Kapil Pokhariya: De niño soñador a medallista asiático
En Chakarpur, una aldea perdida en Khatima, Uttarakhand, todos sabían que el chico que imitaba a Roman Reigns estaba un poco obsesionado. Kapil Pokhariya se lanzaba sobre colchones rellenos de algodón, golpeaba almohadas, las tiraba contra las paredes y castigaba un saco casero lleno de tierra de montaña. No era boxeador. Ni siquiera sabía que algún día lo sería. Solo era un niño hipnotizado por la lucha libre en televisión.
Saltaba comidas, se perdía juegos y salidas con amigos con tal de no perderse un programa de WWE. Terminaba el show y el salón de su casa se convertía en su WrestleMania particular. Copiaba gestos, entradas, puñetazos. Repetía una y otra vez los movimientos de su ídolo. Roman Reigns en la pantalla. Kapil, un niño descalzo, delante de ella.
Años después, ese mismo chico es havaldar del Ejército indio y medallista de los Juegos Asiáticos. En Aichi-Nagoya 2026, en la categoría de 90 kg, se colgó el bronce. Un resultado que, visto desde su pueblo, roza lo imposible.
“Empecé a aprender a lanzar puñetazos copiando a Roman Reigns”, contó en una entrevista con TimesofIndia.com, todavía con la risa incrédula de quien mira hacia atrás y no termina de creérselo. Guardaba grabaciones de sus combates favoritos. Aún las conserva. Sus grandes citas: WrestleMania y Money in the Bank.
De Chakarpur al gimnasio más cercano
En casa, al principio, aquello no hacía ninguna gracia. Su padre, Narendra Singh Pokhariya, soldado del Ejército, tenía un plan distinto para su hijo: estudiar, formarse y entrar en las fuerzas armadas como oficial. Nada de puñetazos, nada de colchones destrozados.
Cada vez que Kapil imitaba a las estrellas de WWE y rompía algo, llegaba la bronca. Y, a veces, también los golpes. Hasta que un detalle empezó a cambiar la mirada del padre. El niño volvía del colegio, llenaba un saco grueso con arena y se ponía a pegarle con todo lo que tenía. Día tras día. Sin que nadie se lo ordenara.
Una tarde, Narendra lo vio trabajar ese saco improvisado. Ya no era solo un juego. Había disciplina, terquedad, una especie de rabia canalizada. Entonces tomó una decisión: en vez de seguir castigándolo, lo llevó a un centro de entrenamiento cercano y lo inscribió en boxeo. Ahí empezó de verdad la historia.
No fue en una gran academia ni en un centro de alto rendimiento. Solo un pequeño terreno, unas pocas horas de práctica a la semana y un entrenador que veía pasar chicos de pueblo con sueños más grandes que los medios de los que disponían. Ese entrenador se llamaba Pooran Bohra.
“Bohra sir entrenaba a un grupo pequeño de chicos, solo unas horas y en días concretos”, recordaría Kapil. Él escuchaba cada indicación, cada corrección. Luego volvía a casa y repetía todo a solas. Golpe a golpe. Día tras día.
La primera caída
En 2015 llegó su primer torneo estatal. Era la primera vez que se subía a un ring de verdad, con público, ruido, focos. La adrenalina lo devoró. Y la experiencia también.
Perdió en el primer asalto de su primer combate oficial.
La decepción fue enorme. El chico que se creía invencible en su pequeño gimnasio se topó de frente con el nivel real del boxeo competitivo. Muchos se habrían quedado ahí. Él no. Aquella derrota, más que hundirlo, lo encendió. Su interés por el boxeo no se apagó; se volvió más intenso.
Regresó al trabajo con otra mentalidad. La siguiente parada ya no era el ámbito estatal, sino el nacional. Esta vez, no solo ganó combates. Se llevó el oro.
El premio no fue solo una medalla. Llegó algo mucho más grande: una plaza en el Ejército indio. En abril de 2017 se incorporó como havaldar. A partir de ahí, su carrera dio un salto.
El Ejército, el ring y el abrazo del padre
Con el uniforme llegaron mejores condiciones de entrenamiento, más competiciones, más roce con boxeadores de nivel. Los campeonatos de Servicios empezaron a llenar su currículum de medallas. Su boxeo se hizo más serio, más pulido, más profesional.
Para su padre, aquel primer gran logro nacional significó algo más que un resultado deportivo. El día que Kapil ganó su medalla a nivel nacional, Narendra lo abrazó. Un gesto sencillo, pero que el boxeador recuerda como un punto de inflexión: ahí entendió que había hecho algo realmente importante.
Narendra había entrado en el Ejército como sepoy y se retiró como havaldar. Soñaba con ver a su hijo alcanzar un rango superior. El boxeo, que nunca formó parte del plan original, se convirtió en el camino inesperado hacia ese objetivo.
Tras el bronce en los Juegos Asiáticos de Aichi-Nagoya, llegó la noticia: el ascenso a naib subedar. Kapil lo contó con una sonrisa: su padre, orgulloso, le dijo: “Ab tu mera senior ho gaya hai”. El hijo, ahora, por encima del padre en el escalafón militar. La vida tiene sus ironías.
“El Russell de Khatima”
Antes de que los guantes se apoderaran de sus tardes, Kapil era otro niño más de la India pegándole a una pelota de cricket en la calle. Jugaba torneos entre aldeas en Uttarakhand. Y ahí también destacaba.
Su altura, su físico potente y, sobre todo, su capacidad para mandar la pelota más allá de la frontera del campo le dieron un apodo que se quedó: “Khatima ka Russell”. Lo comparaban con Andre Russell, el cañonero de West Indies. Él mismo admite que lo idolatraba. También le gustaba Hardik Pandya. Los compañeros de equipo lo querían siempre en su lado por una razón muy simple: pegaba seisers descomunales.
Del bate pasó al guante, pero la esencia no cambió tanto: potencia, agresividad, impacto. El estilo de un slugger trasladado al cuadrilátero.
Astana, Los Ángeles y un objetivo fijo
El bronce en los Juegos Asiáticos no es un punto final para Kapil. Ni siquiera un punto y aparte. Es un punto y seguido.
Bajo los criterios de la Federación de Boxeo de India, los medallistas de los Juegos Asiáticos serán las entradas principales en sus respectivas categorías de peso para el Mundial de 2027 en Astana, Kazajistán. Ese campeonato, previsto para abril, será el primer clasificatorio rumbo a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.
El escenario está claro. También el camino. Kapil lo sabe. Lo repite con una frase que se le ha quedado clavada como lema personal: “Rukna nahi hai ab, bas aage dekhna hai”. No quiere parar. No piensa mirar atrás.
Los Juegos Olímpicos son su gran obsesión. “Quiero ir, representar a mi país y ganar una medalla. Es lo único que tengo en la cabeza ahora mismo”, confesó. Ya se prepara para el Mundial de abril, sabiendo que ahí empieza de verdad la carrera hacia LA 2028.
De un saco de arena casero en Chakarpur a un billete en juego para Los Ángeles, el trayecto de Kapil Pokhariya ya es una historia improbable. La pregunta, ahora, no es cómo llegó hasta aquí. La verdadera cuestión es hasta dónde puede llegar ese niño que un día aprendió a pegar puñetazos imitando a Roman Reigns en la pantalla del televisor.




