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El encanto del fútbol y la evolución de la Champions League

El 16 de septiembre de 1987, Diego Maradona llevó al Napoli al viejo Chamartín para medirse al Real Madrid de la Quinta del Buitre en la Copa de Europa. Era apenas la primera ronda, partido de ida, pero el cartel olía a semifinal. El fútbol, sin embargo, no entiende de guiones previos: 2-0 para el Madrid en casa, 1-1 en el San Paolo y los italianos fuera casi antes de deshacer la maleta.

A Silvio Berlusconi aquello le sentó como una derrota propia. No solo perdía muy pronto a uno de los grandes reclamos del torneo; temía que algo parecido le ocurriera a su AC Milan, el juguete más preciado de su imperio. De ahí nació su obsesión: una superliga europea que blindara a los gigantes, que asegurara grandes noches… y grandes ingresos. El proyecto no cuajó, pero el mensaje caló. Una UEFA asustada cedió terreno y, cinco años después, apareció la Champions League.

Tampoco bastó. Nunca basta. Primero se abrió la puerta a más de un equipo por país en las ligas más ricas. Después, se estiró tanto la fórmula que hoy algunos campeonatos pueden colocar hasta cinco representantes. Ahora llega el modelo suizo, el siguiente paso lógico en la lógica del negocio: muchos partidos entre los más poderosos, mucho brillo, mucho dinero, y cada vez menos riesgo real de eliminación temprana.

Gabriel Hanot, el periodista que imaginó la competición continental como un desafío deportivo, seguramente estaría hoy maldiciendo frente al televisor. El resto no tiene escapatoria: solo puede rendirse a un Real Madrid v Internazionale que, por sí solo, justifica la noche.

Porque el fútbol se ha convertido en víctima de su propio encanto. Es imposible apartar la mirada. La intriga está servida: José Mourinho, ante otra de esas últimas oportunidades que nunca terminan de ser la última, intenta rescatar la versión que lo convirtió en referencia mundial. En el banquillo rival, Cristian Chivu, uno de sus viejos discípulos, arranca su etapa al frente de un Inter que aún vive a la sombra del triplete que firmó precisamente con el técnico portugués.

La historia se escribe en paralelo en Alemania. Dortmund vuelve a escena con un nombre propio: Konstantinos Karetsas. El centrocampista de 18 años ha irrumpido con una autoridad impropia de su edad en el Westfalen, y el duelo ante Villarreal se presenta como un nuevo examen de madurez. Cada toque suyo alimenta la sensación de estar ante el siguiente gran proyecto del club que mejor ha entendido el negocio de pulir talento joven.

Mientras tanto, la noche europea se reparte en varias pantallas. Desde Oporto llegarán noticias de un Porto v Manchester City con aroma a choque de estilos y presupuestos. En Francia, Lille recibe a Real Betis en otro capítulo de esa batalla silenciosa por hacerse un hueco entre los habituales del escaparate continental. Son partidos que, en el nuevo formato, se acumulan como capítulos de una serie interminable. ¿Qué significan a largo plazo? Nadie lo tiene del todo claro. Pero millones de aficionados no necesitan contexto cuando intuyen 90 minutos de fútbol potencialmente brillante.

Y, por si fuera poco, el balón también rueda en la League Cup. Un torneo que vive a la sombra del gran negocio europeo, pero que mantiene intacta su capacidad para regalar sorpresas, reivindicar secundarios y agitar plantillas. Entre rotaciones, debuts y segundas oportunidades, la competición doméstica se cuela en la agenda de una noche saturada.

El menú está servido

League Cup desde las 19.45 y las 20.00 BST, Champions League a partir de las 20.00 BST. Europa entera con el mando en la mano, el calendario comprimido y una pregunta flotando en el ambiente: en esta era de formatos inflados y gigantes blindados, ¿cuánto tiempo más podrá el fútbol seguir viviendo de su propio hechizo?

El encanto del fútbol y la evolución de la Champions League