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Charlotte Hornets: un cambio radical tras la salida de LaMelo Ball

Los Charlotte Hornets han elegido un camino que muy pocos se atreven a tomar después de su mejor temporada en una década: desmontar lo que funcionaba para perseguir algo mucho más grande.

La salida de LaMelo Ball a Minnesota marcó el giro definitivo. No fue un simple traspaso estrella-por-estrella. Fue una declaración de principios. Ball, base franquicia, borderline All-Star, con contrato máximo, se marchó a los Timberwolves a cambio de Naz Reid, una primera ronda de 2033 sin protección, tres segundas rondas y tres intercambios de primeras rondas. Junto a él, también se fue Miles Bridges, otro pilar del quinteto que había incendiado la liga durante meses.

En Charlotte, el mensaje quedó cristalino: este proyecto ya no gira alrededor de LaMelo. Este es el equipo de Brandon Miller y Kon Knueppel.

Un giro radical tras el mejor curso en años

El contexto hace que el volantazo sea todavía más llamativo. Tras el All-Star, los Hornets terminaron segundos en eficiencia ofensiva y en net rating. Tenían uno de los mejores quintetos de la NBA y 44 victorias como carta de presentación. Lo normal habría sido dar continuidad, crecer desde ahí, dejar que el grupo madurara.

La directiva eligió otra cosa. Jeff Peterson y su equipo técnico miraron a largo plazo y concluyeron que Ball no era el base que podía liderar un campeón. El historial no le ayuda: seis temporadas sin pisar los playoffs, dudas constantes sobre su selección de tiro, impacto defensivo cuestionable y problemas recurrentes de salud. El brillo de su juego nunca ocultó del todo esas grietas.

En lugar de conformarse con un techo de “equipo divertido que se cuela en playoffs”, Charlotte apostó por un enfoque casi de laboratorio: acumular picks, limpiar el libro salarial y rearmar la estructura alrededor de un núcleo aún más joven. Hoy, los Hornets son la única franquicia de la liga sin un solo jugador comprometido por al menos 25 millones de dólares la próxima temporada. Libertad total de maniobra. Y también riesgo total.

La nota de la offseason, según Zach Kram, lo resume: A-. Un paso atrás para preparar varios hacia adelante.

Un nuevo vestuario, otra jerarquía

El verano no solo se llevó a Ball y Bridges. También salieron Josh Green y Tre Mann. En su lugar, Charlotte se ha rodeado de veteranos funcionales, de esos que dan forma y sostén a un vestuario joven: Grayson Allen, Dennis Schroder, Royce O'Neale y Dorian Finney-Smith. Todos tiran, todos entienden su rol, todos saben cómo se compite en abril.

Naz Reid, pieza central del traspaso con Minnesota, llega para instalarse en la rotación interior y, por primera vez en su carrera, con la expectativa real de ser titular de manera sostenida. A su lado, la franquicia blindó a Coby White con un contrato de tres años y 74 millones. El mensaje es claro: será el base titular del nuevo ciclo.

La estructura deportiva se ha reordenado sin titubeos: Miller y Knueppel como referencias ofensivas de futuro, White como manejador principal, Reid y un batallón de exteriores y alas tiradores orbitando alrededor.

El gran interrogante: quién mete los puntos que deja LaMelo

La pregunta que sobrevuela Charlotte es tan simple como decisiva: ¿quién asume el vacío de producción que deja Ball?

El impacto estadístico del base no es menor. La temporada pasada firmó 20,1 puntos y 7,1 asistencias por noche, con un uso del 32%. Era el centro de gravedad de todo el ataque. Charles Lee, que ya vio cómo su equipo se convertía en una máquina ofensiva tras el All-Star, tendrá que reconstruir esa identidad sin su generador más talentoso.

La respuesta no será individual. Tendrá que ser coral.

Brandon Miller y Kon Knueppel, dos picks de lotería con techo de All-Star, están llamados a cargar con el volumen y las responsabilidades en los momentos calientes. White, combo guard con capacidad para anotar y crear, ya demostró en Chicago que puede moverse cerca de los 20 puntos, cinco asistencias y tres triples por partido. Ahora tendrá el balón en las manos más que nunca.

Schroder aportará oficio en la dirección y creación secundaria. Y el perímetro promete seguir bombardeando desde fuera: Miller, Knueppel, White y Allen ya lanzaron más de seis triples por partido cada uno el curso pasado. Si algo no va a cambiar, es la cadencia desde el perímetro: los Hornets deberían seguir entre los equipos que más tiran de tres en toda la NBA.

Aun así, el escepticismo existe. Dean Oliver lo planteaba con crudeza: si hace un año te dicen que tu núcleo es Knueppel, Miller, White, Moussa Diabate y Grayson Allen, la reacción instintiva no es precisamente de euforia. Ese contraste entre la brillantez del quinteto que se rompió y la incertidumbre del nuevo bloque es el corazón de esta apuesta.

Un juego interior lleno de incógnitas… y potencial

Si el perímetro está definido, el puesto de pívot es un rompecabezas fascinante.

Hannes Steinbach, Moussa Diabate y Ryan Kalkbrenner componen una rotación interior tan variada como prometedora. Steinbach, elegido en la lotería este año, aporta rebote y presencia física. Diabate fue una pieza clave del quinteto élite de la pasada temporada, un motor de energía constante. Kalkbrenner arrancó su año de novato con fuerza antes de que las lesiones frenaran su impulso.

A ellos se suma Naz Reid, capaz de jugar como cinco abierto o acompañar a otro grande. Charles Lee, en teoría, debería tener 48 minutos sólidos en el puesto de center cada noche. El desafío real será encontrar combinaciones de dos interiores que funcionen juntos sin atascar el ataque ni resentir la defensa.

Si da con la tecla, Charlotte puede convertir lo que hoy es un experimento en una de sus grandes ventajas competitivas.

Lectura a futuro: riesgo calculado o salto al vacío

Las proyecciones no son complacientes. Los Hornets aparecen 20º en el Basketball Power Index y 21º en los Power Rankings tras la agencia libre. Es el precio de perder a una estrella ofensiva como Ball y a un anotador como Bridges. El techo inmediato baja, la promesa de victorias a corto plazo se diluye.

Pero la franquicia no está jugando a corto plazo.

La comparación que flota en el aire es la de los Atlanta Hawks de Trae Young, atrapados en una mediocridad perpetua pese a tener una estrella ofensiva de primer nivel. Charlotte ha decidido cortar por lo sano antes de caer en esa trampa. Prefiere asumir el golpe ahora, volver a la lotería si hace falta, y construir un equipo con margen salarial, munición de draft y un núcleo que aún no ha tocado su pico.

En paralelo, LaMelo Ball debería, por fin, probar los playoffs junto a Anthony Edwards en Minnesota. El divorcio ya es un hecho. La pregunta que quedará flotando durante años es otra: ¿quién habrá ganado realmente este movimiento cuando miremos atrás en 2027… y en 2030?

Por ahora, los Hornets han elegido soñar más alto de lo que su historia reciente les invitaba. Han renunciado a la comodidad del “buen equipo” para perseguir algo que nunca han tenido: un verdadero aspirante.

El tiempo dirá si este salto al vacío fue un acto de lucidez… o de fe ciega.