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Estados Unidos conquista su quinto Mundial femenino consecutivo

La dinastía sigue viva, pero ya no intimida como antes. Estados Unidos levantó en Berlín su quinto título consecutivo de la *World Cup* femenina tras vencer 97-79 a Francia, en una final que durante muchos minutos pareció pertenecer al equipo azul. No hubo avalancha ni exhibición histórica. Hubo algo más terrenal: veteranía, gestión de momentos y un segundo tiempo que recordó por qué esta camiseta pesa tanto.

Francia manda, Estados Unidos resiste

El arranque fue un golpe de realidad para las campeonas. Francia entró sin complejos, atacando el aro, castigando cada desajuste y jugando con una fluidez que desarboló a la defensa estadounidense. A 8:14 del segundo cuarto, el marcador era elocuente: 31-17 para Francia. El partido que se esperaba incómodo para las europeas se estaba convirtiendo en una pesadilla para las norteamericanas.

Gabby Williams marcaba el tono. Anotaba de fuera, atacaba el aro con decisión y encontraba a Dominique Malonga cerca del aro. La joven pívot dominaba la pintura, mientras Janelle Salaun y Marine Johannes abrían la pista desde el perímetro. El triple de Ayayi, el acierto de Leite desde la línea y la consistencia de Badiane completaban un cuadro perfecto: Francia jugaba su baloncesto, Estados Unidos perseguía sombras.

Kara Lawson movió el banquillo, dio entrada a Aliyah Boston, Rhyne Howard, Caitlin Clark y Paige Bueckers, pero el impacto inicial fue mínimo. Clark entró fría: dos pérdidas seguidas, pisando línea y reteniendo demasiado el balón. Angel Reese, recién salida a pista, forzó faltas pero falló con estrépito sus dos primeros tiros libres. El 31-17 reflejaba algo más que un mal inicio: por momentos, Francia parecía más madura, más segura, más preparada.

La reacción, sin embargo, empezó donde tantas veces para este equipo: en Breanna Stewart, Chelsea Gray y Jackie Young.

Stewart, Gray y Young cambian el guion

Con el marcador 22-31, Young clavó un triple que frenó la hemorragia. En la misma acción, Toure cometió falta sobre Stewart lejos del balón, y la estrella estadounidense convirtió los tiros libres para comprimir el partido. A partir de ahí, el pulso cambió de manos, aunque el marcador tardó en reflejarlo.

Gray manejó el ritmo con una calma imperturbable. Anotó desde la media distancia, encontró a Stewart y Young en sus puntos dulces y empezó a castigar cada pequeña desconexión francesa. Boston sumó en silencio: un tapón a Johannes, una canasta en transición, presencia en el rebote. La defensa estadounidense comenzó a llegar medio segundo antes a cada ayuda. Y eso, a este nivel, es casi todo.

Francia siguió golpeando. Williams encadenó triples, Malonga se hizo grande por dentro, Badiane abrió el campo con un acierto inesperado desde la esquina. El 45-39 a menos de un minuto del descanso premiaba su valentía. Pero Estados Unidos, incluso en sus días más discretos, sabe cerrar cuartos.

Boston anotó un tiro libre. Reese forzó un emparejamiento favorable y ganó la posición. Y entonces apareció, por fin, Caitlin Clark. En la última acción de la primera parte, la escolta recibió liberada en la esquina y clavó un triple sobre la bocina. 45-43. El golpe psicológico fue tan grande como el numérico. Francia se marchaba al vestuario por delante, pero el monstruo se había despertado.

El tercer cuarto que lo cambió todo

El inicio del tercer cuarto fue una declaración de intenciones. Primera posesión, Stewart empata a 45. Poco después, Napheesa Collier, hasta entonces discreta, sacó el balón de una melé bajo el aro y dio a Estados Unidos su primera ventaja en “siglos”, como sugería el propio relato estadístico del encuentro.

Francia, que había vivido de porcentajes altísimos, empezó a ver cómo los tiros abiertos dejaban de entrar. Johannes se enfrió. Williams, tan brillante en la primera parte, perdió finura en la toma de decisiones. Cada fallo tenía castigo al otro lado.

Gray y Young se adueñaron del partido. Young atacó el triple frontal, castigó en transición y se movió como una veterana en finales que, en teoría, aún está empezando a coleccionar. Gray, pese a algún pequeño bache, volvió una y otra vez a su tiro de media distancia, ese lanzamiento que parece sencillo hasta que hay que meterlo en una final mundial.

Con 60-53, tras una nueva canasta de Gray, Francia se sostuvo a duras penas gracias a las conexiones entre Williams y Malonga. Pero la sensación ya era otra: Estados Unidos dictaba el ritmo, Francia sobrevivía.

