Mittansh Nithiyanandam: el centenar más joven de la MiLC
A Mittansh Nithiyanandam la vida le ha dado la vuelta muy pronto. A los 15 años necesitó un permiso especial para convertirse en el jugador más joven en disputar un partido de Minor League Cricket. A los 17, fue su medio centurión más precoz. Y este sábado, con apenas 20 años y un puñado de temporadas en la élite semiprofesional, completó el círculo: el centenar más joven de la historia de la MiLC, 114 en 68 bolas frente a un ataque cargado de pólvora de Chicago Kingsmen.
No fue solo una marca estadística. Fue la confirmación de una historia que llevaba años gestándose en silencio.
De dos swings en Chicago a un expediente especial
La escena fundacional ocurrió también en Chicago, en 2021. Entonces era un desconocido de 15 años en un partido de práctica sin mayor trascendencia. Entró a batear ante un lanzador local curtido y las dos primeras bolas que vio las mandó por encima de la valla. Dos seis seguidos. Dos golpes que cambiaron su vida.
Desde fuera de la línea de cal, Ashar Mehdi, entonces capitán de Chicago Blasters, miraba sorprendido. No sabía quién era ese chico. Pero sabía que quería verlo más de cerca.
Había un obstáculo evidente: el reglamento de Minor League Cricket exigía tener al menos 16 años. Blasters, convencidos de que aquello no era una casualidad, pidieron formalmente una exención. La liga la aprobó. Lo que empezó con un adolescente necesitando permiso especial para entrar en la competición ha terminado, cinco años después, con ese mismo jugador firmando uno de los récords de precocidad de la liga.
El círculo se cerró con un casco en alto y 114 carreras en el marcador.
El espejo, el sótano y un sueño muy concreto
Para Mittansh, ese centenar ya estaba jugado mucho antes de que Chicago Kingsmen lanzara la primera bola. Lo había vivido una y otra vez en su habitación.
En sus primeras temporadas en la MiLC, cuando pasaba más tiempo en el banquillo que en el campo o se perdía en el número 8 del orden de bateo, volvía a casa, cogía el bate y se plantaba frente al espejo. Simulaba abrir la entrada. Se imaginaba haciendo cien. Día tras día. Gesto tras gesto.
Cuando por fin llegó el centenar real, la memoria tiró de golpe.
“Recordé esos días cuando tenía 15, 16 años”, contó después. “Literalmente soñaba con poder hacer esas cosas algún día. Cuando llegué a cien y me quité el casco, recordé esas sensaciones. Sabía que esa versión más joven de mí estaría muy, muy orgullosa”.
Nacido en Mumbai y trasladado a Estados Unidos cuando apenas tenía seis meses, heredó el cricket de su padre, un seguidor furibundo de India. Se levantaban a las 4 de la mañana para ver los partidos. Jugaban en la entrada de la casa hasta que los viajes de trabajo del padre hicieron esos ratos cada vez más difíciles.
Mittansh no se rindió. Encontró otra forma. Cogía las pelotas antiestrés que su madre traía del trabajo, las lanzaba contra la pared del sótano y se quedaba bateando durante horas, con los sofás convertidos en fildeadores imaginarios. Ahí se forjó la primera parte del jugador: la obsesión.
Un adolescente americano que eligió Mumbai en lugar del campus
Esa obsesión implicó una decisión que lo alejó del guion habitual de cualquier joven estadounidense. Mientras sus compañeros hablaban de residencias universitarias, fraternidades y vida de campus, en casa de los Nithiyanandam las conversaciones giraban en torno a clubes de cricket en Mumbai, horarios de entrenamiento y barrios donde vivir para poder entrenar cada día.
Aplazó la universidad un año y, en octubre de 2024, se mudó solo a Chembur. Ocho meses entregado casi por completo al cricket, hasta abril. Nada de red de seguridad, nada de promesas.
La oportunidad llegó gracias a su entrenador de siempre, Subu, y a la relación entre Chicago Youth Cricket Academy y Achievers Cricket Academy en Mumbai. El ofrecimiento era claro: acceso a la academia y un entorno en el que entrenar a diario. Lo que nadie garantizaba era un hueco en algún club de la durísima A Division de Mumbai. El salto era un acto de fe.
Mittansh lo dio igual. Sabía que sumergirse en Mumbai, cuna del cricket indio, le haría mejor jugador. Entrar en un equipo, y luego mantenerse, dependería solo de él.
