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Katie Taylor: la campeona que transformó el boxeo femenino

Katie Taylor peleará el sábado en un Croke Park abarrotado, rumbo a su último combate profesional ante Flora Pili. Una despedida gigantesca para una carrera que, durante un tiempo, estuvo cerca de no existir.

La irlandesa lo confesó en RTÉ Radio 1, en el programa Inside Sport: hubo un momento en el que pensó seriamente en dejar el boxeo. No después de una derrota dolorosa. No tras un revés profesional. Mucho antes, cuando su sueño olímpico parecía un espejismo.

La niña que tuvo que hacerse pasar por niño

Taylor empezó a boxear con nueve o diez años, en un país donde el boxeo femenino ni siquiera estaba reconocido oficialmente. Para subirse a un ring, tuvo que disfrazar su identidad.

Tuvo que hacerse pasar por chico para conseguir peleas.

De aquella realidad casi clandestina ha surgido una generación completamente distinta. Hoy, Katie mira a las jóvenes que llegan desde abajo, niñas de 14 o 15 años que ya acumulan cinco o seis títulos nacionales de Irlanda, y ve un panorama irreconocible. Hay torneos, hay estructuras, hay referentes. Hay futuro.

Ese cambio no se construyó con discursos, sino con golpes. Taylor decidió desde muy temprano que no haría carrera con declaraciones altisonantes. Prefería dejar que sus actuaciones hablaran por ella. Y funcionó. A medida que ganaba, se abrían puertas. Su excelencia se convirtió en su altavoz.

Tuvo, además, una familia que peleó a su lado, fuera del cuadrilátero. Aun así, el camino fue duro. Muy duro.

El golpe más doloroso: Pekín 2008

En 2006, cuando ya se instalaba entre la élite amateur, el Comité Olímpico Internacional anunció las nuevas pruebas que entrarían en el programa de Pekín 2008. La sensación era clara: el deporte femenino avanzaba. Se incorporaban los 3000 metros obstáculos, BMX, nuevas pruebas de esgrima, maratón de aguas abiertas. Pero el boxeo femenino se quedaba fuera.

Las presiones no habían bastado. Los organizadores dudaban de su alcance global.

Para Taylor, aquello fue un mazazo. Significaba, como mínimo, cuatro años más de espera para perseguir su sueño olímpico. Cuatro años es una eternidad en la vida de una atleta. Empezó a preguntarse si valía la pena seguir. Llegó a pensar que el boxeo femenino nunca entraría en los Juegos.

Le dijeron que estaría en Pekín. Luego escuchó lo contrario. Ese giro fue, según reconoce, el momento más cercano a abandonar el deporte. Mientras otros competían en China, ella analizaba el torneo para RTÉ, con la duda clavada: “¿Va a pasar alguna vez?”.

Decidió aguantar. Seguir entrenando. Resistir.

Londres 2012: la puerta que se abrió a tiempo

Un año después de Pekín, el COI dio finalmente el paso: el boxeo femenino entraba en el programa olímpico. Pero el margen era estrecho. En Londres 2012 solo habría tres categorías de peso para mujeres. Nada que ver con las seis divisiones que se vieron en los recientes Juegos de París.

Taylor tuvo un golpe de suerte… y el talento para aprovecharlo. Pudo competir en el peso ligero, 60 kg. El resultado ya forma parte del imaginario deportivo de Irlanda: oro olímpico y el inicio de la Katie-manía.

Desde el arranque de aquellos Juegos se notó que algo especial estaba ocurriendo. En su combate de cuartos de final ante Natasha Jonas, de Gran Bretaña, el ruido en el recinto alcanzó los 113,7 decibelios. Casi el rugido de un motor a reacción. A partir de ahí, la figura de Taylor trascendió el boxeo femenino y se convirtió en símbolo nacional.

Ese apoyo no se quedó en Londres. La acompañó en la decepción de Río, en su salto al profesionalismo, en noches grandes en Wembley, en el Madison Square Garden, en ciudades de todo Estados Unidos. Allí donde se jugaban títulos mundiales, aparecían las banderas irlandesas.

De Ali a Katie: Croke Park se rinde

Ahora, ese mismo público llenará el hogar del GAA, un escenario con una historia muy particular con el boxeo. Croke Park siempre ha estado asociado a Muhammad Ali y a su combate ante Alvin Lewis en 1972. Entonces acudieron unas 18.000 personas.

Taylor ha pulverizado esa cifra. Ha vendido las 80.000 entradas más rápido que una de sus combinaciones de jab-directo. Contra todos los cálculos conservadores. Contra cualquier techo que se pretendiera poner al tirón de una boxeadora.

Para ella, no es ninguna sorpresa que Irlanda responda así. En su país, dice, la gente se vuelca con los suyos, sin importar el género. Lo que sí la ha dejado sin palabras es la magnitud: 80.000 localidades agotadas en cuestión de minutos. Un fenómeno difícil de replicar en otro lugar del mundo para una deportista.

Taylor habla de orgullo nacional, de una hinchada que ha estado con ella en cada etapa. Antes de Londres, en Londres, cuando sonó Amhrán na bhFiann en el Excel Arena, en la tristeza de Río, en las grandes noches de la etapa profesional: Londres, Wembley, Manchester, Leeds, Boston, Brooklyn, Dallas, Nueva York.

Ahora, Dublín. Ahora, Croke Park.

Una despedida a la altura de una nación

Taylor insiste en su gratitud. No se cansa de repetirlo. Siente que Irlanda no solo ha apoyado su carrera, sino que ha sido un actor clave en la consolidación del boxeo profesional femenino. Porque, como recuerda, nadie puede construir una carrera en el vacío: hacen falta entradas vendidas, estadios llenos, gente dispuesta a viajar.

Eso ha hecho su país. La ha seguido por el mundo para verla pelear.

El sábado, cuando suene la campana en Croke Park, no será solo el último combate de una campeona. Será el cierre de un círculo improbable: el de la niña que tuvo que fingir ser niño para subirse a un ring y que ahora llena un estadio mítico con 80.000 personas.

De casi renunciar en la sombra a despedirse bajo los focos más brillantes. Esa es la distancia que ha recorrido Katie Taylor. Y la ha recorrido a base de golpes, de paciencia y de una fe que, en su peor momento, estuvo a un paso de romperse.