logo

Mourinho regresa al Camp Nou: 30 años de rivalidad con el Barça

Treinta años después, José Mourinho vuelve al escenario que lo cambió todo. Entonces era el joven traductor brillante de Bobby Robson; hoy regresa al Camp Nou como el entrenador que el Real Madrid ha elegido para intentar algo que él mismo proclamó que jamás haría: destruir al Barcelona.

En apenas tres meses ya ha firmado todo su repertorio. El por qué, la hoja impresa, la ausencia en rueda de prensa. Ha encendido el clásico incluso antes de jugarlo. Ahora sí, llega la noche que lo coloca de nuevo en el centro del viejo incendio.

El hombre que juró amar al Barça… y que ahora viene a derribarlo

Hubo un tiempo en que Mourinho dijo “hoy, mañana y siempre, Barcelona en mi corazón”. También aseguró que solo iría al Real Madrid para destruirlo. La paradoja se ha convertido en destino: el club blanco lo ha llamado precisamente para intentar dinamitar el dominio azulgrana.

No es la primera vez que su historia se cruza con la del Barça en un punto de no retorno. Su regreso tiene una carga enorme de nostalgia, pero esa nostalgia incluye al eterno rival. En 2010, el día que firmó como entrenador del Madrid, venía de eliminar al Barcelona con el Inter en una semifinal que marcó época. Aquel sprint con el dedo alzado sobre el césped del Camp Nou fue algo más que una celebración: fue un manifiesto. Florentino Pérez tomó nota.

Hoy, tres décadas después de su llegada como traductor y once años después de su última visita como técnico mediático hasta la caricatura, Mourinho vuelve al mismo estadio con una misión similar: frenar a un Barcelona que vuelve a mandar en España.

Lamine Yamal, la nueva joya azulgrana, lo espera con ganas. “Me encanta el pique. La era Mourinho-Guardiola, me encantaba todo eso. Eso es fútbol. El deporte es serio, pero quiero espectáculo y así nos divertimos más”, confiesa. El mensaje es claro: el clásico no solo es un partido; es un escenario.

Mourinho no lo niega. “El clásico es solo otro partido de la liga, pero decir que es un partido como cualquier otro sería mentir, totalmente irreal”, soltó el miércoles. Él sabe lo que significa este tipo de noches.

El recuerdo de una guerra que nunca terminó

Desde que Mourinho se marchó de Madrid en 2013, el club ha construido una hegemonía europea casi obscena: la ansiada décima y, después, la undécima, duodécima, decimotercera, decimocuarta y decimoquinta en una década. Todo eso, sin rastro del Barcelona en las grandes noches continentales.

No se ha vuelto a ver un clásico europeo desde aquella semifinal de 2011, cuando Pep Guardiola lo bautizó como el “puto amo” y Mourinho respondió con su célebre por qué, acusando a la UEFA de favorecer al Barça y denunciando un sistema amañado. Aquella rueda de prensa aún resuena como uno de los grandes monólogos conspirativos de la historia reciente del fútbol.

Y, sin embargo, esta semana, con la Champions en marcha y el Barcelona visitando París, nada parece más grande que el clásico. Los partidos europeos se han leído en clave de lo que significan para el duelo que de verdad condiciona la temporada. En el caso de Mourinho, la rivalidad con el Barça es el núcleo de su relato.

En 2010, Florentino regresaba al palco después del fracaso de los galácticos y de un año en blanco. Al otro lado, un Barcelona dominante, con el núcleo duro de la selección que conquistó el Mundial de 2010: seis titulares en la final. El Madrid necesitaba algo más que un entrenador. Necesitaba un cambio de cultura, alguien que mandara en el vestuario y estuviera dispuesto a ir a la guerra. “El galáctico de este año es José Mourinho”, proclamó el presidente.

Tres años después, el paisaje era devastado. El ambiente se había vuelto tóxico, también por dentro. Mourinho lo describiría después como “tres años intensos, casi violentos”. Pese a todo, Florentino nunca dejó de sentir una atracción especial por él. Lo consideró el hombre que devolvió al Madrid a “su lugar natural”. Cada vez que el club levantó una Champions, el presidente lo llamó para recordarle: “Tú empezaste esto”.

El balance frente a Guardiola resume bien la complejidad de aquella etapa. Su primer clásico fue un 5-0, con el Barça camino del doblete Liga–Champions. Su última temporada, en blanco. Guardiola terminó con el doble de títulos. Pero de las cuatro competiciones que el técnico catalán no ganó en Barcelona, tres se le escaparon a manos de Mourinho. La herida nunca se cerró del todo.

El Madrid, otra vez en busca de un agitador

El tiempo ha pasado, pero las similitudes con aquel 2010 son demasiado evidentes como para ignorarlas. El Madrid encadena dos temporadas sin títulos. En la primera, el Barça ganó la liga con dos jornadas de margen, cerrando un triplete doméstico. Cuatro victorias en cuatro clásicos, 16 goles a favor. La pasada campaña, el equipo de Hansi Flick sentenció el campeonato con tres jornadas de antelación, otra vez con un clásico incontestable como sello de superioridad. En pleno derrumbe blanco, las grietas internas se hicieron públicas.

España ganó el Mundial con ocho jugadores del Barça en la lista. El único representante del Madrid, Marc Cucurella, llegó al club después de que el torneo hubiera comenzado. Para muchos, era algo más que una mala racha. Era una crisis de identidad.

