Katie Taylor: El Legado de una Pionera del Boxeo
Cuando Katie Taylor suba al ring en Croke Park para poner el broche final a una carrera de cuento, no será solo una campeona despidiéndose. Será el cierre de una era que empezó en gimnasios anónimos, en sparrings brutales y en sueños que, al principio, ni siquiera existían para las mujeres.
Las voces que la acompañaron desde el principio lo recuerdan con nitidez. Y todas coinciden en algo: antes de ser icono, Katie fue una competidora feroz. Una más. O mejor dicho, mejor que casi todos.
“Es mi compañera de sparring”
Eric Donovan, excampeón superpluma de Europa, retrocede a los primeros años de la selección irlandesa, allá por 2003. Katie era apenas una adolescente, un año más joven que él, pero ya se movía como si el ring le perteneciera.
Eran del mismo peso. Eso significaba una cosa: se iban a pegar mucho.
Donovan admite que, al principio, la vio como “la chica del grupo”. Bajó el ritmo. Contuvo las manos. Y entonces llegó el tirón de orejas de su entrenador, Zaur Antia.
“Eso es un sparring muy malo. Muy, muy malo. No es bueno”, le soltó. Eric protestó: estaba boxeando con una chica. Zaur se encendió. Le recordó que esa “chica” quería ser campeona olímpica. Que merecía ser tratada como lo que era: una atleta de élite.
A partir de ahí, no hubo concesiones. Sparrings técnicos, veloces, intensos. Nada de malicia, pero tampoco de compasión. Katie respondía. Daba tanto como recibía, aunque en los primeros tiempos, reconoce Donovan, le tocaba encajar más de la cuenta. Aun así, nunca pareció fuera de lugar. Nunca pareció vulnerable.
En aquellos años, las mujeres en el boxeo irlandés eran una rareza. A nivel élite, Katie estaba prácticamente sola. La senda la había iniciado Deirdre Gogarty, obligada a emigrar. Taylor tomó ese relevo y lo convirtió en un ariete contra las barreras legales y culturales que aún cercaban el boxeo femenino en Irlanda.
En 2005 ya era campeona del mundo. En 2007, Donovan la vio dar un paso decisivo en Chicago, en los Mundiales que servían como clasificatorio para Pekín. A ella no la dejaban competir: el boxeo femenino aún no estaba en el programa olímpico. La invitaron a un combate de exhibición la última noche.
En el vestuario le dijeron algo que pesaría como una losa sobre cualquier otra. Que esa exhibición era, en realidad, un escaparate para que el boxeo femenino entrara en los Juegos de Londres. Que peleaba por todas.
Salió y dio una clase magistral.
Entre el público, un grupo de estrellas británicas —Frankie Gavin, Billy Joe Saunders, Luke Campbell, James DeGale— se miraban sin entender qué acababan de ver. “¿Quién es esa?”, preguntaban. Donovan sonrió: “Es mi compañera de sparring”.
De fan absoluta a compañera de equipo
Para Gráinne Walsh, medallista mundial y olímpica, la historia con Katie empieza lejos del ring. Su vida era el fútbol. Soñaba con ser profesional. El boxeo ni figuraba en el mapa familiar.
Hasta que, en 2012, un detalle mínimo lo cambió todo: aquel verano no jugaba liga de fútbol y necesitaba mantenerse en forma. Un gimnasio le parecía aburrido. Justo enfrente de su casa, en Tullamore, abría un club de boxeo. Y la encargada de inaugurar el local era Katie Taylor, recién llegada de China tras conquistar su quinto título mundial.
Walsh lo interpretó como una señal. Fue. La conoció. Y ya no hubo vuelta atrás.
A partir de entonces, se enganchó a los Juegos de Londres. Era la primera vez que las mujeres podían boxear en unos Juegos Olímpicos. No era solo deporte; era historia. Gráinne, todavía adolescente, veía a Katie como alguien capaz de imaginar una realidad que no existía, de pelear para que esa posibilidad se abriera para todas.
Le insistió a su entrenador, amigo de Zaur Antia, para poder ir a verla entrenar al centro de alto rendimiento. Se sentaba en una esquina, en silencio, solo para observar. Años más tarde, tras ganar títulos nacionales y ganarse un sitio en la selección, llegó el giro más surrealista.
