Narendra Hirwani: el prodigio del cricket que deslumbró y luego se desvaneció
Tenía 19 años cuando cruzó la línea hacia el cricket Test y se encontró frente a frente con uno de los alineamientos de bateo más intimidantes de su época. En Madras, contra West Indies, un joven leg-spinner indio entregó algo que el juego casi no había visto nunca.
En dos innings, Narendra Hirwani lanzó 54.3 overs, concedió 136 carreras y se llevó 16 wickets. Entre sus víctimas cayó dos veces Viv Richards, el gran destructor de ataques. Cuando India cerró una victoria por 255 carreras, un debutante adolescente había borrado un récord que llevaba 16 años intacto.
No parecía un destello aislado. No entonces.
Un inicio de fantasía
Ese 16 por 136 ante West Indies en enero de 1988 sigue siendo, a día de hoy, el mejor análisis de un lanzador en un debut Test. Bob Massie había firmado un 16 por 137 para Australia en 1972; Hirwani lo desplazó por una sola carrera. El peso de la gesta lo dieron también los nombres que cayeron: Richards, primero por 68, después por cuatro.
El siguiente capítulo reforzó la sensación de que India había encontrado algo extraordinario. Frente a New Zealand en casa, Hirwani sumó 20 wickets en tres Tests. Cuatro partidos, 36 wickets, promedio de 14.61. Ningún lanzador en la historia había tomado más wickets en sus primeros cuatro Tests. Las cifras parecían sacadas de un videojuego.
India creía haber descubierto al leg-spinner que podía marcar una era.
Casi cuatro décadas después, su carrera sigue siendo uno de los estudios más fascinantes del cricket indio sobre la velocidad con la que puede aparecer la grandeza… y lo brutal que se vuelven las expectativas cuando eso ocurre.
El choque con el extranjero
Tras aquel arranque, la historia dio un giro brusco. Sus siguientes 13 Tests le dejaron solo 30 wickets, a un promedio de 48.70. El contraste con la irrupción inicial no pudo ser más feroz.
El balance total engaña. Hirwani terminó su carrera Test con 66 wickets en 17 partidos, a 30.10. Pero esa cifra global esconde la fractura que terminó definiéndolo. En India, fue un tormento: 45 wickets a 16.62. Fuera de casa, la realidad fue otra: 21 wickets a 59.00.
La primera señal seria llegó en la gira 1988-89 a West Indies. En canchas mucho menos generosas, Hirwani solo consiguió seis wickets en tres Tests, con un promedio de 57.33. Su vuelo, su loop, que habían destrozado bateadores en superficies indias, de repente pedían ajustes, otro tipo de recursos, una capacidad de adaptación que el escenario internacional exigía sin piedad.
Hubo, aun así, episodios extraños, casi legendarios. En The Oval, en 1990, Hirwani lanzó 59 overs consecutivos en el segundo innings de England. Terminó con 1 por 137. Todavía hoy es uno de los spells ininterrumpidos más largos en la historia de los Tests. Pero para finales de ese año, su lugar fijo en el once ya se había desvanecido.
Y entonces apareció Anil Kumble.
El peso de 16 wickets
Con el tiempo, el propio Hirwani hablaría del peso que le cayó encima tras ese debut perfecto. Lo explicó sin rodeos: después de aquellas 16 víctimas, el listón se disparó. Si se llevaba tres o cuatro wickets, ya no bastaba. Todos querían ocho. Y tres o cuatro no eran ocho.
Mientras tanto, Kumble se consolidaba como el spinner de referencia de India, el hombre alrededor del cual se organizaba el ataque. Hirwani, en cambio, pasó a depender de llamadas esporádicas, de oportunidades sueltas.
Casi cinco años después de su último Test, regresó ante New Zealand en Cuttack, en 1995, y se cobró 6 por 59. Debería haber sido un nuevo comienzo. No lo fue. Solo disputó dos Tests más, ambos frente a South Africa en 1996.
El cricket internacional siguió su curso. Hirwani, no.
Y ahí empieza la parte olvidada de su historia.
Un gigante silencioso del cricket doméstico
Lejos de los focos de los Tests, el leg-spinner siguió acumulando wickets con una constancia casi obstinada. Cerró su carrera de primera clase con 732 wickets a 27.05, con 54 cinco-wicket hauls y 10 partidos con diez wickets. Solo en Ranji Trophy se apuntó 441 wickets.
Sus temporadas de 1992-93 y 1993-94 fueron demoledoras: 51 y 58 wickets de primera clase, respectivamente. Y lo más llamativo llegaría cuando muchos ya ni pensaban en él como opción internacional. En 2002-03, con 34 años, Hirwani firmó 79 wickets de primera clase. A esa edad, la mayoría piensa en retirarse; él se dedicó a pulverizar alineaciones domésticas.
Ese curso incluyó 34 wickets en Duleep Trophy, todavía hoy la cifra más alta en una sola edición del torneo.
El enigma Hirwani
Ahí reside la contradicción que rodea el nombre de Narendra Hirwani. El mundo lo recuerda por un solo partido: 16 wickets en su debut Test, una explosión que parecía anunciar el dueño de una década. Al concentrarse solo en aquel día en Madras, se corre el riesgo de empequeñecer todo lo que vino después.
El mismo lanzador que no logró trasladar su dominio casero a las giras siguió trabajando durante años, lejos de la selección, sumando wicket tras wicket en canchas de Ranji y Duleep, hasta que la columna de wickets de primera clase marcó 732.
Un adolescente tomó 36 wickets en sus primeros cuatro Tests y parecía listo para adueñarse de una era. Al final, solo jugó 17. Pero mientras la memoria colectiva lo encierra en una tarde mágica ante West Indies, las estadísticas domésticas cuentan otra cosa: la de un leg-spinner que, aun cuando el mundo dejó de mirar, nunca dejó de lanzar.




