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George Chuvalo, el peso pesado que nunca fue derribado, ha fallecido

George Chuvalo, el peso pesado canadiense de mentón de granito que aguantó los golpes más brutales de los gigantes del boxeo sin besar jamás la lona, ha muerto a los 89 años.

El excampeón canadiense, que padecía demencia en los últimos años, vivía en un centro de cuidados de larga estancia en Toronto. Falleció el sábado, según publicaron en redes sociales varios familiares y amigos. El primer ministro de Ontario, Doug Ford, que lo consideraba amigo de la familia, expresó públicamente sus condolencias.

Nacido el 12 de septiembre de 1937 en el barrio de Junction, en Toronto, hijo de inmigrantes croatas, Chuvalo descubrió el boxeo casi por casualidad, hojeando la revista The Ring en un kiosco. Tenía 10 años cuando cruzó por primera vez las cuerdas de un ring. Un estirón físico, sumado a su pasión por las pesas, lo convirtió en un peso pesado de casi 1,83 metros y 95 kilos, compacto, denso, hecho para el castigo.

Su carrera amateur fue breve. En 1956 se hizo profesional y empezó a llamar la atención en el Jack Dempsey Tournament en el histórico Maple Leaf Gardens. Pero a comienzos de los años 60 su trayectoria se estancó bajo una dirección poco eficaz. Todo cambió cuando el empresario avícola de Toronto Irv Ungerman tomó las riendas de su carrera.

A partir de ahí, el canadiense encadenó victorias hasta lograr una actuación que lo puso en el mapa mundial: un contundente nocaut técnico en el undécimo asalto ante el aspirante Doug Jones en el Madison Square Garden en 1964. Volvió al templo del boxeo un año después y perdió por poco ante el excampeón Floyd Patterson, en una pelea que The Ring eligió como la mejor de 1965.

El hombre al que no se podía tumbar

Chuvalo no era un estilista. Era una avalancha. Avanzaba, siempre hacia delante, lanzando golpes secos, pesados, arriba y abajo, hasta quebrar la resistencia del rival. El 88% de sus victorias llegó antes del límite. Su presión no cesaba.

“No puedes creer su fuerza. No hay forma de pararlo. Solo sigue viniendo y viniendo. La única manera de detenerlo es con un cartucho de dinamita”, describió en su día el púgil canadiense Bill Drover.

Chuvalo siempre defendió que su defensa era mejor de lo que la gente pensaba, pero lo que asombraba al mundo era su capacidad para absorber castigo. Atribuía buena parte de esa resistencia a un cuello de 17,5 pulgadas, trabajado hasta el extremo con ejercicios específicos. Era un tronco. Y sobre ese tronco, una mandíbula que parecía de hierro.

En 1966, casi de rebote, se encontró peleando por el título mundial de los pesos pesados. Entró como rival de reemplazo de Muhammad Ali, cuando la cercanía del campeón con los Black Muslims y su postura contra la guerra de Vietnam lo convirtieron en un paria en buena parte de Estados Unidos.

El escepticismo era absoluto. Un titular del New York Times lo resumió con crueldad: “Bettor’s-Eye View of Chuvalo: A Big Bum With a Lot of Heart”. Un tipo grande, con mucho corazón. Nada más.

Sobre el ring, la historia fue otra. Chuvalo no logró convertirse en el primer campeón mundial de los pesados de Canadá desde Tommy Burns, a comienzos del siglo XX, pero dejó una actuación feroz. Ali lo llevó a los 15 asaltos y, tras la pelea, lo calificó como el hombre más duro al que se había enfrentado hasta entonces. Para el canadiense, aquella etiqueta fue un arma de doble filo.

“De una forma loca, esa pelea es lo que me define para muchos de mis compatriotas, pero tardé mucho en apreciar lo bien que me hacía sentir”, escribió en su autobiografía de 2013, “Chuvalo: A Fighter’s Life”, coescrita con Murray Greig.

Su cartel tras Ali le dio mejores bolsas y nuevas oportunidades. Con su esposa Lynne y cinco hijos en casa, cada gran pelea significaba estabilidad. Venció a aspirantes como Jerry Quarry y Manuel Ramos, y cayó por poco ante Oscar Bonavena y Jimmy Ellis.

En 1967, Joe Frazier lo detuvo por primera vez en su carrera. El castigo fue tan severo que necesitó un implante de silicona para evitar que un ojo se le cayera. Tres años después, en 1970, George Foreman lo arrolló en el cuarto asalto. El árbitro intervino antes de que se rompiera la racha que lo acompañó siempre: nunca fue derribado.

