Roger Federer: el genio que lloraba en la cancha
La primera vez que Roger Federer lloró tras una gran victoria, ni él mismo supo qué le estaba pasando. Wimbledon, 2001. Debut en la Centre Court. Enfrente, Pete Sampras, el rey de la hierba. Al final, un joven suizo de 19 años de rodillas, campeón moral del torneo tras destronar a su ídolo.
“Voy a mis rodillas, doy la mano a Pete, que es mi héroe… y esas emociones me invaden”, recordaba en una entrevista con CNN Sports. “Y pensé: ‘¿Qué está pasando? Este no soy yo normalmente’”.
Aquel desconcierto fue el prólogo de una de las carreras más deslumbrantes de la historia del tenis y del nacimiento de un personaje único: el campeón que no tenía reparo en llorar. Sobre la pista, en las ceremonias, en las despedidas. Federer convirtió las lágrimas en una firma tan reconocible como su revés a una mano.
De la cima del ranking al salón de la eternidad
Este fin de semana, el suizo entra en el International Tennis Hall of Fame en Newport, Rhode Island. Y él mismo asume que las emociones volverán a pasarle por encima.
Sabe lo que le espera: hablar del juego, de la gratitud, mirar a la grada y ver allí a sus padres, a su esposa, a sus cuatro hijos, a los entrenadores, a los fisioterapeutas, a todo el equipo que le acompañó durante dos décadas. Sabe que ese repaso puede golpearle con fuerza. Y aun así, lo afronta de frente. Si llegan las lágrimas, serán parte del recuerdo.
Para sus aficionados, la entrada en el Hall of Fame se sentía inevitable desde 2004. Ese año en el que se adueñó del circuito: tres de los cuatro títulos de Grand Slam en individuales, número uno del mundo y un dominio casi insultante. Se instaló en la cima y no se movió de ahí durante 237 semanas consecutivas. Nadie lo ha hecho durante más tiempo.
En 2005 ganó más del 95% de sus partidos. En 2006 rozó la perfección: tres grandes más, 12 títulos en total, un balance de 92 victorias y solo 5 derrotas. Un 94,8% de triunfos en una temporada que muchos consideran su cima competitiva.
El listón de los 14 Grand Slam de Sampras parecía inalcanzable. Federer lo superó en Wimbledon 2009 y ya nunca miró atrás. A partir de ahí, cada final, cada trofeo, cada aparición en la hierba londinense alimentó la leyenda del jugador que había redefinido la elegancia en la pista.
El hombre que hacía parecer fácil lo imposible
Federer conquistó al público por la estética de su tenis y por la naturalidad de su trato fuera de la cancha. Parecía flotar, no correr. Parecía guiar la pelota, no golpearla. Y esa ilusión de facilidad le acompañó desde que era un chaval.
“Parecía que en realidad no estaba pegando tan fuerte a la pelota”, recordaba sobre cómo le veían de joven. “Pero salía disparada de la raqueta con mucha potencia. La gente siempre pensaba: ‘Es tan simple para ti’, porque parecía elástico. Pero no era así. Había muchísimo trabajo y esfuerzo detrás”.
Ahí estaba la paradoja. Cuando perdía, le reprochaban que no se esforzaba lo suficiente. Cuando ganaba, le decían que todo le salía sin sudar.
“Cuando perdía, decían: ‘¿Por qué no lo intentas más?’ Y cuando ganaba, decían: ‘Es tan fácil para ti’”.
Entre esas dos frases se esconde parte del origen de sus lágrimas. “El sacrificio fue enorme y estaba aguantando muchísima presión”. Cada punto impecable, cada gesto ligero, escondía horas de entrenamiento, renuncias, exigencia extrema. Las lágrimas no eran debilidad. Eran una válvula de escape.
Un adiós sin vacío
Su despedida en 2022, también entre lágrimas, cerró el círculo. Desde entonces, Federer vive algo que muchos campeones no consiguen: paz. No hay nostalgia tóxica, no hay urgencia por llenar un supuesto vacío competitivo.
“Estoy realmente feliz viviendo el día a día a un ritmo más bajo”, confesó. El padre de cuatro hijos, el filántropo, el inversor, el hombre de negocios… todos esos roles ocupan su agenda. Y aun así, conserva una parte esencial de su identidad: “Siempre he sido un tipo al que le encanta estar en la carretera”. El viaje continúa, solo que sin ranking ni puntos en juego.
La ceremonia del Hall of Fame le ofrece algo que ya no puede tener en la pista: la posibilidad de imaginar duelos imposibles. Federer se permite jugar con la fantasía de enfrentarse a las leyendas con las que ahora comparte espacio en Newport.
“Tendría una pequeña lista”, admite. Y empieza a recitar nombres: Rod Laver, Bjorn Borg, John McEnroe, Stefan Edberg, Boris Becker, Sampras otra vez. Esos son los jugadores a los que le habría gustado mirar al otro lado de la red. No por revancha, sino por admiración: por sus personalidades, por lo que ganaron, por lo que representan en el juego.
Su récord de 20 Grand Slam ya ha sido superado por Rafael Nadal y Novak Djokovic. Las cifras se han movido, las discusiones sobre el mejor de todos los tiempos se han enredado aún más. Para muchos de sus seguidores, sin embargo, la cuestión está resuelta desde hace años. El “GOAT” tiene revés a una mano y camina como si la pista fuera su salón.
La vida después del último punto
Con el tenis competitivo ya archivado, Federer se mira al espejo y se pregunta en qué más puede brillar. La respuesta, esta vez, no pasa por récords.
“Estoy intentando mejorar en golf”, comenta, casi como quien habla de un hobby cualquiera. También sueña con volver a un viejo amor: la música. “Me encantaría retomar un instrumento. Solía tocar el piano, así que cuando tenga más tiempo me gustaría volver a ello, porque mis cuatro hijos y mi esposa tocan el piano”.
Más allá de las habilidades, le preocupa el tipo de persona que es. “Espero ser un buen oyente y un buen tomador de decisiones. Ojalá sea alguien con quien la gente disfrute estando. Soy muy de familia. Me encanta estar rodeado de mis amigos; esa es realmente la prioridad en mi vida”.
En Newport lo colocarán, para siempre, en la galería de los inmortales. Pero Federer ya ha elegido su lugar: en medio de los suyos, lejos del ruido del circuito, con la raqueta algo más guardada y la vida aún por jugar. Y quizá, cuando vuelva a hablar del juego que lo hizo eterno, las lágrimas aparezcan otra vez. No como un signo de debilidad, sino como la última prueba de cuánto le exigió —y cuánto le dio— el tenis.