El momento clave llegó en el tramo final del tercer cuarto. Una falta dura de Johannes sobre Kahleah Copper fue revisada y catalogada como “acto de violencia”, lo que se tradujo en cuatro tiros libres y posesión para las estadounidenses. Copper anotó tres de cuatro, Clark asistió a Boston en la reanudación y, de repente, la ventaja se disparó a 17 puntos tras otro tiro de Clark en el cierre del periodo. De un 45-40 para Francia en los últimos segundos de la primera parte a un 73-57 al final del tercer cuarto. Un parcial demoledor. Un cuarto, directamente, “horrible” para el equipo azul.

La final había cambiado de manos y, probablemente, de destino.

Clark, chispa puntual; Copper y Collier, martillo constante

Caitlin Clark no fue la protagonista absoluta, pero sí una chispa oportuna. Terminó con 12 puntos en poco más de 10 minutos, un 4/5 en tiros de campo, 2/3 en triples, cuatro pérdidas y una técnica por protestar. Condensó su impacto en ráfagas: el triple sobre la bocina antes del descanso, una bomba en fadeaway para responder al único triple de Toure al final del tercer cuarto, una penetración y un triple rápido en el último periodo que estiraron la brecha cuando Francia amagaba con reaccionar.

Mientras tanto, Copper y Collier hicieron el trabajo sucio con una eficacia brutal. Copper sumó 15 puntos, corrió la pista, castigó en transición y remató a Francia con un triple clave a 1:45 del final, justo cuando dos tiros libres de Johannes habían reducido la diferencia a 14. Collier, sin números estridentes, se multiplicó en ayudas, rebotes ofensivos y tiros a media distancia que rompían rachas francesas.

En la zona, Stewart volvió a ser el ancla. Acabó con 22 puntos y nueve rebotes, rozando el doble-doble y liderando un dominio en el cristal que resultó decisivo: 36-27 para Estados Unidos en rebotes. Cada captura de Stewart era un mensaje: esta final se jugaría a su ritmo.

Jackie Young, por su parte, firmó 18 puntos y cinco asistencias, completando una actuación de estrella silenciosa. Chelsea Gray añadió 12 puntos y cinco asistencias más, sosteniendo el timón en los momentos de máxima tensión. Entre ambas, manejaron el partido con la frialdad de quien ya ha pasado por este escenario.

Malonga brilla en la derrota

Francia se agarró al partido todo lo que pudo. Cuando el marcador llegó a mostrar un +27 para Estados Unidos (86-59 a 6:05 del final), el encuentro parecía sentenciado. Sin embargo, Malonga se negó a bajar los brazos. Anotó un triple desde la esquina, encadenó acciones interiores, forzó un 2+1 contra Collier y lideró un parcial de 13-2 casi en solitario.

La pívot cerró la final con 21 puntos y una presencia imponente. Williams, que firmó 20 puntos y siete asistencias, se diluyó tras el descanso, pero dejó otra actuación de élite en un gran torneo. Ayayi aportó 8 puntos, Badiane abrió la pista en momentos clave y Johannes dejó destellos, aunque lejos de su versión más letal.

El problema para Francia no fue el talento. Fue la constancia. Su acierto exterior —8/14 en triples en la primera mitad— se enfrió justo cuando Estados Unidos apretó líneas y cerró el rebote. Cuando las piernas pesaron, las veteranas estadounidenses olieron sangre.

Un banquillo profundo… que apenas se vio

La gestión de Lawson dejó un detalle llamativo: en una final prácticamente resuelta, el quinteto titular se mantuvo muchos minutos en pista. Copper, Gray, Stewart, Collier y Young superaron con holgura los 20 minutos. Boston pasó de los 14, Howard de los 13, Clark rozó los 10, Reese superó los 5. Paige Bueckers apenas estuvo dos minutos y medio. Sonia Citron y Kiki Iriafen no llegaron a debutar en la final.

La profundidad de talento estadounidense es insultante, pero Lawson apostó por la vieja fórmula: confiar en las veteranas que ya han vivido Juegos, finales y remontadas. Y le salió bien.

Una dinastía que ya no arrasa… pero sigue ganando

El dato es brutal: desde 1994, sumando Juegos Olímpicos y *World Cup*, la selección femenina de Estados Unidos presenta un balance de 121-1, con 71 victorias consecutivas en los grandes torneos. Este quinto Mundial seguido se añade a una lista de éxitos que parece no tener fin.

Sin embargo, el contexto ha cambiado. Italia llevó al límite a este mismo equipo en la fase de grupos. España le discutió la semifinal hasta el último cuarto. Francia dominó durante buena parte de la final y llegó a mandar por 14. La brecha ya no es abismal. El miedo escénico se ha reducido.

Caitlin Clark, Angel Reese, Paige Bueckers, Aliyah Boston y compañía representan la nueva ola. Stewart, Gray, Young, Copper y Collier son el presente inmediato. Entre unas y otras tendrán que sostener una hegemonía que ya no se sostiene solo por talento, sino por detalle, concentración y madurez.

Estados Unidos sigue en la cima. Pero ahora, para quedarse ahí, tiene que sudar cada posesión. Y esa, para el baloncesto femenino mundial, es quizá la mejor noticia de todas.