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Frances Tiafoe logra una remontada épica en el US Open

En Arthur Ashe Stadium, la línea entre gloria y desgarro fue del grosor de una cinta blanca. Frances Tiafoe terminó del lado luminoso, pero no salió ileso. Ni mucho menos.

El estadounidense, cabeza de serie número 11, sobrevivió a una batalla de cuatro horas y 38 minutos para remontar dos sets en contra y derrotar a su amigo y compatriota Alex Michelsen por 5-7, 3-6, 7-5, 6-3, 7-6(10/6), avanzando a sus terceras semifinales del US Open. Lo celebró. Pero solo un instante. El resto fue pura empatía.

De la lona al éxtasis

Durante dos sets, Tiafoe pareció un eco lejano del jugador que había deslumbrado en rondas anteriores. Michelsen, número 46 del mundo y sin cabeza de serie, jugaba como si llevara años instalado en las alturas de los Grand Slams. Seguro con el saque, agresivo con la derecha, sereno en los intercambios largos.

El joven de 22 años se llevó el primer set 7-5, y luego el segundo por 6-3, imponiendo su ritmo y su convicción. En su primera participación más allá de segunda ronda en Nueva York, venía de firmar su mejor resultado en un grande con los octavos de final en el Australian Open 2025. Esta vez parecía dispuesto a saltarse etapas.

La presión se disparó en el tercer set. Michelsen rompió el servicio y tomó ventaja. Con 5-4, sirvió para cerrar el partido. El estadio contuvo la respiración. Tiafoe, acorralado, se negó a aceptar el guion.

Ahí cambió todo.

El número 11 del cuadro encadenó siete juegos consecutivos entre el final del tercer set y el inicio del cuarto. Primero, le arrebató el servicio a Michelsen cuando sacaba para ganar. Luego, con un tenis mucho más suelto, se adueñó del 7-5 y voló en el cuarto parcial, que se llevó 6-3 con una autoridad que horas antes parecía inalcanzable.

Un derechazo ganador selló el tercer set. Arthur Ashe rugió. Tiafoe, también.

Michelsen se niega a caer… hasta el final

Cualquier otro se habría desmoronado tras perder una oportunidad así. Michelsen no. El californiano volvió a apretar los dientes y se lanzó otra vez al frente en el quinto set, tomando una ventaja de 3-0 que heló al público.

La montaña que Tiafoe había escalado empezaba de nuevo desde el fondo del valle.

El veterano del circuito respondió como lo hacen los jugadores que ya han pasado por noches imposibles en este estadio: atacando. Recuperó el break, ajustó el resto, buscó las líneas con más determinación y fue deshilachando, punto a punto, la ventaja de Michelsen hasta forzar el supertiebreak.

Allí, con todo el torneo en un puñado de puntos, el 11º cabeza de serie fue más frío. Más contundente. Cerró el desempate por 10-6 y, en el último punto, clavó un passing de derecha paralelo que dejó a Michelsen clavado y al estadio en pie.

El abrazo que lo dijo todo

Tiafoe soltó un grito, levantó los brazos, empezó a celebrar la que ya es una de las grandes remontadas de su carrera. Pero al girarse y ver a Michelsen, el festejo cambió de tono.

Caminó hacia la red y lo abrazó. Michelsen se derrumbó sobre su hombro. Lloró.

“En cuanto lo abracé vi que ya estaba llorando”, contó Tiafoe a ESPN después del partido. “Le dije: ‘Hermano, lo sé. Yo he estado ahí dos veces, he perdido en cinco sets’. Él es joven y no ha pasado por esto”.

No era una frase hecha. Tiafoe conoce bien la herida de perder maratones a cinco sets en grandes escenarios. Y conoce aún mejor a quien tenía delante.

“Somos súper cercanos. Siempre hemos tenido una gran relación. Nos reímos y bromeamos todo el tiempo. Es uno de mis buenos amigos en el circuito”, añadió. “Sé cuánto duele. Sé cuánto lo quería hoy. Es algo con lo que sueñas. Solo le dije: ‘Vas a estar aquí muchas más veces, hermano. Y yo voy a estar en una mecedora cuando lo hagas’”.

La escena, en un estadio que tantas veces ha sido escenario de dramas individuales, resumió la noche: un partido feroz entre amigos, decidido por detalles, con un ganador exhausto y un perdedor que se marcha con algo más que un resultado.

Números de un duelo salvaje

Las estadísticas explican parte de la historia. Michelsen, que había pasado el torneo casi en silencio mediático, se ganó el respeto del público más exigente del tenis estadounidense con un recital de potencia: 21 aces, 55 golpes ganadores, un servicio que por momentos desarmó a Tiafoe.

Pagó, sin embargo, un precio altísimo por su riesgo: 61 errores no forzados en un partido que exigía precisión quirúrgica en los momentos clave. En esos instantes, Tiafoe fue un poco más sólido, un poco más valiente.

“Fui encontrando poco a poco mi ritmo”, explicó Tiafoe, ya con la adrenalina bajando. “Es un jugador increíble. Podía haber ganado hoy perfectamente”.

Michelsen, por su parte, ya había avisado tras su victoria en cuarta ronda de que se sentía mejor, más hecho, y que intentaría ajustar cosas en su juego. Esta vez, la mejora quedó clara, aunque no le alcanzara para cerrar el triunfo. “Es también una persona increíble y un muy buen amigo mío”, había dicho sobre Tiafoe días atrás.

Cuando todo terminó, se marchó de la pista con una toalla sobre la cabeza, el brazo en alto para agradecer la ovación. No parecía un derrotado cualquiera. Parecía alguien que acaba de anunciar que ha llegado para quedarse.

Lo que viene

Tiafoe, renacido tras una noche límite, se ha ganado una plaza en semifinales, donde le espera el ganador del duelo entre el octavo cabeza de serie Ben Shelton y el vigente campeón Carlos Alcaraz. Un choque de estilos, generaciones y narrativas que encaja a la perfección con el caos controlado de este US Open.

Lo que está claro es que, después de sobrevivir a Alex Michelsen en un quinto set a cara o cruz, Frances Tiafoe llegará a esa semifinal con algo que no se entrena: la certeza de que, cuando el partido se vuelve una batalla emocional, él sabe exactamente cómo resistir. Y cómo abrazar al que se queda en el camino.