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Canelo Álvarez recupera el cinturón WBC en Riad

En una ciudad en alerta, con misiles interceptados en el cielo días antes, Saúl “Canelo” Álvarez recuperó el cinturón supermediano del WBC y, de paso, una parte de su legado. Lo hizo a su manera: con precisión quirúrgica, temple de veterano y una victoria clara por decisión unánime sobre el hasta entonces invicto Christian Mbilli en el Kingdom Arena de Riad.

Las tarjetas reflejaron el dominio del mexicano: 115-112, 116-111 y 117-110. El campeón había cambiado de manos; la jerarquía, no.

Un campeón que se rehace

Canelo, 36 años, regresaba tras más de un año sin pelear y después de una derrota que muchos vieron como un punto de inflexión en su carrera: la caída por decisión unánime ante Terence Crawford en septiembre de 2025, el revés que le arrebató la corona indiscutida del peso supermediano y los cuatro grandes cinturones de la división.

En Riad no se vio a un boxeador en declive, sino a uno que entiende exactamente quién es y qué hace mejor. Se apoyó en su sello de fábrica: contragolpe frío, lectura de tiempos y castigo constante al cuerpo. Dejó que Mbilli hiciera el gasto, que abriera huecos, y cuando el francés se lanzaba con volumen, Canelo respondía con golpes limpios, pesados, que marcaban la diferencia ante los jueces.

“Es algo increíble. Se siente como mi primer título… Ahora gané ese título otra vez. Estoy muy orgulloso de mi equipo”, dijo el mexicano, visiblemente emocionado, recordando que han pasado 21 años desde su debut profesional y 16 desde su primer cinturón mundial. Añadió una frase que explica por qué sigue ahí, bajo las luces, en noches como esta: ama el boxeo, lo disfruta todavía.

Mbilli empuja, Canelo castiga

Christian Mbilli, 31 años, llegaba con un récord impecable: 29 victorias y un empate, ese nudo agridulce que firmó ante Lester Martínez en la cartelera de Álvarez-Crawford, donde vio cortada su racha perfecta de triunfos. Elevado a campeón absoluto del WBC tras la salida de Crawford de la división, el camerunés-francés aterrizó en Arabia Saudí dispuesto a demostrar que no era un monarca de transición.

Su plan fue claro desde el primer asalto: presión asfixiante, alto volumen de golpes, intentar sacar a Canelo de su zona de confort. Avanzó, metió las manos, trató de imponer ritmo. Pero la pelea, en los detalles, perteneció al mexicano.

El momento que mejor la define llegó en el séptimo asalto. Mbilli, fiel a su guion, volvió a cargar hacia delante. Canelo lo esperó medio segundo más, medio paso atrás, y soltó un uppercut seco, directo, que lo estremeció. No fue un nocaut, pero sí un recordatorio brutal de quién manejaba los tiempos. A partir de ahí, cada intento de embestida del francés tuvo un punto más de duda.

El esfuerzo de Mbilli nunca decayó, su orgullo tampoco. Lo que no encontró fue la claridad en los impactos que sí mostró Álvarez. El mexicano conectó los golpes más limpios, más visibles, los que pesan cuando los jueces hacen números.

Boxeo bajo misiles

La pelea no se disputó en un vacío. Riad venía de semanas convulsas. Tres semanas antes, un ataque con misiles contra el Aeropuerto Internacional Rey Khalid dejó al menos 12 muertos y más de 300 heridos. Un segundo proyectil impactó un día después en una terminal de pasajeros, y varias aerolíneas internacionales suspendieron vuelos ante el riesgo creciente para la aviación civil.

En paralelo, la coalición liderada por Arabia Saudí anunció la interceptación de misiles y drones lanzados por fuerzas hutíes alineadas con Irán. El país canceló o pospuso varios eventos, incluido el Six Kings Slam de tenis. El boxeo, sin embargo, siguió en pie.

Turki al-Sheikh, presidente de la General Entertainment Authority y figura clave en la irrupción de Arabia Saudí como potencia en el boxeo profesional, reveló hace semanas que Canelo le había garantizado su presencia, pasara lo que pasara. “Él no teme a nada”, escribió en redes sociales al recordar el mensaje del mexicano. Y Canelo cumplió.

La velada se convirtió así en una pieza más del ambicioso plan saudí para consolidarse como epicentro global del deporte, un proyecto impulsado con enormes recursos económicos pero también observado con lupa por las críticas a su historial de derechos humanos y las acusaciones de “sportswashing”.

Una ausencia que dice mucho

Tras la pelea, Álvarez dejó caer una referencia discreta, pero elocuente, al contexto que rodeó la cita. Agradeció a su familia, pero subrayó que lo veían “desde lejos” por primera vez. “Mis hermanos, mis padres, mis hijas, mi hijo y mi esposa – que tampoco pudo venir por ciertas circunstancias”, dijo en español.

No detalló esas circunstancias ni mencionó de forma directa la situación de seguridad en Riad. No hacía falta mucho más: en una noche en la que el boxeo se impuso al miedo, su familia siguió la pelea a distancia.

Legado reactivado

Con el triunfo, Canelo eleva su marca profesional a 64 victorias, 3 derrotas y 2 empates. Mbilli sufre la primera derrota de su carrera, una mancha dolorosa pero también un aprendizaje en la élite más dura del peso supermediano.

Para el mexicano, la victoria no solo significa recuperar el cinturón WBC. Supone reinsertarse en la conversación de los grandes, disipar dudas tras el tropiezo ante Crawford y recordar que, a los 36 años, su nombre sigue pesando tanto como sus golpes al cuerpo.

En un escenario cargado de tensión política y militar, Canelo eligió hacer lo que ha hecho durante más de dos décadas: subir al ring y ganar. La pregunta, ahora, ya no es si sigue perteneciendo a la cima, sino a quién se atreverá a retarlo en un trono que, por una noche en Riad, volvió a parecer suyo por completo.