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El nuevo rostro de los Breakers: reconstruyendo el club y la comunidad

Al principio, nada cambió demasiado. Una primera temporada casi de transición. Luego Matt Walsh Mitchell apretó el acelerador y el proyecto New Zealand Breakers empezó a mutar de verdad: nuevo logo, nueva camiseta, nuevo cuerpo técnico, nueva plantilla… y el regreso de la academia. No era solo un lavado de cara; era una declaración de intenciones.

En Atlas Place, la casa del club, el giro se ve y se siente. Mitchell ha metido dinero donde el club más lo necesitaba: instalaciones modernizadas y una cancha flamante, donada por Steven Adams, que ya es símbolo de una nueva era. Todo huele a inicio, a energía fresca, a un club que vuelve a mirarse en el espejo de los años dorados y se propone colgar un quinto estandarte de campeón.

Detrás de cada cambio, una idea fija: conexión y comunidad. Mitchell lo repite y lo vive. Quiere que los Breakers vuelvan a representar algo más grande que un marcador.

Volver a empezar desde cero

Cuando compró el equipo, no se encontró un gigante dormido, sino un edificio a medio derrumbar. Tocaba reconstruir los cimientos. El primer ladrillo fue un nombre conocido: Dillon Boucher, figura histórica del club, recuperado para reinstalar una cultura que sabía ganar campeonatos y, al mismo tiempo, moverse con peso en la comunidad.

A partir de ahí, el trabajo fue casi quirúrgico. Paso a paso, se rodeó de un staff al que se le exige impacto en la pista y fuera de ella. Nuevo equipo, nuevo entrenador, nueva estructura. Mitchell habla de “reiniciar todo”, pero lo que se ve es algo más ambicioso: un intento de redefinir qué significa ser los Breakers en 2024.

Los Breakers siguen siendo únicos en la NBL australiana: el único equipo de Nueva Zelanda en la liga. Y el dueño quiere que eso se note en cada detalle. Que el club se sienta inequívocamente kiwi. Que el escudo cuente una historia de país, de gente y de tierra.

Mitchell siempre lo vio como un plan a dos años: colocar a las personas adecuadas en los puestos clave, en la oficina y en la pista, y construir una infraestructura que aguante el paso del tiempo. Hoy, con la temporada a punto de arrancar, sostiene que esa fase está cumplida. Ahora, la estructura ya no es excusa.

Una plantilla con acento global y ambición local

El próximo examen llega el domingo, en el estreno en casa ante Illawarra Hawks en Spark Arena. Ahí se medirá cuánto pesa, en el corto plazo, todo este rediseño.

La base del equipo se mantiene. Parker Jackson-Cartwright y Sam Mennenga lideran un núcleo que ya conoce la liga. A su alrededor, piezas con pedigrí NBL como Kouat Noi y Dejan Vasiljevic, hombres que saben lo que es pelear por un título. A la pintura llega Charles Bediako, un interior protector del aro, y en el perímetro se suma Josiah-Jordan James, alero versátil y tirador, aunque una lesión en el isquiotibial lo dejará fuera del inicio de la campaña.

Y luego está la figura que cambia el tablero: Gordon Herbert.

El canadiense aterriza en Auckland con un currículum que pocos pueden igualar en la NBL. Años en la élite europea, un paso por Toronto Raptors como asistente y, sobre todo, el título del Mundial FIBA 2023 con Alemania. No es un nombre de paso; es un técnico que llega con peso específico.

“Pensaban que no podríamos traerlo a Nueva Zelanda, pero lo hicimos”, cuenta Mitchell. Herbert, dice, está realmente ilusionado con el reto.

A su lado, un grupo técnico que mezcla raíces locales y mirada internacional: los neozelandeses Matt Lacey, Quinn Clinton y Josiah Maama, y el asistente principal Sebastian Gleim, conocido en el país por su etapa con Franklin Bulls en la NBL de Nueva Zelanda. El banquillo refleja bien lo que el dueño quiere que sea el club: una franquicia local con alcance global.

Un destino que antes no miraban

Mitchell está convencido de que la marca Breakers ya juega en otra liga. Habla de un club que se ha vuelto destino, no alternativa. Jugadores que, en años anteriores, ni se habrían planteado volar hasta Auckland, ahora sí escuchan la llamada.

“Estamos bien representados en todo el mundo”, sostiene. Para él, los Breakers ya no son un punto remoto en el mapa, sino una opción competitiva en una NBL cada vez más fuerte.

Al otro lado del Tasman, sin embargo, el ruido es otro. Buena parte de los analistas los coloca en la zona baja de la tabla antes de que se lance el primer balón. El argumento: son el único equipo de la liga sin experiencia NBA en la plantilla.

Mitchell no se inmuta. Lo llama “una curiosidad”, nada más. Recuerda que sus jugadores han pasado por la G League y por ligas de alto nivel en todo el mundo. La etiqueta “ex NBA” no garantiza victorias. Lo que sí cree tener es un grupo armado con lógica y química, bien mezclado con el bloque local.

Para él, el honor es otro: ser el único representante de Nueva Zelanda en una liga en crecimiento. Un rol que asume con responsabilidad.

