Mikel Arteta y el desafío de Anfield: recuperar la confianza
Mikel Arteta conoce la palabra exacta para describir lo que significa hundirse en Anfield: “bajar”. La utilizó él mismo, en español, para explicar aquella sensación de impotencia que le invadió en 2011 con el Everton. “El partido iba bien y, de repente, solo veía camisetas rojas volando a mi alrededor. El juego pasaba por encima de mí y no podía reaccionar”. Solo una vez en su carrera sintió algo así. Fue en Anfield. Y ese recuerdo vuelve siempre que el calendario le señala hacia el mismo escenario.
El domingo le espera allí algo más que un partido: un examen de carácter, de ideas y de cicatrices. Frente a él estará Andoni Iraola, amigo de infancia, al mando de un Liverpool que empieza a reconocerse bajo su sello. Y todo ello apenas cinco días después de que el Arsenal se estrellara en la Carabao Cup ante el modesto Fleetwood, un golpe que ha removido viejos fantasmas.
Anfield, heridas abiertas
Los números de Arteta en Liverpool explican parte de su inquietud. Como jugador, necesitó seis visitas para saborear una victoria en Anfield. Lo logró en septiembre de 2012 con el Arsenal, después de cinco intentos fallidos en el derbi de Merseyside con el Everton. Aquella tarde que debía ser liberadora terminó en el hospital, con una conmoción tras un choque con Jordan Henderson que él mismo definió como “el mayor miedo” de su vida.
Seis meses más tarde, volvió a ganar allí con el Arsenal, esta vez con los goles de Lukas Podolski y Santi Cazorla. Fue en 2013. Desde entonces, nada. Ese triunfo sigue siendo la última victoria liguera de los ‘gunners’ en Anfield. Trece partidos de Premier sin ganar, una racha que iguala el peor registro del club en ese estadio. Entre medias, solo un pequeño paréntesis: la clasificación por penaltis en la League Cup de 2020, en la segunda visita de Arteta como técnico.
El técnico intentó cambiar la narrativa en noviembre de 2021 con un gesto llamativo: hacer sonar “You’ll Never Walk Alone” por los altavoces de la ciudad deportiva para preparar a sus jugadores. El experimento acabó en un 4-0 demoledor. La temporada pasada, otra derrota en agosto, con un libre directo tardío de Dominik Szoboszlai que cortó una racha de tres empates seguidos del Arsenal en Anfield. Arteta fue criticado por no “quitar el freno de mano” y por apostar por Mikel Merino como mediapunta. Gary Neville fue más allá y habló de falta de “mentalidad para ganar grandes partidos en grandes estadios”. El comentario dolió. Y toca un punto sensible: el Arsenal no gana al Manchester City en la Premier en el Etihad desde 2015, todavía con Arsène Wenger.
Un Arsenal tocado y mermado
El contexto no ayuda. El descalabro en Fleetwood, ante un rival 84 puestos por debajo en la pirámide y en un estadio de menos de 6.000 espectadores, dejó una huella incómoda. Arteta sorprendió alineando juntos a Kai Havertz y Viktor Gyökeres, probablemente para aliviar la carga creativa sobre Martin Ødegaard. El plan no funcionó. Ambos delanteros ofrecieron una versión pobre, muy lejos de su nivel esperado.
El parte médico estrecha aún más el margen. Bukayo Saka está fuera por una lesión en el muslo. Noni Madueke arrastra problemas en el tobillo. Y el recurso fallido por la roja de Max Dowman deja al joven sancionado para los próximos tres partidos. El ataque llega cojo al escenario menos indulgente de la liga.
Con ese panorama, la vía más realista para asaltar Anfield pasa por el camino que mejor domina este Arsenal: la prudencia. El bloque bajo, la defensa ajustada, el control emocional. El plan que le llevó al título de la Premier la temporada pasada. No es casualidad que el espejo al que más se asoma Arteta estos días sea el de George Graham.
Ecos de 1989
Hace 37 años, el Arsenal llegó a Anfield con una misión casi imposible: ganar 0-2 para ser campeón. Graham, entonces técnico, recordó en una entrevista por el 20º aniversario de aquella noche que la clave fue ir contra el ruido. “Les dije a mis jugadores que mantuvieran todo muy cerrado en la primera parte: era imperativo no encajar”, explicó. La prensa pedía un Arsenal lanzado desde el inicio. Graham se negó. “Si el Liverpool marcaba pronto, se acababa. Pero atacaron poco y jugaron a nuestro favor”.
El plan salió perfecto. Michael Thomas marcó en el descuento y puso fin a 18 años de espera por el título. Antes del partido, los jugadores del Arsenal recorrieron las cuatro esquinas del estadio para entregar flores a la afición del Liverpool, como gesto de duelo tras la tragedia de Hillsborough un mes antes. Fue una idea de Ken Friar, histórico directivo del club, fallecido este mes. Aquella noche quedó grabada en la memoria del club como una lección de contención, respeto y sangre fría en el entorno más hostil.
Graham y Arteta comparten más de lo que parece. Ambos levantaron su primera liga con 44 años. Los dos construyeron equipos que hicieron de la solidez su seña de identidad. El “1-0 to the Arsenal” se asoció para siempre a Graham; Arteta ha rescatado esa vieja melodía desde que llegó al banquillo en diciembre de 2019. Suma ya 32 victorias por 1-0 en la Premier, solo por detrás del Everton en ese registro. Un dato que habla de un equipo que no teme ganar pequeño si eso significa ganar más.
El detalle que puede decidirlo
El último fin de semana ofreció una pista. El Arsenal firmó su primer gol a balón parado de la temporada en un 2-0 rutinario ante el Everton. Un detalle menor en apariencia, pero no para un cuerpo técnico que analiza cada centímetro del área rival. El Liverpool de Iraola ha mostrado grietas en las jugadas de estrategia. Atacar esa debilidad mientras se blinda la propia portería puede ser la vía más limpia hacia un resultado histórico.
Arteta no lo esconde: la defensa es la base de todo. “Colectivamente, reconocemos la importancia de defender”, dijo el año pasado al ser preguntado por las comparaciones con los equipos de Graham. “Sabemos que si sobresalimos en esa parte del juego, las opciones y las probabilidades de ganar más partidos van a ser muy, muy altas”. Es su credo. Y en Anfield, más que en ningún otro lugar, ese credo se pone a prueba.
El viaje de vuelta desde Fleetwood, tras caer en los penaltis en una tanda que reabrió la herida de la final de Champions perdida en mayo ante el Paris Saint-Germain, fue silencioso. La Carabao Cup había exprimido al máximo a la plantilla en las dos últimas temporadas, con una semifinal primero y una final después. Esta eliminación deja menos carga en el calendario. Es el único consuelo posible. No el que Arteta habría elegido.
El técnico español no soporta la idea de que esa noche en Fleetwood quede marcada como la más vergonzosa de su carrera en los banquillos. Para borrarla, no le basta con competir en Anfield. Necesita algo más grande. Necesita, como Graham en 1989, convertir el estadio que más le ha hecho “bajar” en el lugar donde su Arsenal vuelva a subir. Y esta vez, sin margen para las excusas.