Era un regreso a casa solo en el papel. Mumbai era su ciudad de nacimiento, pero se había ido antes de poder recordarla. A los 18, este adolescente indo-estadounidense vivía solo en un apartamento en Chembur, en una ciudad culturalmente familiar pero prácticamente extraña, obligado por primera vez a gestionarse la vida sin ayuda.
DY Patil, banquillo, y un 41 que lo cambió todo
La primera puerta que se abrió fue la de DY Patil. Le dieron unas sesiones de prueba. Les gustó lo que vieron. Pero el camino no se despejó de golpe: pasó cerca de 15 partidos en el banquillo antes de que llegara una oportunidad real.
Cuando al fin entró en el XI, fue como número 7, etiquetado más como allrounder de bola que como bateador principal. Enfrente, el prestigioso Cricket Club of India. Ahí apareció el instinto.
Firmó 41 carreras en unas 30 bolas, con cuatro seis incluidos. Suficiente para obligar a que le dieran más minutos. A partir de ahí, la puerta ya no se cerró.
En poco tiempo no solo jugaba en la Times Shield A Division, también en la DY Patil T20 Cup, uno de los grandes escaparates para aspirar a la IPL. El salto de nivel lo colocó entrenando con profesionales asentados y compartiendo vestuario con nombres como Prasidh Krishna, Yash Dhull, Priyam Garg o Bhuvneshwar Kumar.
De ellos tomó lecciones muy concretas: cómo manejar una persecución tras perder wickets tempraneros, cómo los campos de tierra roja cambiaban las opciones de anotación frente al spin, cuándo sacar el sweep y el reverse sweep, golpes que en Estados Unidos apenas formaban parte de su repertorio. Empezó a entender mejor el tempo de una entrada: cuándo atacar, cómo usar la crease, por qué las condiciones mandan en cada decisión.
Mumbai lo endureció. No le quitó, sin embargo, su rasgo más reconocible desde aquellos dos seis a los 15 años: la falta de miedo.
Priyam Garg, ex capitán de India Under-19 y compañero de equipo, le insistió en que no la perdiera, ni siquiera en cricket de cuatro días. Mittansh absorbió el rigor mumbaití, pero conservó el instinto americano que había pulido en outfields pesados, donde el bateo aéreo era muchas veces la forma más práctica de anotar.
De un first-ball duck a un centenar demoledor
Esa mezcla se vio con nitidez en su centenar frente a Chicago Kingsmen. Y llegó, paradójicamente, 24 horas después de uno de esos días que persiguen a cualquier bateador: un first-ball duck, lbw ante un full toss que normalmente habría mandado lejos.
Volvió a casa, repasó el out, habló con su entrenador y tomó una decisión sencilla: no permitir que un fallo aislado cambiara su método.
Contra Kingsmen, que alineaban a profesionales de peso como Ghulam Mudassar —capaz de rozar las 90 mph en la MLC—, Mittansh respondió con autoridad. Sus 6 pies 1 pulgada se convirtieron en palancas largas para castigar la bola: siete seis, ocho cuatro. Avanzó contra el pace, se movió dentro de la crease frente al spin y abusó del sweep y el reverse sweep para sacar a los lanzadores de sus zonas de confort.
Casi 40 de sus carreras llegaron precisamente con esas variantes del sweep, afinadas a golpe de repeticiones en Mumbai. Ahí estaba la huella de aquellos ocho meses: la agresividad seguía intacta, pero ahora tenía método. Menos locura, más plan dentro del caos que desata cuando se adueña del escenario.
Prom, piscina y un precio alto por el sueño
El camino no ha sido el de un adolescente típico en Estados Unidos. Ni de lejos. En el instituto fue nadador de varsity durante todos los años. Sus días arrancaban a las 5 de la mañana con entrenamiento en la piscina, luego clases, otra sesión de natación, práctica de cricket, deberes y cama. Un ciclo agotador.
Se perdió los dos proms y varios homecomings por torneos. Mientras sus amigos se vestían de gala para la foto de rigor, él se ponía las almohadillas. La anécdota que resume su elección: un día, mientras el baile se celebraba a kilómetros de distancia, él firmaba un centenar.
Ahora, con 20 años y el récord de centenar más joven en la Minor League Cricket, la apuesta parece menos temeraria. El chico que golpeaba pelotas antiestrés contra una pared de sótano y se imaginaba abriendo la entrada ya no necesita el espejo.
Tiene un escenario real. Y un futuro que, esta vez, no necesita permiso especial para empezar.