Una liga que se expande y un club que no quiere quedarse quieto

La NBL mira a nuevos horizontes. Se habla de expansión hacia Gold Coast, Canberra y un regreso más decidido a Asia. El requisito de pabellones entre 8.000 y 12.000 espectadores complica, por ahora, la opción de un segundo equipo neozelandés, salvo que se modernicen recintos. Mitchell no cierra la puerta, pero entiende dónde está hoy el foco de la liga: crecer en presencia global.

En ese mapa, los Breakers quieren ser algo más que un invitado. El club ya piensa en más partidos en Asia en pretemporada, más presencia internacional, más visibilidad para un proyecto que se vende con orgullo como kiwi.

Mientras se pelea por ganar hoy, el futuro también ocupa buena parte del plan. Prueba de ello es el regreso de la academia, seis años después de su última edición. El primer grupo lo forman 20 jugadores de secundaria, de cursos 11 a 13, procedentes de seis colegios de Auckland.

No es un experimento. En el pasado, la academia ya ayudó a descubrir talentos como el propio Mennenga, Reuben Te Rangi y Anzac Rissetto, hoy todos integrados en el club. El objetivo es claro: dar a los jóvenes neozelandeses una vía real hacia becas universitarias y una carrera en el baloncesto, con todo lo que implica en experiencias y crecimiento personal.

Mitchell habla de una filosofía que lo impregna todo. La academia no es solo una cantera para los Breakers; es una plataforma para todo el país. “Un día queremos que sean Breakers, pero no todos lo serán”, admite. El valor está en ofrecer un camino para seguir compitiendo a alto nivel y usar el deporte como herramienta de oportunidades.

De Showtime a Auckland: la huella personal de Mitchell

Mitchell sabe que hay miradas escépticas. Su vínculo con el anterior grupo propietario genera dudas en algunos sectores. Él responde con hechos y con raíces. Su esposa Jessica es neozelandesa, la familia ha vivido en el país, y él divide su tiempo entre Los Ángeles y Nueva Zelanda, con la intención de estar en la grada en la mayoría de partidos en casa esta temporada.

Para marcar distancia con etapas pasadas, ha recuperado figuras como Dillon Boucher y ha vuelto a acercar al club a Paul y Liz Blackwell, nombres clave en la historia de los Breakers. Habla de respeto por la memoria y de “hacer las cosas bien” como principio innegociable.

Su relación con el deporte viene de lejos. Creció en Los Ángeles durante la era Showtime de los Lakers, bajo la propiedad de Jerry Buss, viendo a Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar convertir un equipo en un fenómeno social. Sigue siendo abonado de los Lakers. Sabe lo que un club ganador puede hacer por una ciudad. Y quiere que los Breakers provoquen algo parecido en Nueva Zelanda.

Su apetito deportivo va más allá del baloncesto. En 2023 lideró un consorcio que intentó lanzar un equipo de fútbol en la A-League con sede en Auckland. Perdió la carrera ante una propuesta encabezada por Bill Foley, Ali Williams y Anna Mowbray, pero no se bajó del tren: se unió al grupo propietario del Swansea City, en la Championship inglesa, donde comparte mesa de accionistas con Martha Stewart, Luka Modric y Calvin Cordozar Broadus Jr., más conocido como Snoop Dogg.

En Swansea juegan dos referentes de los All Whites mundialistas, Elijah Just y Marko Stamenic. Mitchell ya ha pasado tiempo en la ciudad, ha conocido a entrenadores, directivos y jugadores. Al cierre del viernes, el equipo marchaba segundo en la tabla. Otro proyecto en ascenso en su cartera.

Sobre Snoop Dogg, sonríe: ya lo ha conocido, aunque no en este nuevo contexto. Espera cruzarse con él y con el resto de inversores pronto.

Golf, país y un objetivo que no cambia

Mitchell deja caer que podrían llegar más movimientos en el deporte neozelandés. Lo que ya está confirmado es un guiño distinto: en enero, los Breakers organizarán su primer Celebrity Golf Invitational. La respuesta, asegura, ha sido fuerte desde el primer momento.

Para él, el golf es una ventana perfecta: enseña el país, atrae nombres internacionales y, al mismo tiempo, sirve para recaudar y apoyar el desarrollo del baloncesto. Es otra forma de poner a los Breakers y a Nueva Zelanda en el mapa.

Entre rebrandings, academias, expansión internacional y eventos de golf, el objetivo deportivo no se diluye. Todo lo contrario. La meta sigue siendo la misma: levantar otro título y añadirlo a los cuatro campeonatos conquistados en la década de 2010, cuando el club se convirtió en el primer equipo neozelandés en ganar una liga en una competición deportiva australiana.

La temporada pasada dejó una lección clara. Los Breakers arrancaron fuertes, ganaron el torneo de pretemporada, se llevaron el torneo dentro de la temporada. Pero ahí no estaba el premio que cuenta. Eran solo escalones en el camino.

Ahora, con una estructura renovada, un entrenador campeón del mundo y una plantilla armada a medida, el club se propone dar el salto definitivo. Mitchell lo resume con una imagen que encaja con todo lo que ha intentado construir: tomar las mejores prácticas del mundo, espolvorearlas con “polvo kiwi” y lanzarlas a la NBL.

La pregunta ya no es si los Breakers han cambiado. Es cuánto tardará este nuevo proyecto en volver a colgar una bandera de campeón en el techo de Spark Arena.

El nuevo rostro de los Breakers: reconstruyendo el club y la comunidad