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Moses Itauma y Filip Hrgovic: Un combate histórico

Moses Itauma salió al ring caminando despacio, con una solemnidad impropia de sus 21 años. El pabellón rugía su nombre antes incluso de que abandonara el vestuario. Parecía impermeable al ruido, a la expectativa, a la promesa de convertirse en el segundo campeón mundial del peso pesado más joven de la historia.

Durante ocho asaltos, todo apuntaba a que esa promesa iba camino de cumplirse.

Un inicio arrollador

Zurdo, el británico tomó el centro del ring y marcó territorio desde el primer intercambio. La primera mano clara fue suya: un derechazo amplio, de esos que avisan de que la noche no será cómoda para el de enfrente. Se movía con intención amenazante, soltando golpes rápidos, secos, que iban empujando a Filip Hrgovic hacia atrás.

La velocidad de Itauma impactaba. Un cruzado de derecha estremeció al croata y dejó claro que el joven no había venido a aprender, sino a destronar. El segundo asalto confirmó la impresión: falló un zurdazo largo, pero en la siguiente acción Hrgovic caminó directo hacia un gancho corto de derecha que lo mandó a la lona. Cuenta de ocho. Primer aviso serio de que la historia podía escribirse esa noche.

Hrgovic respondió con orgullo al final del asalto, pero Itauma lo apagó con otra combinación fulgurante. El guion estaba claro: un talento precoz, rápido, preciso, mandando sobre un veterano duro pero desbordado.

En el tercero, un directo de izquierda hizo retroceder la cabeza de Hrgovic como si estuviera sujeta a un muelle. El sudor saltó en gotas visibles en los rostros y torsos de ambos. Itauma cambió el foco al cuerpo y hundió un golpe cruel al abdomen del croata. No hubo gesto de rendición. Desde la grada, los seguidores de Hrgovic comenzaron a hacerse oír, conscientes de que su hombre, por primera vez en la pelea, encontraba pequeños resquicios para responder. Su ambición seguía intacta.

El combate se oscurece

El ritmo infernal empezó a dejar huella en Itauma. De vez en cuando, una mueca de dolor o de cansancio cruzaba su rostro. En el quinto, un precioso directo corto de izquierda se coló entre la guardia de Hrgovic, pero el veterano avanzó igual, con una determinación casi obstinada. El joven británico ya respiraba con dificultad y tuvo que recolocarse el protector bucal con el guante. Era la primera señal clara de que el cuerpo comenzaba a protestar.

La campana de ese asalto llegó con un uppercut envenenado de Itauma que hizo cabecear a Hrgovic sobre el pedestal de su enorme cuello. El croata, sin embargo, no se descompuso. Un corte sobre su ceja derecha empezó a filtrar un hilo de sangre, pero justo antes del final del round logró conectar manos pesadas. Itauma las encajó y respondió al intercambio. El combate, por fin, ardía de verdad.

El séptimo abrió un territorio desconocido para el británico, que nunca había pasado de seis asaltos como profesional. Aun así, volvió a mandar, empujando otra vez a Hrgovic hacia atrás con combinaciones limpias, técnicas, que recordaban por qué había llegado tan pronto a una pelea por el título mundial del IBF.

Cuando el cuerpo dice basta

El octavo fue el punto de inflexión. Hrgovic absorbió un golpe contundente tras otro, como si tuviera mandíbula de granito. No se quebró. No dio un paso atrás de más. Itauma, en cambio, empezó a mostrar una fatiga desesperada. Las piernas ya no respondían igual, los movimientos se hicieron más pesados, la cintura giraba un segundo tarde.

El croata, increíblemente, se reactivó. Donde muchos habrían bajado los brazos, él aceleró. La pelea cambió de dueño sin necesidad de un solo derribo. Solo con resistencia, fe y una condición física que empezó a marcar diferencias brutales.

La novena ronda fue un vendaval oscuro sobre un joven exhausto.

