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Cierre de mercado de Everton: caos y descontento

La ventana de fichajes de Everton no ha terminado: simplemente ha cambiado de escenario. Lo que ya no se negocia en despachos ni en salas médicas se está librando ahora en la calle, en redes sociales y en los foros de aficionados. El club de The Friedkin Group y del director ejecutivo Angus Kinnear se ha colocado en el centro de una tormenta que mezcla enfado, desconfianza y una palabra que ya resuena con fuerza en Goodison: “fracaso”.

El caso Balogun, síntoma de un caos

El último acto de este drama se escribió en la madrugada del miércoles. El fichaje de Folarin Balogun desde AS Monaco, tasado en 40 millones de libras, parecía cerrado. El delantero estadounidense, de 25 años, había firmado la hoja de trato junto a ambos clubes para permitir que la operación se completara después del cierre oficial del mercado, el martes a las 23.00 BST.

El plan era sencillo: vuelo de las 8.00 hacia Merseyside, revisión final, firma y presentación. Nada de eso sucedió como estaba previsto. Balogun llegó más tarde de lo esperado y Everton, ya irritado por la demora en la documentación enviada desde Monaco, se encontró con un nuevo problema: su reconocimiento médico.

Las dudas médicas obligaron a renegociar las condiciones. El club, mientras buscaba una salida con Monaco, se lanzó a por alternativas de urgencia. Joshua Zirkzee, de Manchester United, aceptaba la cesión, pero desde Old Trafford cerraron la puerta. Tammy Abraham fue el siguiente objetivo, aunque el delantero dejó claro que quería seguir en Aston Villa. Ninguna vía prosperó.

A pocos minutos del cierre definitivo del mercado, Everton y Monaco alcanzaron un nuevo acuerdo: menos dinero por adelantado y una estructura de pagos variables según el rendimiento del jugador. Las condiciones personales de Balogun no cambiaban. Parecía un malabarismo de última hora, pero suficiente para salvar el golpe.

Entonces llegó el giro más demoledor. El exdelantero de Arsenal decidió levantarse y marcharse de Finch Farm sin firmar. Thiago Scuro, director deportivo de Monaco, explicó al día siguiente que Balogun no se sentía “cómodo” con el trato recibido durante su reconocimiento médico.

En el club defienden lo contrario: aseguran que apoyaron al jugador, que fueron transparentes con los problemas detectados y que se mostraron dispuestos a trabajar con Monaco para encontrar una solución que hiciera posible el fichaje. Pero la imagen que ha quedado es la de un delantero estrella abandonando la ciudad deportiva sin contrato y sin confianza.

Un agujero en la delantera… y en la credibilidad

El golpe se hizo aún más profundo por el contexto. Horas antes, Everton había autorizado la salida del delantero Beto a Fiorentina por 15,5 millones de libras. La operación se cerró justo antes de que todo se viniera abajo con Balogun.

Como telón de fondo, la marcha de Iliman Ndiaye, el futbolista más creativo de la plantilla, rumbo a Manchester City por 65 millones de libras. Ventas importantes, ingresos significativos… pero sin el refuerzo ofensivo que debía sostener el proyecto.

La realidad con la que se despierta ahora David Moyes es cruda: solo un delantero centro disponible, el aún verde Thierno Barry, y únicamente 18 jugadores de campo con ficha senior. Un escenario frágil para un técnico de 63 años que ya había dejado entrever su malestar con el desarrollo del verano.

La pregunta que se hacen los aficionados no es por qué Balogun cambió de opinión, algo que escapa al control de cualquier club, sino por qué Everton llegó a la última jornada de mercado con necesidades tan evidentes aún sin resolver.

Kinnear, del “buen lugar” al ojo del huracán

La figura de Angus Kinnear ha quedado marcada por sus propias palabras. En una reciente entrevista con BBC Radio Merseyside, el director ejecutivo aseguró que la plantilla estaba “en un buen lugar” y que el objetivo era llegar al cierre de mercado habiendo conseguido “al mejor jugador posible en cada posición”. También transmitió el mensaje de los dueños estadounidenses: no clasificarse para Europa la temporada pasada fue “un fracaso”. Moyes admitió que esa calificación le sorprendió.

Tras este cierre de mercado, el término “fracaso” ya no se aplica al entrenador, sino a la cúpula. El “buen lugar” del que hablaba Kinnear se ha transformado en un vestuario corto, desequilibrado y con un técnico obligado a improvisar.

Everton ha logrado el regreso de Jack Grealish en calidad de cedido y ha cerrado por fin un problema histórico en el lateral derecho con la llegada de Ashley Maitland-Niles desde Lyon por 3 millones de libras. Pero incluso ese fichaje llegó entre tropiezos: el club había negociado previamente un acuerdo de 9,4 millones por Kenny Tete, de Fulham, operación que se cayó cuando los londinenses no encontraron sustituto.