Se midió de nuevo con Ali en Vancouver en 1972. Esa revancha ya no tuvo el mismo filo ni la misma igualdad que la primera. Seis años más tarde, Chuvalo colgó los guantes con una victoria, cerrando un récord de 73 triunfos, 18 derrotas y dos empates, con 64 victorias por nocaut.

Fuera del cuadrilátero, su habla rápida, aguda, llena de chistes y comentarios irónicos, no dejaba entrever el peaje de tantos golpes. A diferencia de otros grandes pesos pesados de su era, el deterioro no se veía a simple vista.

El combate que no pudo ganar

Lo que sí se le atragantó fue la vida sin adrenalina. Llamó “monótona” a la existencia lejos del ring. Probó de todo: abrió un club nocturno, obtuvo la licencia de agente inmobiliario, promovió veladas, presentó un programa de televisión y hasta apareció en una escena de lucha de pulsos en la película The Fly, de David Cronenberg, en una de las derrotas más ridículas del cine.

En 1968, en una entrevista con CBC Radio, dejó claro que no quería que sus cuatro hijos varones se ganaran la vida a golpes. El verdadero peligro, sin embargo, esperaba fuera del ring, donde no podía cubrirles la guardia.

El más joven, Jesse, se enganchó a la heroína después de que se le terminara una prescripción de analgésicos. Tenía solo 19 años cuando se pegó un tiro en 1985. Para entonces, sus hermanos mayores, George Jr. y Steven, también consumían y se habían hundido en pequeños delitos para costearse la droga.

“Mi padre pasó bastantes años persiguiéndonos por la ciudad, a Georgie y a mí en particular, sacándonos de casas de droga y de heroína y básicamente intentando mantenernos vivos”, relató Steven en 1995, en una entrevista con el programa the fifth estate de CBC, describiendo una sensación de “inutilidad” compartida entre los tres hermanos adictos.

El calvario no se detuvo. George Jr., recién salido de la cárcel en Kingston, Ontario, murió de una sobredosis en Halloween de 1993. Cuatro días después, Lynne, la esposa de Chuvalo, de 49 años, ingirió pastillas, dejó una nota de despedida y se quitó la vida.

“Nunca pensé que lo haría, pero no me sorprende”, dijo Chuvalo al New York Times poco después, explicando que su esposa nunca superó el entierro de su primer hijo.

Ocho meses después de contar en televisión su deseo de hacer sentir orgulloso a su padre, Steven también murió por sobredosis. El hombre al que ni Ali, ni Frazier, ni Foreman pudieron tumbar, cayó entonces de rodillas fuera del ring.

En su autobiografía, escribió una frase que resume mejor que cualquier récord el tamaño de su dolor: “Si sumaras cada golpe que recibí y multiplicaras el total por 10.000, no empezaría a igualar el dolor de perder a tres hijos y a una esposa por las drogas y el suicidio”.

De la tragedia al legado

Chuvalo siguió adelante. Se volvió a casar, se aferró al tiempo con su hijo mayor, Mitch, con su hija Vanessa y con sus nietos. Transformó su historia en advertencia. Recorrió el país hablando sin adornos ante estudiantes, como recogió un reportaje de CBC Radio en 1998.

“Me gustaría pensar que, si alguna vez os tienta la idea de consumir drogas, o coqueteáis con ellas, penséis en mí, George Chuvalo, y en lo que las drogas le hicieron a mi familia”, les decía.

En 2017 salieron a la luz tensiones familiares entre sus hijos supervivientes y su segunda esposa, Joanne, en pleno proceso de divorcio. El foco estaba en el deterioro cognitivo del exboxeador y en quién debía decidir sobre su cuidado. Cinco años más tarde, en un podcast, Mitch reveló que su padre ya no lo reconocía cuando lo visitaba.

Para entonces, Toronto había sellado oficialmente su nombre en el mapa de la ciudad. En 2019 se inauguró el George Chuvalo Community Centre, un centro comunitario de 7.000 pies cuadrados en el mismo barrio de Junction donde aquel hijo de inmigrantes croatas se enamoró del boxeo mirando una revista en un kiosco.

Un edificio lleva ahora el nombre del hombre que nunca cayó en el ring. La pregunta, inevitable, queda flotando: ¿qué pesa más en la memoria, la mandíbula que nadie pudo quebrar o las pérdidas que ni el más duro de los pesos pesados pudo bloquear?