Itauma, que había dominado con su velocidad y su precisión, se encontró de repente atrapado contra las cuerdas, sin piernas, sin aire, sin capacidad para marcar distancia. Hrgovic, oliendo la rendición física de su rival, abrió el repertorio con renovada convicción. Golpe tras golpe, sin pausa, sin concesiones.

El británico se hundió contra las cuerdas, más por agotamiento que por un impacto concreto. El árbitro dio un paso al frente para detener la pelea justo en el momento en que Ben Davison, entrenador de Itauma, lanzaba la toalla blanca por encima de las cuerdas, flotando triste sobre el escenario de una coronación frustrada.

No hubo nocaut espectacular. No hizo falta. La imagen del joven prodigio derrumbándose, sin respuestas, fue suficiente.

Un campeón forjado en la resistencia

El desenlace tuvo un giro aún más duro. Abrumado por el castigo y aparentemente lesionado de la rodilla, Itauma abandonó el ring en camilla. Su sueño se había roto, al menos por ahora. Pero el ring, implacable, ya celebraba otra historia.

Hrgovic acababa de firmar una remontada memorable y, de paso, de escribir su propio capítulo en la historia del boxeo. Se convirtió en el primer campeón mundial del peso pesado de Croacia, un país sin tradición profunda en este deporte. Lo hizo a los 34 años, tras nueve temporadas como profesional y con una sola derrota previa en su expediente.

Durante la semana de combate, había intentado tocar la fibra de su joven rival con un mensaje casi espiritual: ser campeón del mundo tan joven, decía, podría ser “malo para su alma”. Itauma, receloso de la fama, no rehuyó ese debate interno. Daba la sensación de que, en el fondo, él mismo se preguntaba si este asalto a la cima no había llegado demasiado pronto.

Sobre el ring, la realidad fue aún más cruel. A partir del octavo asalto, la experiencia y la resistencia de Hrgovic pasaron por encima del talento y la rapidez de Itauma. El croata no fue más fino, ni más elegante. Fue más fuerte por dentro. Más resistente al desgaste. Más convencido de que la pelea no se había acabado mientras él siguiera en pie.

Tras el combate, Hrgovic no se atribuyó el mérito en términos terrenales. Aseguró que la energía del noveno asalto no había salido de su propio cuerpo, sino de su fe. Y luego miró hacia el joven que había dejado sin título, pero no sin futuro. Lo definió como “un boxeador increíble” y le agradeció haberle dado la oportunidad de convertirse en una nueva estrella del peso pesado. Remató con una frase que resume la noche: él es “el presente” e Itauma, “definitivamente, el futuro”.

Una lección brutal del peso pesado

La derrota de Itauma es algo más que un tropiezo. Es un recordatorio de la crudeza del peso pesado: por mucho talento que haya, un novato siempre está expuesto ante un rival de clase mundial que se niega a rendirse. El británico no supo enfriar la pelea cuando su cuerpo empezó a fallar. En lugar de boxear con más cuidado desde el octavo, se dejó arrastrar a una guerra de desgaste para la que aún no estaba preparado.

Pagó esa inexperiencia con una noche que pudo ser histórica y terminó siendo una lección dolorosa.

La edad, sin embargo, juega a su favor. A los 21 años, tiene tiempo de sobra para reconstruirse, corregir errores y volver a asaltar la cima. El cinturón del IBF, de momento, se queda en manos de un croata que ha demostrado que la voluntad, la fe y el fondo físico pueden cambiar una pelea que parecía perdida.

En los próximos meses, será Filip Hrgovic quien celebre como campeón del mundo. Moses Itauma, mientras tanto, tendrá que convivir con la imagen de esa novena ronda. La pregunta no es si podrá volver, sino qué tipo de boxeador será cuando regrese después de haber conocido, tan pronto, la cara más dura y despiadada del peso pesado.