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Stan Wawrinka y su despedida en el US Open 2026

Stan Wawrinka tendrá la despedida que merece en el US Open 2026. Será el adiós, diez años después de coronarse en Nueva York, del maestro suizo del revés a una mano, el hombre que se negó a ser solo un secundario en la era más feroz de la historia del tenis.

Durante casi dos décadas, Stanislas Wawrinka fue mucho más que una nota al pie en la hegemonía de Roger Federer, Rafael Nadal, Novak Djokovic y Andy Murray. Fue el que se atrevió a morder. El que irrumpió cuando el guion parecía cerrado.

Su historia, para muchos aficionados, empieza como un descubrimiento casi casual. Indian Wells, 2008, entonces aún Pacific Life Open. Un adolescente en su primer año de instituto viaja con su padre al desierto californiano para ver tenis en directo por primera vez. En la pista, un suizo de apellido complicado frente a un joven que venía de ganar el Abierto de Australia: Novak Djokovic.

Djokovic se llevó aquel duelo de cuartos por 7-6 y 6-2. Para el marcador, solo un resultado más. Para el espectador que lo veía desde la grada, el inicio de una relación de 18 años con un jugador que aún no sabía que marcaría su vida deportiva. Y no sería, ni mucho menos, el último capítulo entre ambos.

Porque Wawrinka terminó convirtiéndose en el gran retador silencioso del Big Four. Juan Martín del Potro irrumpió con fuerza en el US Open 2009, pero fue el suizo quien, con una perseverancia casi testaruda, encadenó tres títulos de Grand Slam: Abierto de Australia 2014, Roland Garros 2015 y US Open 2016. Tres golpes de autoridad en tres escenarios muy distintos. Tres veces derribando la puerta que otros creían blindada.

En su apogeo, verlo jugar era un privilegio. Hay muchos reveses a una mano elegantes en el circuito, pero el de Wawrinka tenía algo distinto: violencia controlada, una mezcla de potencia y precisión que arrancaba exclamaciones en cada estadio del mundo. No era solo estético. Era devastador. Un latigazo que convertía defensas imposibles en ganadores limpios.

Ese brazo también llevó a Suiza a la gloria. Fue clave para que Federer conquistara el oro olímpico en dobles en Pekín 2008 y para que el país levantara la Copa Davis en 2014. Wawrinka siempre fue más que un actor secundario en la sombra del mito. Fue socio, cómplice y, cuando tocaba, rival incómodo.

El primer grande llegó en Melbourne, en 2014. El contexto, inolvidable para quien lo vivió pegado a la pantalla. Un estudiante universitario, de intercambio en Leeds, despierta (o quizá ni siquiera se ha acostado) en Kirkstall, un suburbio de la ciudad, para ver si ese suizo puede de verdad tumbar a Rafael Nadal. Lo consigue en cuatro sets, ante un español lastrado físicamente, pero la sensación general es de sorpresa: ¿golpe aislado o inicio de algo serio?

La respuesta llegó rápido. Roland Garros 2015. US Open 2016. Dos grandes más, dos confirmaciones. No fue un accidente. Fue la obra de un jugador que, cuando alcanzaba su pico, podía mirar a los ojos a cualquiera, incluidos los que parecían intocables.

En 2026, el círculo se cierra en Flushing Meadows. Wawrinka vuelve a la pista que le vio levantar su último grande para afrontar su despedida. El primer obstáculo tiene nombre y pasado ilustre: Matteo Berrettini, finalista de Wimbledon, un talento castigado por las lesiones. Un duelo que huele a palomitas, choque de pegadores, aroma de gran cita. Si el suizo supera ese examen —y es un “si” enorme a estas alturas de su carrera—, le esperaría, probablemente, Novak Djokovic en segunda ronda. El mismo al que derribó en París 2015 y en Nueva York 2016. El mismo que abrió aquella historia en Indian Wells.

Hay algo descolocador en este tipo de despedidas. Cuando un jugador como Wawrinka se marcha, no solo se va un campeón de Grand Slam. Se va un tramo entero de la vida tenística de millones de aficionados. Para muchos, una parte de su infancia tardía y de su vida adulta está ligada a sus partidos, a sus noches imposibles, a ese revés que parecía capaz de detener el tiempo.

En el fútbol, siempre queda el refugio del club. Tottenham Hotspur sigue ahí aunque Harry Kane o Moussa Dembélé ya no estén. En el tenis, no. En el tenis, los nombres cambian sin red de seguridad. Un día sueñas con Wawrinka, Djokovic, Kane o Dembélé; al siguiente, despiertas en un mundo de Flavio Cobolli, Sandro Tonali o Savio. El escudo no permanece. Solo el circuito, implacable, avanzando.

Cuando un tenista se retira, la ruptura es brutal. No hay mercado de fichajes que lo devuelva, no hay cesión que lo traiga de vuelta unos meses. Es el final. Punto y aparte. El resto es aceptar el nuevo paisaje o quedarse atrapado en la nostalgia.

En Nueva York, el US Open 2026 levantará el telón para que Stanislas Wawrinka reciba el adiós que se ha ganado a golpe de revés y de resiliencia. Una última ovación, un último grito desde la grada.

Y una pregunta inevitable: ¿quién se atreverá ahora a desafiar a los gigantes como lo hizo él?