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Zverev y Shelton: Final del US Open 2026 que Rompe Esquemas

Alexander Zverev y Ben Shelton llegarán a la pista central el domingo con algo en común: pase lo que pase en la final del US Open, 2026 ya es un año que cambia sus carreras. Para uno, la confirmación de que el gran título que muchos daban por perdido sí estaba ahí, esperando. Para el otro, la irrupción definitiva en la mesa de los mayores.

Zverev, del “¿y si…?” al “por fin”

Durante años, el nombre de Alexander Zverev se mencionó con un matiz incómodo: talento descomunal, resultados constantes, pero sin ese Grand Slam que separa a los muy buenos de los indiscutibles. La sombra de Jannik Sinner y Carlos Alcaraz se hizo pesada, sobre todo cuando ambos monopolizaron los grandes en 2024 y 2025 hasta ganarse el apodo conjunto de “Sincaraz”.

En 2026, el guion cambió. Zverev llegó a Roland Garros, aguantó sus propios fantasmas y levantó por fin su primer grande ante Flavio Cobolli. Ese título en París no solo llenó un vacío en su palmarés; borró la expresión de duda que lo acompañaba en las segundas semanas de los majors. El alemán dejó de parecer un jugador que se preguntaba si su momento había pasado.

En Nueva York disputa ahora su tercera final de Grand Slam consecutiva, tras ganar en París y caer en Wimbledon ante Sinner. A sus 29 años, pelea por el segundo grande de su carrera… y del año. Un escenario que a comienzos de temporada habría parecido remoto.

Las lesiones de Alcaraz —ausente en Roland Garros y Wimbledon— y la baja de Sinner en este US Open abrieron una puerta. Zverev la ha cruzado con paso firme, aunque su torneo en Flushing Meadows no arrancó brillante: partidos largos, finales de madrugada, sin un solo top-20 en su camino. Pero sobrevivió. Y fue creciendo.

Cuando le preguntaron si creía posible acabar 2026 con más grandes que Sinner y Alcaraz, respondió sin titubeos: él sí lo creyó. “Creía que era posible. Creo que muchos de vosotros no”, admitió. No sonaba desafiante; sonaba liberado. Como alguien que por fin juega con la sensación de estar a la altura de sus propias expectativas.

Hay una herida que sigue ahí: la final del US Open 2020, aquella ventaja de dos sets tirada por la borda ante Dominic Thiem. Aquella noche dejó cicatriz. Desde entonces, cada gran escenario traía consigo la pregunta de si Zverev realmente confiaba en sí mismo cuando el trofeo estaba a un partido de distancia. La respuesta, este año, se parece mucho más a un sí.

Shelton, la ola que llega desde casa

En el otro lado de la red estará Ben Shelton, 23 años, sonrisa amplia y un torneo que lo ha llevado a territorios que él mismo define como “inexplorados”. “Estoy en posiciones en las que nunca había estado. He ganado a tipos a los que nunca había ganado”, resumió el estadounidense, que tendrá detrás a las 24.000 gargantas de un Arthur Ashe volcado.

Shelton ha demostrado que no es solo un cañón de servicio que roza las 140 mph. En 2026 ha pulido lo que le faltaba: más paciencia en los intercambios, un revés más fiable, una defensa que le permite alargar puntos y explotar su enorme capacidad atlética. Su padre y entrenador, Bryan, lo explicó claro: está dispuesto a “sufrir un poco más en los peloteos, ir más profundo y usar su atletismo”.

Los resultados lo respaldan: cuatro títulos en cuatro superficies distintas —Dallas en pista dura indoor, Munich en tierra, Stuttgart en hierba y Canadian Open en pista dura outdoor—, una carta de presentación que habla de versatilidad y madurez competitiva. El gran salto llegó en este US Open con su primera victoria ante un top-3: un triunfo de madrugada, a las 3:34, ante un Carlos Alcaraz que regresaba tras casi cinco meses fuera, pero seguía siendo el hombre de siete títulos en Nueva York.

El contexto hace todavía más grande lo que persigue Shelton el domingo. Busca convertirse en el primer campeón local del US Open en categoría masculina desde Andy Roddick en 2003. Y aspira también a ser el primer tenista negro estadounidense en ganar un grande desde Arthur Ashe en 1975. Cincuenta y un años de espera.

Cuando un periodista le recordó tras vencer a Frances Tiafoe en semifinales que había “mucha historia” en juego, Shelton sonrió y respondió: “¿Ah, sí?”. Detrás de la broma hay una realidad que no pasa desapercibida en el circuito.

James Blake, ex número cuatro del mundo, lo puso en palabras al hablar del impacto de Shelton para la representación afroamericana en el tenis: ver a “otro estadounidense negro en la final” abre preguntas sobre cuántos niños y adultos están mirando ahora un deporte que durante décadas se percibió como un espacio de club privado, blanco, distante. Shelton, con su energía y su estilo directo, rompe esa imagen de un raquetazo.

El muro de Zverev, la oportunidad de Shelton

Hay un dato incómodo para el estadounidense: el cara a cara. Cinco veces se han cruzado Shelton y Zverev. Cinco veces ha ganado el alemán. Si quiere cerrar el círculo en Nueva York, el estadounidense tendrá que derribar un muro que hasta ahora ha sido infranqueable.

Zverev llega sin haber enfrentado a un top-20 en todo el torneo. Shelton será un salto de nivel evidente, un rival capaz de arrebatarle la iniciativa con su servicio y su agresividad. Pero la final también le pondrá un peso nuevo sobre los hombros al estadounidense: nunca ha estado tan cerca de un título de esta magnitud. Como Cobolli en París, se enfrenta no solo a un jugador, sino al tamaño del escenario.

Shelton, sin embargo, ha demostrado este año que no se encoge. Cada ronda en este US Open ha reforzado la sensación de que su tenis ya no es solo explosión, sino estructura. Que el showman que se ganó al público en sus primeras apariciones ahora también sabe gestionar un partido largo, una noche tensa, un marcador adverso.

Del otro lado, Zverev juega con algo que antes no tenía: la certeza de que puede cerrar una final de Grand Slam. El recuerdo de 2020 ya no es una losa, sino un capítulo superado gracias a Roland Garros. Y el alemán sabe que un segundo grande en la misma temporada, en un año en el que Sinner y Alcaraz han estado mermados, puede reordenar el mapa del tenis masculino.

El domingo, en el Arthur Ashe, no solo se decidirá un campeón. Se medirá la solidez de un número uno que por fin se ha hecho amigo de los grandes escenarios contra el impulso de un local que quiere cambiar la historia reciente del tenis estadounidense.

¿Se impondrá la experiencia de Zverev o el rugido de Shelton y su público escribirán una nueva era en Flushing Meadows?