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Laver Cup: ¿Revolución o exhibición en el tenis?

El tenis, un deporte que venera la tradición casi tanto como la técnica, lleva años bajo sospecha por su escasa capacidad para reinventarse. En 2017, sin embargo, el circuito vio nacer un experimento que buscaba romper esa etiqueta: la Laver Cup.

Inspirada de forma transparente en la mística de la Ryder Cup de golf, la competición propone un duelo directo entre continentes: seis jugadores de Europa frente a seis del resto del mundo, durante tres días de individuales y dobles comprimidos, cargados de puntos y de gestos de equipo poco habituales en el tenis profesional.

Co-creada por Roger Federer, la Laver Cup no tardó en generar debate. ¿Revolución o simple exhibición de lujo?

Un formato nuevo… y una reputación en disputa

La novena edición arrancará el 25 de septiembre de 2026, con el torneo ya instalado en el calendario como cita reconocible y, sobre todo, como escaparate de estrellas. Año tras año, el evento sigue atrayendo a algunos de los mejores jugadores del planeta, un detalle que sostiene su credibilidad competitiva frente a los más escépticos.

Pero el escepticismo no se ha evaporado. Para muchos aficionados, la Laver Cup sigue siendo, ante todo, un show. Un escenario impecable, sí, pero sin el peso histórico ni los puntos de ranking que marcan la diferencia entre un trofeo y un recuerdo.

Las críticas no proceden solo de la grada. También han llegado desde dentro del vestuario. El extenista francés Julien Benneteau fue especialmente contundente en 2024, en el podcast Grandes Gueules du Sport, al sentenciar que la Laver Cup no tenía “ningún valor deportivo” y que los jugadores acudían “porque el cheque es enorme”.

Los números ayudan a entender su postura. El bote total de premios para la edición de 2026 asciende a 1,5 millones de dólares. Cada jugador del equipo ganador se llevará 250.000 dólares. Los perdedores, nada. Un reparto que refuerza la narrativa del todo o nada… pero también la sospecha de que el incentivo económico manda.

Nadal y Federer, a contracorriente de la palabra “exhibición”

Ya en la primera edición, en 2017, el término “exhibición” flotaba en cada rueda de prensa. Federer y su gran rival de siempre, Rafael Nadal, tuvieron que enfrentarse a la pregunta de forma directa antes de que se golpeara la primera pelota.

A Nadal le bastaron unas frases para marcar territorio. Negó de plano que se tratara de una exhibición. Recordó que se había levantado a las cuatro de la mañana para entrenar, algo que, según él mismo, nunca hace antes de un partido amistoso. No sonaba a postureo. Sonaba a código interno de competidor.

El balear insistió en que estaban allí “para intentar ganar”, para jugar con pasión y defender a su continente, con un equipo detrás que también exigía compromiso. Nada de partido amistoso. Nada de sonrisa fácil y ritmo de entrenamiento. Un mensaje claro para quien quisiera escuchar: si hay marcador y escudo, hay tensión.

La pista acabó respaldando esa narrativa. Team Europe se llevó aquella primera Laver Cup con un 15-9 sobre Team World. No fue una pachanga. Hubo nervios, hubo remontadas, hubo celebraciones de banquillo impropias de un circuito acostumbrado al individualismo.

Lo que “emocionó” a Federer

Aquel mismo día, Federer fue más allá del discurso defensivo. Explicó qué le ilusionaba realmente del proyecto: la posibilidad de importar al tenis la pasión colectiva que define a la Ryder Cup.

Un detalle lo dejó especialmente satisfecho. Los jugadores, que debían llegar el miércoles, aparecieron un día antes. Martes. Todos. Para Federer, ese adelanto no era un simple ajuste logístico, sino una señal de hambre. De ganas de competir. De ganar.

El suizo subrayó que, sin pasión ni energía, el público se limitaría a “disfrutar de algo de tenis” pero no se volcaría con el evento. Y ahí estaba, para él, la clave: convertir la Laver Cup en algo “único y especial” durante años, apoyándose en una grada que entendiera cuánto necesitaban los jugadores ese empuje, sobre todo cuando jugaban “en casa”.

La ecuación era sencilla y brutal: sin emoción, no hay legado.

Entre el cheque y la camiseta

Hoy, a las puertas de la edición de 2026, la Laver Cup vive en ese territorio intermedio donde conviven la sospecha y la fascinación. Para unos, sigue siendo un torneo sin puntos, inflado por el marketing y los premios. Para otros, es una rara oportunidad de ver a gigantes del circuito compartiendo banquillo, diseñando tácticas de dobles y celebrando cada punto como si fuera Copa Davis.

Lo que está claro es que el torneo ha sobrevivido al ruido inicial. Ha encontrado su hueco. Ha generado imágenes que el tenis tradicional apenas ofrecía. Y ha obligado a figuras como Federer y Nadal a salir públicamente en su defensa, algo que no se hace por cualquier evento de calendario.

El 25 de septiembre volverán a alinearse Europa y el resto del mundo. Volverán los colores, los abrazos de banquillo, los puntos que valen más a medida que avanza el fin de semana, el grito de equipo en cada cambio de lado.

Quedará, eso sí, una pregunta sobrevolando cada jornada: ¿cuánto pesa realmente la camiseta cuando el trofeo no cuenta para el ranking, pero el orgullo y el cheque están en juego?