Canelo Álvarez recupera su corona del supermedio en Riad
En Riad, bajo las luces frías de un recinto que ya se ha acostumbrado a las grandes noches, Saúl “Canelo” Álvarez volvió a hacer suyo el peso supermedio. Tres veces campeón a 168 libras. Tres veces en la cima. Esta vez, a costa de Christian Mbilli, al que desactivó con una actuación fría, calculadora, casi quirúrgica, para arrebatarle el título mundial WBC por decisión unánime.
Las tarjetas lo dejaron claro: 115-112, 116-111 y 117-110. No hubo polémica. No hubo suspense. Hubo control.
Venía herido Canelo, con la derrota ante Terence Crawford aún fresca en la memoria y con preguntas sobre si su tiempo en la élite se estaba agotando. Respondió como responden los grandes: ganando donde más duele, en una pelea grande, ante un pegador peligroso, lejos de casa y sin margen para el error.
“Es algo increíble, se siente como un sueño. Ahora he ganado el título otra vez. Estoy muy orgulloso de mi equipo. Eddy Reynoso me hizo el campeón que soy”, dijo en el ring, con la voz cargada de alivio y orgullo. Después, bajó el tono: descanso, un par de semanas, y luego volver al trabajo. El mensaje es claro: no se va todavía.
En la lona, Mbilli, que llegaba como campeón WBC, se quedó sin soluciones. Nunca encontró la llave de un combate que se fue convirtiendo, asalto a asalto, en un examen táctico que el francés no supo descifrar. Pegada tenía; ideas, cada vez menos.
De la fiesta al control absoluto
El ambiente ya anunciaba algo grande. Primero, la caminata de Mbilli, serio, acompañado por la bandera francesa, consciente de que estaba ante la defensa que podía cambiar su carrera. Luego, el espectáculo habitual: Canelo avanzando hacia el ring con la bandera de México, rodeado de un séquito enorme, el público en pie, el ruido creciendo con cada paso. Sonó el himno de Arabia Saudí, luego Francia, luego México. El escenario estaba montado.
Campana inicial. En el primer asalto, el mexicano marcó territorio con el jab. Sin prisa, sin precipitarse. Canelo se plantó en el centro, firme, esperando el primer ataque serio de Mbilli. El campeón intentó encerrarlo en las cuerdas, pero encontró poco más que aire y guantes. La pelea, desde el arranque, olía a ajedrez.
En el segundo, Mbilli empezó a entrar en la pelea. Un recto por el centro, aprovechando una inclinación de Canelo, llamó la atención del retador. El francés encontró algo de distancia, acortó los espacios, empezó a tocar. Pero cada acierto tenía respuesta: un zurdazo de Canelo al cuerpo, seco, de esos que van sumando sin hacer ruido. El ritmo subía.
El tercer asalto dejó una imagen reveladora. Canelo, confiado, cubriéndose bien mientras Mbilli lanzaba golpes potentes que se estrellaban en la guardia. El mexicano incluso lo invitó a entrar, con un gesto de mano, como quien reta al otro a probar suerte. Mbilli creyó estar arriba; las manos claras, sin embargo, empezaban a caer del lado de Álvarez.
El combate se rompe en silencio
El cuarto y el quinto asalto dibujaron la tónica de la pelea. Mbilli, más activo, intentando empujar, soltando volumen. Canelo, más preciso, seleccionando golpes, castigando cuando el francés se pasaba de frenada. Un juez podía valorar la actividad del campeón; otro, la limpieza del aspirante. Pelea complicada de puntuar en ese tramo, con ambos invirtiendo ya al cuerpo.
En el cuarto, Mbilli cerró bien, soltando manos y llevando a Canelo a las cuerdas, tratando de impresionar a los jueces con iniciativa y agresividad. En el quinto, en cambio, el mexicano pareció marcar la diferencia con golpes más nítidos en los intercambios, castigando arriba y abajo, leyendo mejor los tiempos.
El sexto asalto mantuvo el tono de partida de ajedrez. Mbilli insistió con golpes rectos, trabajando en línea. Canelo respondió con combinaciones que arrancaron un murmullo del público. No había aún un dominador aplastante, pero el mexicano empezaba a subir el volumen de su trabajo, a meter más manos, a imponer su tempo.
Y entonces llegó el séptimo. Pasado el ecuador, Canelo encontró por fin un ritmo cómodo. Retrocedía, invitaba a Mbilli a entrar y lo recibía con rectos y contras. Un uppercut de manual del mexicano entró limpio y arrancó una sonrisa irónica del campeón, que acusó el impacto aunque intentó disimularlo. Fue, quizá, el mejor asalto de Álvarez hasta ese momento. El francés seguía confiando en su plan, pero el combate ya se inclinaba.
El punto que cambió la pendiente
El octavo asalto trajo el momento polémico. Canelo, trabajando bien en retroceso, seguía explotando los ángulos mientras Mbilli mantenía la presión, aunque cada vez con ataques más previsibles. Y entonces, una serie de golpes a la parte trasera de la cabeza del mexicano encendió las alarmas.
Álvarez protestó, señalando que eran ya tres acciones similares. El árbitro escuchó… y decidió. Deducción de un punto a Mbilli. El campeón negó con la cabeza, incrédulo. Pareció una sanción dura, pero quedó escrita en las tarjetas. En una pelea cerrada, un punto así puede ser un abismo. Desde ahí, la cuesta para el francés se volvió casi vertical.
