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Venus Williams: La leyenda del tenis que sigue compitiendo

Venus Williams lleva casi tres décadas abriendo caminos en el tenis. Cinco títulos individuales en Wimbledon, siete Grand Slams, una carrera que cambió la historia del deporte. Hoy, sin embargo, su realidad es otra: 46 años, 14 derrotas consecutivas en individuales y un ranking que se ha desplomado hasta el puesto 611 del mundo.

Y aun así, su nombre sigue abriendo puertas.

Este verano, la USTA le ha concedido una nueva invitación para disputar el US Open, la duodécima de la temporada. Entrará en el cuadro principal por la vía de los wildcards y se medirá en primera ronda a otra campeona de Grand Slam, Sofia Kenin. No es un premio menor. Es una declaración de intenciones del tenis hacia una de sus grandes iconos.

Una leyenda que vive de invitaciones

A estas alturas, Venus ya no entra en los grandes torneos por méritos de clasificación. No lo hace desde Wimbledon 2021, escenario también de su última victoria en individuales en un major. Desde entonces, todo han sido invitaciones. Y derrotas.

Su balance reciente impresiona… por lo duro que es: 18 derrotas en sus últimos 19 partidos de individuales, con la única excepción de un triunfo ante Peyton Stearns en Washington el pasado julio. La última caída, ante la clasificadora Emiliana Arango en Cincinnati, profundizó la racha.

Y, sin embargo, los directores de torneos siguen levantando el teléfono.

Este año la han querido en Nueva Zelanda, Australia, España, Alemania, Canadá y, por supuesto, Estados Unidos. Porque en el tenis moderno, un wildcard ya no es solo un gesto deportivo: es una decisión de negocio.

Ocho de las 128 plazas del cuadro de individuales de un Grand Slam se reservan a invitaciones. En los torneos WTA y ATP, el número oscila entre cuatro y ocho, según el tamaño del cuadro. Esas plazas son oro. Sirven para impulsar a jóvenes promesas locales, para premiar a jugadores que regresan de lesiones… o para asegurar que una leyenda como Venus Williams pisa la pista central el primer día.

Karl Hale, director del torneo WTA 1000 de Toronto, lo tuvo claro cuando le ofreció una de esas plazas: “Su legado es fenomenal. Es muy popular aquí y en nuestros mercados, así que pensamos que era muy bueno anunciar pronto que venía una de las hermanas Williams”. El impacto fue inmediato: más atención mediática, más entradas vendidas, más foco en el arranque del torneo.

Venus abrió el torneo en Toronto. Literalmente lo puso en marcha. Y ese detalle, para los organizadores, vale mucho.

Entre la nostalgia y la competitividad

La cuestión incómoda flota en el aire: ¿cuántas invitaciones son demasiadas cuando las victorias no llegan?

Hay quien sostiene que 11 wildcards en una misma temporada para una jugadora sin triunfos recientes en individuales es excesivo, por mucho que su currículum sea histórico. El reglamento, sin embargo, es claro: no existe límite de invitaciones para campeones de Grand Slam. La puerta, mientras alguien quiera abrirla, sigue entreabierta.

La pista ofrece matices. Venus no está ganando, pero tampoco se derrumba. En los dos últimos Grand Slams ha sido competitiva: llevó a tres sets a la 11ª cabeza de serie, Karolina Muchova, en Nueva York el año pasado, y perdió por un margen estrecho ante Olga Danilovic en tres mangas en el Abierto de Australia de enero. En dobles, alcanzó los cuartos de final del US Open 2023.

Hale, que la ha visto de cerca, lo resume así: perdió 6-4 y 6-1 ante Kamilla Rakhimova, pero el primer set fue “realmente competitivo”. Para él, Venus sigue a un nivel que justifica su presencia. No gana, pero compite. Y mientras compita, la discusión es menos sencilla.

El valor de un apellido

Hay un componente emocional innegable. Venus y Serena Williams no solo han ganado torneos: han redefinido el lugar de las mujeres negras en el tenis, han impulsado audiencias, han elevado cachés, han abierto mercados. Ese legado pesa en cada decisión.

“Es bueno para el tenis tener estos iconos generacionales”, defiende Hale. Su argumento va más allá del romanticismo: las Williams siguen generando titulares, audiencia y patrocinio. En un circuito que compite cada semana por atención global, tener a Venus en el cuadro sigue siendo un activo.

La británica Katie Boulter, número uno de su país, lo vivió desde dentro cuando compartió dobles con ella en Madrid en abril. La llamó “icono absoluto” y fue más allá: “Venus ha dado tanto a nuestro deporte que merece recibir lo que necesita a cambio. Tenemos que estar agradecidos de que siga ahí fuera, dando lo mejor que puede”.

Ese “agradecidos” resume el sentir de buena parte del vestuario. Pocos se atreven a cuestionar abiertamente que una de las grandes de la historia reciba un trato de favor. La pregunta, en realidad, no es si se lo ha ganado. Es cuánto tiempo puede durar.

Intercambios, negocios y precedentes

En el reparto de wildcards no todo es homenaje. Hay estrategia, política y hasta trueques. Hale los llama “trades”: acuerdos entre federaciones o agencias como IMG para intercambiar invitaciones y asegurar presencia de sus jugadores en distintos mercados.

El ejemplo más claro está en los Grand Slams: la USTA, Tennis Australia y la Federación Francesa de Tenis tienen un pacto recíproco por el que se conceden entre sí una invitación masculina y otra femenina. Cada uno sabe que, cuando llegue su turno de organizar, dos de sus jugadores se beneficiarán.

En ese tablero, Venus sigue siendo una carta muy fuerte. Una wildcard para ella garantiza repercusión global. Un comodín que se amortiza solo.

Otros deportes han optado por acotar el regreso de sus viejas glorias. El Open Championship de golf, por ejemplo, redujo el margen para sus campeones: hace veinte años, cualquier ganador menor de 65 años podía volver cuando quisiera. Hoy, el límite está en los 55, lo que abre hueco a profesionales más jóvenes y mejor situados en el ranking.

El tenis, en cambio, no ha trazado esa línea. Martina Navratilova recibió invitaciones para Roland Garros y Wimbledon en 2004 con 47 años… y todavía ganó un partido en la hierba londinense. La puerta para las leyendas se mantiene abierta mientras el cuerpo aguante y los organizadores consideren que aportan valor.

¿Hasta cuándo?

La pregunta final no la hará un reglamento. La hará la pista. O la propia Venus.

Hale lo plantea sin rodeos: el límite llegará “cuando Venus deje de ser competitiva en los sets”. Cuando los marcadores dejen de ser apretados y se conviertan en un trámite. Cuando el partido ya no parezca partido.

Él está convencido de que esa decisión, llegado el momento, será de la propia jugadora: “Han hecho tanto por el tenis femenino y por el deporte que deberían poder jugar todo el tiempo que quieran”. Mientras tanto, cada torneo decidirá si su presencia encaja en su proyecto deportivo y comercial.

El US Open vuelve a abrirle la puerta. Otra primera ronda, otra noche grande en Nueva York, otra oportunidad de comprobar si aún queda chispa en el brazo derecho que dominó Wimbledon durante una década.

La cuestión ya no es lo que fue Venus Williams. Eso está escrito para siempre. La cuestión es cuántos capítulos más quiere –y puede– añadir a una carrera que se resiste a escribir la palabra final.