El balance es demoledor: un solo delantero puro (Barry), un solo lateral derecho (Maitland-Niles) y un solo lateral izquierdo (Vitaliy Mykolenko), después de que el joven Adam Aznou se marchara cedido a Málaga. Para un club que aspira a Europa, la foto de plantilla es la de un equipo expuesto.

Armstrong, una venta frenada y otra crisis abierta

El descontento de la grada no nace solo de la noche caótica de Balogun. La mecha ya estaba encendida por la propuesta de venta de Harrison Armstrong a Nottingham Forest. El canterano de 19 años, considerado por muchos el mayor talento de la academia desde Wayne Rooney, estaba a punto de salir hasta que el propio consejo de Everton frenó la operación ante la reacción furiosa de la afición.

Ese giro evitó un desastre de relaciones públicas, pero solo por unas horas. La percepción es que el club salió de un incendio para entrar de lleno en otro, aún más dañino.

Tras la victoria en la segunda ronda de la Carabao Cup ante Preston North End, Moyes fue claro: “Creo que todavía tenemos mucho trabajo por hacer. Necesitamos más jugadores. Nuestra plantilla no es lo suficientemente grande y necesitamos más calidad en algunas áreas si podemos lograrlo”. Sus palabras suenan ahora como una advertencia ignorada.

La afición se organiza: de las pancartas a las dimisiones

El enfado ya no es difuso. Tiene nombre, documentos y firmas. Grupos de aficionados han reaccionado con rapidez. Una petición pide abiertamente la dimisión de Kinnear. “The Everton Fans' Forum” emitió un duro comunicado denunciando que la plantilla ha quedado “peligrosamente corta” en posiciones clave.

El mensaje va al corazón del problema: “El final de esta ventana de transferencias deja a los aficionados de Everton con serias preguntas sobre la planificación, la captación y la toma de decisiones del club. Esto no va de exigir que Everton gaste de forma imprudente. Los aficionados entienden las restricciones financieras bajo las que opera el club. No estamos pidiendo fichajes de relumbrón solo por el hecho de hacerlo. Estamos pidiendo competencia, preparación y responsabilidad”.

Otro colectivo clave, “The 1878s”, responsables de las grandes banderas, tifos y del ambiente en el nuevo Hill Dickinson Stadium, ha dado un paso que golpea directamente a la imagen del club. En un comunicado anunciaron que “se retiran por el futuro inmediato” como protesta, calificando este mercado, y especialmente su tramo final, de motivo de “decepción” y “asco”.

El grupo explicó que las normas sobre banderas les impiden mostrar mensajes ofensivos o derogatorios, pero dejó clara su frustración: si pudieran llenar el estadio de mensajes de descontento, lo harían. Su decisión de parar sus actividades es, en sí misma, una pancarta silenciosa contra la directiva.

Fichajes que no tapan el agujero

En medio del ruido, Everton sí ha cerrado varias incorporaciones. Llegó Hayden Hackney, elegido Jugador del Año de la Championship por la PFA, procedente de Middlesbrough. Christian Norgaard aterrizó desde Arsenal como recambio de Idrissa Gueye, aunque el danés, de 32 años, está lesionado y sin fecha de regreso.

El club también confirmó los acuerdos por el joven alemán Merlin Röhl y por Tyrique George, internacional sub-21 inglés que ya había estado cedido la temporada pasada. Brennan Johnson llegó desde Crystal Palace en un intercambio directo con Dwight McNeil.

Son operaciones que, en otro contexto, podrían interpretarse como movimientos inteligentes dentro de un margen económico ajustado. Hoy quedan sepultadas bajo la sensación generalizada de improvisación y debilidad. El último día de mercado, con el culebrón Balogun como eje, ha dejado la impresión de un club peor armado que cuando abrió la ventana.

Un silencio que pesa

Hasta ahora, Everton no ha emitido ningún comunicado público explicando la secuencia de decisiones que ha desembocado en críticas tan duras, en una rebelión organizada de la grada y en un golpe serio a la credibilidad de The Friedkin Group y de Kinnear.

Las vallas que separan a la directiva de su hinchada nunca habían parecido tan altas. El reto, a partir de hoy, ya no es solo competir en la Premier League con una plantilla corta y un solo delantero. Es reconstruir la confianza de una afición que no pide milagros ni cheques en blanco, sino algo mucho más básico: que su club parezca saber lo que hace.

La temporada dirá si este verano fue solo un tropiezo o el síntoma de un problema estructural mucho más profundo. Pero el reloj ya no marca plazos de mercado; marca la paciencia de Goodison Park. Y esa, ahora mismo, también está al límite.