En el noveno, con ese lastre, Mbilli se encontró obligado a acelerar. Pero quien subió el ritmo fue Canelo. El mexicano aumentó su volumen de golpeo, castigó cada entrada del francés, lo fue cazando al paso. El campeón necesitaba ahora algo grande, una ráfaga que cambiara la historia. No llegó.
El décimo confirmó la tendencia. Tres asaltos por delante y Mbilli entrando en territorio de “necesito un nocaut”. El francés se veía más cansado, menos agresivo, sin la misma convicción en sus avances. Canelo se sentía cómodo entrando y saliendo de la distancia, manejando la pelea con la experiencia de quien ha vivido demasiadas noches grandes como para ponerse nervioso. Mbilli intentó subir el ritmo al final del asalto, pero sus ataques resultaron frontales, fáciles de bloquear y desviar.
Sin milagro en los campeonatos
En el undécimo, ya no había espacio para las dudas: Mbilli necesitaba un golpe perfecto. Un solo impacto que no había aparecido en toda la noche. Lo buscó, pero cada intento se estrelló contra la defensa y las contras de un Canelo sereno, que nunca ha besado la lona en su carrera y que tampoco sufrió sobresaltos serios en Riad.
Llegó el duodécimo, el asalto de campeonato. Canelo había hecho el trabajo. Le bastaba con no cometer errores. Pero el mexicano decidió cerrar con clase, manteniendo el control, pidiendo más intercambio. Mbilli, ya con el depósito casi vacío, apretó lo que pudo, conectó un buen golpe que arrancó un suspiro del público, y vació el tanque en los últimos segundos. Demasiado tarde. Demasiado poco.
Canelo, consciente de que la pelea estaba en su mano, incluso le hizo señas para que avanzara, buscando ese intercambio final que dejara la imagen de un campeón que no solo gana, sino que manda. La campana sonó con la sensación de que el mexicano había hecho “más que suficiente” para recuperar el cinturón que había perdido en septiembre.
Las tarjetas lo confirmaron. Tres veces campeón del mundo del peso supermedio. Leyenda consolidada. En el ring, Oleksandr Usyk y Turki Alalshikh subieron a felicitarlo. No era solo una victoria, era una reinstalación en la cumbre.
“Sabía que era un peleador fuerte, pero no lanzó muchos golpes porque es difícil lanzar golpes conmigo”, explicó después Canelo, resumiendo en una frase lo que se había visto durante doce asaltos: Mbilli, potente, pero maniatado; Álvarez, menos explosivo que en otras épocas, pero igual de cerebral.
Munguia sufre, sobrevive y retiene
La velada en Riad dejó también otro capítulo para México. Jaime Munguia conservó su título mundial WBA del peso supermedio al imponerse por decisión unánime a Nikita Zon, en una pelea que tuvo dos caras y un sexto asalto que ya se menciona como posible “asalto del año”.
Las tarjetas, 116-112, 116-112 y 117-111, hablan de una victoria amplia. No cuentan el susto. Munguia estuvo al borde del abismo en ese sexto asalto, sometido a una tormenta de golpes que parecía no tener fin. Sorprendentemente, se mantuvo en pie. No se derrumbó cuando muchos ya lo veían fuera. Sobrevivió a una andanada que habría apagado a más de uno.
Desde ahí, el mexicano recompuso el plan y fue cerrando la pelea con oficio. En el décimo, llegó incluso a caer, pero el árbitro consideró que se trató de un empujón, decisión que no gustó al público, que respondió con abucheos. Zon, obligado a arriesgar, llegó a los últimos asaltos necesitado de algo grande, mientras Munguia tiraba de experiencia, aumentaba la presión y manejaba los tiempos.
En el duodécimo, Eddy Reynoso, también en su esquina, le pidió una cosa clara: ganar el asalto. Munguia lo hizo, buscando el nocaut pero sin encontrar huecos claros más allá de ráfagas puntuales. El campeón retuvo el cinturón, cumplió el objetivo, aunque con un aviso serio sobre la mesa: el margen de error en la élite es mínimo.
Una noche de campeones… y preguntas
La cartelera se completó con triunfos de Rafael Espinoza, que defendió su título mundial WBO del peso pluma con un TKO en el tercer asalto ante Ricardo Blandon; de Reito Tsutsumi, que resolvió en el segundo asalto a Raymundo Rojas Garcia en superpluma; y de Carl Jammes Martin, que se impuso por decisión dividida a David Picasso en peso pluma. También ganaron Sultan Almohammed (decisión unánime sobre Erick Jahir Urvina Villegas en superpluma), Bek Nurmaganbet (KO en el primer asalto ante Marcos Vazquez Rodriguez en supermedio), Brayan Leon Salgado (decisión unánime sobre Hector Octavio Aguirre Martinez en supermedio) y Carlos Emilio Rojo Vazquez (TKO en el cuarto asalto frente a Flavius Biea en peso medio).
Pero la noche giró alrededor de un hombre. De nuevo.
Canelo Álvarez salió de Riad con un cinturón más, con la condición de triple campeón del mundo del peso supermedio y con la sensación de que, pese a los golpes del tiempo y las dudas recientes, sigue sabiendo cómo ganar las peleas que definen carreras.
Descanso, dijo. Unas semanas. Y luego, volver.
La pregunta ya no es si aún puede competir al máximo nivel. Esa la respondió en el ring. La verdadera incógnita es otra: ¿contra quién se escribirá el próximo capítulo de una carrera que se niega a bajar el telón?




