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El derrumbe de Regis: del fútbol a la calle

En otro tiempo fue delantero de Ponte Preta, Corinthians y Vasco. Hoy, a los 49 años, Regis sobrevive bajo lonas de plástico, mantas raídas y cartones en una pequeña plaza de Pirituba, en la zona norte de São Paulo. El mismo hombre que celebró goles en estadios llenos intenta ahora esquivar la lluvia y el frío entre escombros y basura acumulada.

La escena, descrita por el periodista de Globo Esporte Emilio Botta, golpea de frente: Regis vive a la intemperie, sin casa, casi sin contacto con la familia y con una adicción al crack que le ha arrancado no solo el techo, sino también la dignidad y el apoyo de quienes lo rodeaban.

En una conversación cruda con Botta, el exatacante dejó escapar una frase que retrata el abismo en el que se encuentra: “Es mejor que piensen que estoy muerto… No quiero que nadie sepa que existo”. No es una pose. Es el lamento de alguien que siente que ya no tiene lugar ni en el fútbol ni fuera de él.

Las alarmas no saltaron por un informe médico ni por un parte policial, sino por el instinto de quienes compartieron vestuario con él en un equipo amateur. Excompañeros comenzaron a notar su deterioro físico y mental, y a partir de ahí se reconstruyó una historia de caída que llevaba años en marcha.

La dependencia química no apareció de la nada al final de su carrera. Sus problemas con las drogas ya asomaban cuando todavía era profesional: llegó a dar positivo dos veces por cannabis en controles antidopaje rutinarios. Eran señales de alerta que el sistema del fútbol, como tantas veces, no supo –o no quiso– leer a tiempo.

Su trayectoria fue la de un delantero nómada, siempre con la maleta lista. Sumó 49 goles en 170 partidos oficiales, pasando por clubes como Coritiba, Bahia y Portuguesa, además de aventuras en Japón, Turquía y Arabia Saudita. Números respetables para un jugador que supo ganarse contratos lejos de casa y que, durante años, vivió de lo que sabía hacer: atacar, moverse en el área, decidir partidos.

Cuando se apagaron los focos y llegó el retiro, lo que había sido una sombra se convirtió en tormenta. Sin la estructura diaria del entrenamiento, sin el vestuario, sin la adrenalina de la competencia, las drogas fueron ocupando todo el espacio que el fútbol dejó vacío. La vida personal se desordenó, las relaciones se rompieron, el círculo se estrechó hasta casi desaparecer.

Los problemas legales terminaron por empujarlo al borde. En 2025 fue arrestado por agredir al encargado de un edificio. A partir de ese episodio, perdió el apartamento en el que vivía. Sin casa, sin red de contención sólida, con la adicción ya desatada, la calle dejó de ser un miedo para convertirse en su única dirección.

Hoy Regis no es una estadística ni un nombre perdido en una planilla de partidos jugados. Es el rostro de una pregunta incómoda para el fútbol brasileño: ¿qué pasa con quienes caen cuando ya no hay gradas que coreen su nombre?

El derrumbe de Regis: del fútbol a la calle