¿La respuesta? Otra vez, Mourinho. Un técnico al que el tiempo ha limpiado de aristas en el imaginario colectivo. La nostalgia ha tapado las cicatrices. El club le ha entregado poder y legitimidad para imponer jerarquía en el vestuario y recuperar ese espíritu de trinchera que tanto gusta en el Bernabéu. Especialmente contra el Barcelona.

Las palabras de Florentino en mayo, un discurso público cargado de campaña, conspiración, política y paranoia, encajaban con la vuelta de Mourinho. Cuando se trata del caso Negreira, el Madrid ha encontrado una bandera. Entre 2001 y 2018, el Barcelona pagó más de siete millones de euros a José María Enríquez Negreira, entonces vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros. El club azulgrana niega la corrupción y asegura que Negreira trabajaba como asesor, pero el caso se ha convertido en el eje del discurso madridista. Muy lejos de los tiempos en los que ambos clubes caminaban juntos en la Superliga.

Que el presidente de LaLiga comparara la televisión del Madrid con la propaganda de Joseph Goebbels no hizo más que agrandar la sensación de cerco. Cada error arbitral, y hasta decisiones que ni siquiera son errores claros, se interpretan como parte de un plan maquiavélico. Las insinuaciones son constantes. A veces ni siquiera son insinuaciones.

El Mourinho de siempre, con 105 días de margen

Mourinho prometió una versión más madura y calmada. La realidad lo ha devuelto a su viejo papel. La derrota ante el Betis trajo otro por qué, esta vez respondido con un “porque es el reglamento y la decisión es correcta”. Tras perder con el Atlético, apareció con una hoja impresa para sostener su queja. Después, directamente no se presentó a la rueda de prensa tras el partido frente al Villarreal.

En ese encuentro, el técnico saltó al césped para abrazar a Vinícius Júnior tras un gol que terminó anulado. El brasileño acabó expulsado por agarrar del pelo a Nathan Saliba y recibió cuatro partidos de sanción. Se pierde el clásico. Mourinho, consciente de que una palabra de más podía costarle también a él una suspensión, decidió no comparecer ante los medios. El silencio como escudo.

Con todo, algo ha cambiado en los últimos días. La sensación de fatalismo que rodeaba al Madrid se ha aflojado. Hasta el sábado pasado, el relato era nítido: un Barcelona lanzado, once victorias en once partidos de liga, más de cuatro goles de media, liderado por Lamine Yamal. Al otro lado, un Madrid derrotado dos veces, sin vuelo, con problemas conocidos y poco fútbol.

Entonces apareció el viejo Madrid de las noches imposibles. En Roma, el equipo perdía 3-1 a falta de siete minutos y acabó ganando 4-3. Pareció otro milagro inexplicable, uno más. Pero el partido dejó pistas. En esos minutos jugaron Arda Güler, Yan Diomande, Fede Valverde como lateral derecho… y Vinícius no estaba sobre el césped.

Mourinho vio algo. Y lo repitió. Frente al Sevilla, el Madrid marcó cuatro goles, tres de ellos de una belleza indiscutible. Días después, otros cuatro ante el Leipzig, con Diomande firmando una volea magnífica cuando Vinícius ya había sido sustituido. Mientras tanto, el Barcelona encajaba cuatro tantos en el Parc des Princes.

Hansi Flick reconoció que priorizó el clásico sobre la visita al PSG. Dejó fuera a Rodri y retiró pronto a Pedri y Raphinha para reservarlos. Sabe que este partido puede marcar la temporada y que suele hacerlo. También sabe que su defensa hace aguas: 15 goles encajados son demasiados para un aspirante que quiere mandar en Europa y en la liga.

Mourinho, fiel a su libreto, no perdió la ocasión de quejarse por el calendario: el Madrid llega con un día menos de descanso que el Barcelona. El detalle de que los blancos jugaran en casa ante el Leipzig y los azulgranas viajaran a París matiza el argumento, pero al técnico le sirve para reforzar la idea de que “ellos” están en contra de su equipo. La coartada, por si acaso, ya está colocada.

Un clásico que pesa como un título

El Madrid afronta el duelo a seis puntos del líder. “Tenemos que recortar la diferencia y solo podemos hacerlo ganando”, avisa Thibaut Courtois. “Vamos con confianza”. El discurso ha cambiado de tono. La derrota ya no se percibe como inevitable. El título vuelve a parecer alcanzable. Y, sobre todo, empieza a intuirse algo parecido a un equipo reconocible.

“Tenía que conocerles. Solo llevo aquí 105 días, no es mucho tiempo”, explicó Mourinho el miércoles por la noche. Esa frase es casi una declaración de intenciones. Pide paciencia, pero también insinúa que empieza a ver lo que quiere.

El clásico llega en ese punto exacto en el que las temporadas se doblan hacia un lado u otro. Para el Barcelona, puede ser la confirmación de un nuevo ciclo. Para el Madrid, la prueba de que la apuesta por revivir al viejo Mourinho no era solo un gesto nostálgico.

Treinta años después de aquel joven traductor en el banquillo del Camp Nou, el portugués vuelve con la misma mirada desafiante y un club entero detrás. La pregunta ya no es por qué. La pregunta es qué queda de todos aquellos años de guerra y si, una vez más, será él quien incline la historia.