Zverev y Shelton: Final del US Open que redefine la historia
Alexander Zverev y Ben Shelton llegarán a la final masculina del US Open con algo en común: pase lo que pase el domingo, 2026 ya es un año de consagración. Para uno, el desquite largamente esperado. Para el otro, la irrupción definitiva en la élite.
El alemán, primer cabeza de serie, por fin ha salido de la sombra alargada de Jannik Sinner y Carlos Alcaraz para levantar el título de Grand Slam que muchos daban por perdido en su carrera. El estadounidense, octavo favorito, ha demostrado que no solo puede competir con los mejores del mundo, sino ganarles en los escenarios más pesados del calendario.
“Todo este torneo ha sido territorio desconocido para mí”, admitió Shelton, que sentirá el empuje de unas gradas de 24.000 aficionados claramente de su lado en Nueva York. “Estoy en posiciones en las que nunca había estado. He vencido a jugadores a los que nunca había ganado”.
Le falta uno. Y es el más incómodo de todos.
Zverev, del golpe de 2020 al dominio de 2026
Shelton nunca ha derrotado a Zverev. Cinco partidos, cinco victorias del alemán. Si quiere convertirse en el primer campeón estadounidense de un Grand Slam masculino en 23 años, tendrá que derribar precisamente esa barrera. El último en lograrlo fue Andy Roddick, en 2003. El peso de la historia no es un detalle, es el decorado completo.
A comienzos de temporada, que Zverev terminara 2026 con dos Grand Slams sonaba a apuesta arriesgada. Hoy, las cuotas se han desplomado. Campeón de Roland Garros, finalista en Wimbledon ante Sinner y de nuevo en la pelea grande en Flushing Meadows. El alemán es ligero favorito para superar a Shelton y doblar su cuenta de grandes, tanto en el año como en toda su carrera.
No siempre fue así. Tras tres finales de Grand Slam perdidas, muchos se preguntaban si el tren ya había pasado. La generación de Sinner y Alcaraz —que se repartió todos los majors de 2024 y 2025 hasta ganarse el apodo de “Sincaraz”— parecía haber cerrado la puerta a cualquier otro aspirante.
Las lesiones cambiaron el paisaje. Alcaraz se perdió Roland Garros y Wimbledon. Sinner no pudo competir en este US Open. El hueco apareció. Zverev se coló.
“Creía en ello. Creía que era posible. Creo que muchos de vosotros no”, lanzó el alemán cuando le preguntaron si pensaba que podía terminar 2026 con más grandes que Sinner y Alcaraz. “Siempre estaba la pregunta: ¿van a jugar Carlos y Jannik las cuatro finales de Grand Slam entre ellos otra vez? Era muy legítima, viendo cómo fueron los últimos dos años. Estoy contento con cómo va este año, pero el domingo tengo otro gran partido”.
La herida de 2020 sigue ahí. Aquella final perdida ante Dominic Thiem, con dos sets de ventaja, fue un golpe brutal. Desde entonces, Zverev transitó por las rondas finales de los majors con el gesto de quien no termina de creer que el gran día vaya a llegar.
Ese bloqueo mental se rompió en París, ante Flavio Cobolli, cuando por fin alzó su primer Grand Slam en Roland Garros. Después, subcampeón en Wimbledon frente a Sinner. Ahora, tercera final grande consecutiva. El relato ha cambiado de tono.
En Nueva York, su torneo empezó espeso. No estuvo fino en las primeras rondas, se enredó en partidos largos, acabó varias noches de madrugada. Pero fue creciendo. Y lo hizo sin cruzarse con ningún top-20 en todo el recorrido. El examen de Shelton será, con diferencia, de otro nivel.
Shelton, ruido, historia y una oportunidad única
Para Shelton, el peso no es solo deportivo. Es histórico. Con 23 años, persigue ser el primer campeón local del US Open desde Roddick y, al mismo tiempo, el primer hombre negro estadounidense que gana un Grand Slam individual desde Arthur Ashe en 1975.
Cuando un periodista le recordó tras su victoria en semifinales ante Frances Tiafoe que había “mucha historia” en juego, Shelton respondió con una sonrisa amplia: “¿Ah, sí?”. El gesto era de broma. La mirada, no tanto. Sabe perfectamente lo que significa.
James Blake, ex número cuatro del mundo, no duda del impacto que tendría un título del zurdo de Atlanta. “Tener a otro estadounidense negro en la final te hace preguntarte cuántos niños y adultos están viendo que quizá no lo habrían hecho de otra forma”, explicó en declaraciones a BBC Sport. “Se van a inspirar al escuchar la historia de Ben y ver a alguien que se parece a ellos ahí fuera, compitiendo en un deporte históricamente marcado por la idea de un club de campo blanco”.
Shelton no ha llegado aquí solo con relato. Su tenis ha explotado. Es conocido por un servicio atronador, que estas dos semanas ha superado con frecuencia las 140 millas por hora. Pero el salto no está solo en la potencia. Ha afinado la defensa, ha dado consistencia a su revés —antes su punto más frágil— y ha aprendido a sufrir en los intercambios largos.
El resultado: cuatro títulos en cuatro superficies distintas este año. Dallas en pista dura indoor, Múnich en tierra batida, Stuttgart en hierba y Canadian Open en pista dura outdoor. Un mapa completo de su versatilidad. Y una victoria que lo cambió todo: el triunfo ante Alcaraz en cuartos de final de este US Open, el primero de su carrera ante un top-3.
Aquel partido, el regreso del siete veces campeón tras casi cinco meses sin competir, terminó a las 3:34 de la madrugada. Un maratón. Un punto de inflexión.
“Ben ha ido en la dirección correcta durante todo el año. Creo que cuatro títulos en diferentes superficies son la prueba”, analizó su padre y entrenador, Bryan Shelton. “Está dispuesto a sufrir un poco en los peloteos, a ir más profundo y a usar de verdad su atletismo”.
El peso del momento y la batalla mental
Zverev llega con oficio, cicatrices y un libreto aprendido a base de golpes. Shelton aterriza con frescura, electricidad y la energía de un público que lo empuja como si cada punto fuera un match point.
El alemán sabe lo que es que una final del US Open se le escape entre los dedos. Sabe también lo que es cerrar un Grand Slam después de años de frustración. Esa mezcla de experiencia y alivio es su gran arma silenciosa.
Shelton, como Cobolli en Roland Garros, se enfrenta al reto de manejar un escenario que nunca ha pisado. La diferencia es que el estadounidense lo hará en casa, con la grada rugiendo cada saque bomba, cada derechazo, cada grito hacia su banquillo.
Zverev ha llegado hasta aquí sin enfrentarse a un top-20. Shelton será un salto de dificultad evidente. Pero el estadounidense también se asoma a un territorio nuevo: una final de Grand Slam ante un jugador que ya le ha ganado cinco veces y que, por primera vez en su carrera, se siente dueño del gran escenario.
Una cosa está clara: el domingo no se juega solo un título. Se juega quién escribe el siguiente capítulo de una era que parecía reservada a Sinner y Alcaraz. ¿Será el año en que Zverev se instale definitivamente en la mesa de los campeones múltiples, o el día en que Ben Shelton cambie para siempre el mapa del tenis estadounidense?




