Coco Gauff brilla en el US Open 2023 con un saque transformado
La imagen quedó grabada: Coco Gauff, sola bajo la lluvia fina de Nueva York, intentando sacar una y otra vez en las pistas de entrenamiento del US Open. Mojada, frustrada, casi obsesionada con un gesto que se había convertido en su talón de Aquiles. Aquella estampa definió su torneo de 2023.
Doce meses después, la escena es otra. La misma jugadora, el mismo torneo, pero un arma distinta en la mano. Su servicio.
La número cuatro del mundo debutó este martes en Flushing Meadows con un 6-3, 6-4 sólido ante la turca Zeynep Sonmez, y lo hizo apoyada precisamente en aquello que hace un año la descomponía. El saque, ahora, sostiene su tenis. Y, por momentos, lo domina todo.
De la angustia a la convicción
El contraste no puede ser más claro. Donde antes había dudas, hoy hay intención. Donde antes aparecían dobles faltas en cadena, ahora irrumpen aces a más de 110 millas por hora.
Gauff arrancó el partido con una declaración de intenciones: juego en blanco al servicio, en menos de 90 segundos. Un ace a 112 mph por el centro, un primer saque que Sonmez ni tocó, otro ace. Tres golpes, un mensaje: la tormenta del año pasado ha dejado paso a un cielo mucho más despejado.
En el primer set, cada vez que la estadounidense metió el primer servicio, la turca apenas pudo participar. Gauff ganó el 93% de esos puntos. Casi una garantía automática. Para una jugadora que hace un año se quedaba clavada en la línea de fondo rezando por no fallar el lanzamiento de la bola, el salto es gigantesco.
Ella misma lo reconoce: ahora puede mirar atrás y medir la distancia recorrida. Entonces solo veía miradas clavadas en su gesto, presión sobre su nuevo equipo técnico y un mar de dudas cada vez que la mano subía para iniciar el movimiento.
La apuesta por Gavin MacMillan
La transformación no nació de la nada. En la víspera del US Open de 2023, Gauff tomó una decisión que en el circuito se leyó como un movimiento drástico: reordenó su equipo y sumó al biomecánico Gavin MacMillan, el mismo especialista que ayudó a Aryna Sabalenka a superar sus propios problemas con el saque.
El contexto no invitaba precisamente a la calma. Venía de un torneo en Cincinnati cargado de dobles faltas. Llegaba a su Grand Slam de casa, con la atención mediática disparada, y decidió tocar justo la pieza más delicada de su juego. Un riesgo enorme.
El resultado a corto plazo fue duro. Eliminación en octavos de final, nervios a flor de piel, lágrimas en pista. Y una sensación de examen constante sobre cada gesto de su servicio.
Pero aquella incomodidad era el precio de un cambio profundo. MacMillan se centró en detalles que parecen mínimos y lo cambian todo: mayor consistencia en el lanzamiento de la bola, evitar lanzarla demasiado hacia delante, muñeca más recta. Ajustes de ingeniería fina para un golpe que, cuando se descompone, arrastra la confianza entera de una jugadora.
La recompensa ha llegado este verano. El título en Cincinnati fue el primer gran escaparate de su nuevo saque: más cerca de las líneas, misma velocidad, mucha más precisión.
Un arma que ahora decide partidos
En Nueva York, el impacto se vio en los momentos de mayor tensión. Gauff rompió de inicio en el segundo set para colocarse 1-0, pero el partido se apretó. El servicio dejó de ser tan demoledor, Sonmez se asentó, igualó 2-2 y dispuso de tres bolas de break para ponerse 4-2.
Ahí, hace un año, el partido probablemente se le habría escapado. Esta vez, no.
Un ace preciso abierto, un primer saque a 115 mph que no volvió a la pista y un par de decisiones agresivas cambiaron el guion. Gauff sostuvo el juego, se aferró al marcador y, en el intercambio siguiente, rompió de nuevo para el 4-3. Ese juego al servicio, levantando las tres oportunidades de quiebre, fue la bisagra del partido.
Desde ahí, la estadounidense jugó con otra libertad. Cerró el duelo con otro juego de servicio que retrata su nueva mentalidad: tres primeros saques sin respuesta, todos rozando las 120 mph, tres puntos de partido encadenados y Sonmez cediendo en el primero tras un peloteo corto. Sin titubeos.
La diferencia no es solo técnica, es mental. Gauff lo explica con crudeza: hace un año pensaba “ojalá la meta dentro”. Ahora, en cambio, entra a la línea de saque buscando el ace, convencida de que, si impacta bien, el resto probablemente ni volverá.
Un US Open con otro guion
Con 22 años, dos títulos de Grand Slam y un saque que por fin se comporta como arma y no como amenaza interna, Gauff aterriza en la segunda ronda con un aura distinta. Ya no se trata de sobrevivir a su propio golpe inicial, sino de usarlo para imponer condiciones desde el primer punto.
Su siguiente rival saldrá del duelo entre Paula Badosa y Daria Kasatkina. Dos perfiles muy distintos, dos desafíos tácticos opuestos. Pero ambas saben ya que, ante esta versión de Gauff, no basta con aguantar desde el fondo: primero hay que encontrar la forma de tocar la bola cuando la estadounidense lanza ese primer servicio a 110, 115 o 120 millas por hora.
Hace un año, la lluvia sobre las pistas de entrenamiento del US Open mojaba a una Coco Gauff encogida, atrapada en un gesto que no controlaba. Hoy, bajo el mismo cielo neoyorquino, su saque marca el ritmo. Y obliga a todo el cuadro femenino a recalcular sus opciones.




