La fe ciega que separa a campeones del resto
La fe ciega que separa a los campeones del resto
Talento, físico y compromiso no alcanzan para ganar un Grand Slam. En los grandes escenarios, cuando el estadio se cierra sobre el jugador y no hay lugar donde esconderse, manda otra cosa: la convicción absoluta de que puedes ganarle a cualquiera. Una creencia inquebrantable. O, como la define Taylor Fritz, cierta dosis de “delirio”.
El número 10 del mundo forma parte de esa generación de aspirantes que aún no ha tocado la gloria en un grande. Y también es uno de los que dejó escapar lo que parecía una oportunidad dorada en este US Open.
Con Jannik Sinner fuera por lesión y Carlos Alcaraz regresando tras una larga ausencia, el cuadro se abría como pocas veces. Era el tipo de edición en la que los cabezas de serie podían hacer valer su rango y dar un golpe de autoridad.
O eso parecía.
Porque seis de los diez primeros del ranking cayeron antes de los octavos de final en Flushing Meadows. Entre ellos, el propio Fritz, que dejó escapar una ventaja de dos sets ante el argentino Francisco Cerúndolo en tercera ronda. Una derrota que duele más por el contexto que por el rival.
Con la eliminación del campeón de 2021 Daniil Medvedev en octavos, el paisaje en la parte alta del torneo quedó desolado: solo resisten el número uno Alexander Zverev, el vigente campeón Alcaraz y el octavo cabeza de serie Ben Shelton.
“Te muestra lo parejo que es el circuito, lo ajustado que es cada partido, lo difícil que es ganar”, resumió Cerúndolo, 24º cabeza de serie. “Ahora mismo puede pasar cualquier cosa”.
El peso de una era Sinner–Alcaraz
Ese “puede pasar cualquier cosa” convive con una realidad contundente: Sinner y Alcaraz han ganado 10 de los últimos 11 Grand Slam en individuales masculinos. Una hegemonía compartida que, lejos de relajar, incrementa la presión sobre el resto.
En una entrevista con The Guardian a comienzos de año, Fritz, de 28 años, confesó que sentirá un “vacío” al final de su carrera si no conquista al menos un grande. La palabra no es casual. Marca el tono de una generación que choca una y otra vez contra el mismo muro.
El ejemplo de Zverev ilustra bien ese peso. El número dos del mundo logró al fin su primer grande en Roland Garros esta temporada. Después confesó que en las quincenas de Grand Slam anteriores no podía dormir y casi no comía por los nervios. El título en París no solo le dio un trofeo; le abrió una compuerta.
Liberado, el alemán de 29 años alcanzó la final de Wimbledon, donde jugó con más soltura, aunque acabó cayendo ante Sinner. Y ahora, sin mostrar su mejor versión, sigue abriéndose paso en el US Open, a base de oficio y resistencia. Pero, al fondo, se recorta una sombra conocida: la de Alcaraz, cada vez más afinado con cada victoria.
“El mano a mano entre Sinner y Alcaraz no es sano para el circuito”, advirtió Pat Cash, campeón de Wimbledon, en BBC Radio 5 Live. “Con cada triunfo, Alcaraz se convierte más en el favorito. Cuatro meses parado, sin partidos, y aun así podría ganar el US Open”.
No es solo presión. Es desgaste. Es calendario. Es un top 10 que, sin Sinner y Alcaraz, parece menos intimidante que en otras épocas.
Cuerpos al límite y cabezas saturadas
El último grande de una temporada exigente ha pasado factura. El cuarto cabeza de serie, Novak Djokovic, se despidió en primera ronda, traicionado por un físico que ya no responde como antes. El tercer preclasificado, Felix Auger-Aliassime, apuntó a mareos y problemas físicos tras su derrota en segunda ronda.
El quinto cabeza de serie, Flavio Cobolli, habló de falta de energía después de caer en tercera ronda, señalando la acumulación de partidos y el calor agobiante de Nueva York. El campeón de Cincinnati, Arthur Fils, se despidió a las primeras de cambio ante un viejo conocido de la élite, Stefanos Tsitsipas. Y el joven Rafael Jodar, que ya supera los 50 partidos en su primera temporada completa, se vio claramente fundido en su debut en el cuadro principal.
“La temporada es larga. Creo que todos los que rindieron bien en los torneos de preparación lo tienen más difícil aquí”, explicó el belga Alexander Blockx, verdugo de Cobolli. “Somos humanos. No somos robots. Cada semana es complicada. Y en un Grand Slam se vuelve todavía más físico. Mentalmente tienes que estar muy metido”.
En Flushing Meadows, la batalla no es solo por un trofeo. También por la cima del ranking.
Una lucha por el número uno que aprieta el tablero
En paralelo al caos del cuadro masculino, cuatro jugadoras se disputan el número uno del mundo, añadiendo otra capa de tensión al torneo. Aryna Sabalenka ha dominado la cima durante los últimos dos años, pero su bajón reciente la deja expuesta.
Elena Rybakina tiene un objetivo claro: si alcanza las semifinales, desbanca a Sabalenka. Jessica Pegula y Coco Gauff también acechan; necesitan el título para asaltar la cima, pero saben que el margen es real.
“Si miras la diferencia de puntos en el top 10 comparado con los hombres, se ve lo profunda que es la competencia”, analizó Pegula. “Todas hemos sido muy consistentes y eso lo hace difícil hasta cierto punto para ganar un Slam. Pero también sabes que no hay una o dos súper dominantes de las que dependas para tener una oportunidad”.
En Nueva York, la narrativa se cruza: un circuito masculino dominado por dos nombres y un cuadro femenino abierto, denso, sin una reina incuestionable. En medio, jugadores como Fritz, que sienten cómo el reloj se acelera sin que llegue ese gran domingo.
El talento está. El físico también. El calendario, la presión, la generación dorada que ya manda y la que viene por detrás convierten cada Slam en un examen sin red. La pregunta, para muchos de ellos, ya no es si tienen tenis para ganar un grande. Es si encontrarán a tiempo ese punto de “delirio” que separa a los campeones de quienes se quedaron a un paso.




