse a una leyenda en su propia casa.

La respuesta llegó en diez asaltos de dominio absoluto.

Una campeona total en su último baile

Taylor manejó la pelea desde el primer campanazo. Mandó con el jab, marcó el ritmo, eligió la distancia. No necesitó arriesgar, porque controló cada intercambio con la serenidad de quien ha visto todas las versiones posibles de un combate.

Pili intentó romper el guion en los asaltos intermedios, buscó intercambios más duros, trató de acortar el ring. Pero cada intento chocó con la misma realidad: Taylor siempre llegaba primero, siempre salía mejor. Más precisa, más limpia, más completa.

Las tarjetas no dejaron lugar a la discusión: 100-90, 100-90 y 98-91. Decisión unánime. Una exhibición final.

Con este triunfo, la irlandesa cierra su carrera como campeona indiscutida del peso superligero (140 libras, 63,503 kg). Sumó el cinturón vacante del WBC a los que ya poseía de la WBO, WBA e IBF. Firme, sólida, intocable en lo más alto.

Su hoja de servicio profesional se congela en 26 victorias (6 por KO) y una sola derrota. Esa mancha, la de Chantelle Cameron el 20 de mayo de 2023 al subir al superligero tras dominar con puño de hierro el peso ligero, ya tuvo respuesta: medio año después, en el mismo 3Arena de Dublín, Taylor se tomó la revancha completa.

Pili, que llegaba invicta, se marcha con un 12-1 que esta noche pesa menos que la experiencia vivida: compartir ring con una de las grandes de todos los tiempos en el momento de su despedida.

De “K Taylor” a Croke Park lleno

La dimensión de lo ocurrido en Dublín no se entiende solo con títulos y estadísticas. Hay que retroceder.

Taylor empezó a boxear cuando las chicas no podían competir como amateurs en Irlanda. Para entrar en torneos, a veces figuraba simplemente como “K Taylor”, escondida tras una inicial para sortear un sistema que no estaba hecho para ella. Ni para ninguna como ella.

Años después, esa misma mujer llenó Madison Square Garden en abril de 2022 y encabezó la primera velada femenina en la historia del recinto. Allí venció a Amanda Serrano en una pelea que ya está incrustada en la memoria del boxeo. No fue un episodio aislado: la irlandesa ganó las tres veces que se cruzó con la puertorriqueña, la última en 2025, en una trilogía que define su legado tanto como sus cinturones.

El oro olímpico en Londres 2012, cuando el boxeo femenino debutó en los Juegos, fue el primer gran golpe sobre la mesa. Aquella medalla abrió puertas. Lo de Croke Park, anoche, fue otra cosa: la consagración definitiva.

Taylor se hizo profesional en 2016. Desde entonces, fue construyendo una carrera que cambió el mapa del boxeo femenino. No solo ganó; obligó al deporte a mirarla, a darle escenarios, a reconocer que su talento arrastraba multitudes.

El ritual de la despedida

Cuando sonó la última campana y se confirmó lo que todo el estadio ya sabía, llegó el momento que nadie quería ver pero todos necesitaban. Taylor se arrodilló, colocó los guantes en el centro del ring y dejó que su equipo rodeara ese pequeño altar improvisado con los cinturones.

No hubo grandes artificios. No hacían falta. El rugido de Croke Park lo dijo todo.

La campeona tomó el micrófono y miró a las gradas, a su gente, a su país: “Croke Park! We did it! The people of Ireland gave me a dream ending to a dream career. Nothing can top this. Without a doubt, this was the crowning moment of my entire career”.

No era una frase para la galería. Era la constatación de algo irrepetible. Una carrera que empezó casi a escondidas, que atravesó prejuicios, que conquistó el mundo, encontraba su último capítulo en la catedral del deporte irlandés, abarrotada, entregada, agradecida.

Taylor se marcha con todos los títulos, con todos los honores, con una sola derrota vengada y con la sensación, compartida por quienes la vieron crecer, de que deja el boxeo femenino en un lugar que hace años parecía inalcanzable.

Las luces de Croke Park se irán apagando, los cinturones cambiarán de manos, nuevas campeonas aparecerán. Pero esa imagen, los guantes de Katie Taylor en el centro del ring rodeados de oro, en su casa, ante 80.000 testigos, costará mucho olvidarla. Y quizá sea ésa su mayor victoria.