En 2016, en los Mundiales de Kazajistán, Katie Taylor ya no era solo su ídolo. Era su compañera de equipo. Walsh se encontró sentada a su lado en un avión, intentando que no se le notara el temblor en la voz ni el rubor en la cara. Seguía siendo una superfan, pero ahora compartía vestuario con la mujer que había abierto la puerta por la que ella misma había entrado.
La noche dorada de Londres
Para Marty Morrissey, voz de RTÉ Radio 1, la final olímpica de 2012 en el Excel Arena no fue solo otra narración. Hasta hace unas semanas —antes del título de Mayo en el All-Ireland— era, sin discusión, su experiencia número uno como comentarista.
El ambiente rozaba lo irreal. El recinto, cerrado, comprimía cada grito, cada nota de “The Fields of Athenry” que retumbaba como un himno de guerra. El combate ante Sofya Ochigava fue duro, tenso, cerrado. Al sonar la campana final, ni siquiera Katie estaba segura del resultado. Miró a su padre Pete y a Zaur Antia, buscando confirmación. Ellos le dijeron que sí, que lo había hecho.
Cuando se anunció el veredicto y el oro cayó del lado de Taylor, la explosión fue total. Hasta los soldados del ejército británico que custodiaban las salidas terminaron posando en fotos con los aficionados irlandeses desbordados de alegría. La escena, por la historia compartida entre ambos países, tenía un punto casi surrealista.
La noche dejó otra anécdota insólita. En la posición de comentaristas, junto a Morrissey y Jimmy Magee, se acercó a saludar Kate Middleton. Ella sí. De William, ni rastro cerca de ellos. Allí, en un rincón del Excel, la realeza británica se cruzaba con la realeza del boxeo irlandés.
Mientras tanto, en RTÉ querían a Katie en directo con Bill O’Herlihy. El problema: era imposible localizarla. No atendía el teléfono. Estaba ocupada con lo suyo, con su familia, con su momento. Su padre había decidido que esa noche sería privada, sin televisión, sin medios.
Morrissey se enteró de que le estaban haciendo un reconocimiento médico. Vio una bata de médico con una acreditación colgando. Se la puso. Entró. Algunos miembros del equipo irlandés se echaron a reír al verlo aparecer así, preguntándole qué demonios hacía allí.
Encontró a Katie y a Pete. El padre volvió a decir que no. Pero la campeona entendió lo que buscaba el periodista. “Creo que deberíamos hacer la entrevista”, le dijo a su padre. Y así acabó aquella noche dorada en la televisión irlandesa, con la nueva campeona olímpica sentada frente a O’Herlihy.
Antes de eso, Pete había creído que los llevaban a la embajada de Irlanda. En realidad, el destino era un pub llamado “The Irish Embassy”. La acogida fue enorme, el recibimiento apoteósico. Pero no era allí donde querían pasar la noche. Volvieron a llamar a RTÉ para que los recogieran de nuevo. La campeona olímpica no quería terminar el día en una barra, sino frente a las cámaras de su país.
De rareza local a fenómeno global
Para Hugh Cahill, también de RTÉ, la leyenda de Katie empezó como un rumor de pueblo. Él, de Greystones; ella, de Bray. Dos localidades pegadas, un mismo mar, los mismos bares. Se hablaba de una chica que en los sparrings “les estaba dando a los chicos”. Sonaba casi a exageración de barra.
Conoció antes a Pete Taylor, que trabajaba en la puerta del pub Jim Doyle’s, patrocinador del club de rugby de Greystones. Después fue a ver entrenar a esa chica de la que todo el mundo hablaba. Y entendió.
En una época en la que muchos no sabían cómo encajar el boxeo femenino, Katie rompió prejuicios a base de golpes limpios y una ética de trabajo feroz. Al principio, para muchos, era una novedad, casi un experimento. Hasta que la vieron pelear.
La final de Londres 2012 contra Ochigava, para Cahill, se sitúa al nivel de la noche en la que Bernard Dunne conquistó su título mundial en 2009. El Excel Arena parecía un club nocturno abarrotado, con los gritos rebotando en las paredes. Casi nadie iba con la rusa. Algún ruso suelto, compañeras de equipo y poco más. Ahogados por una marea verde.
Cahill lanza una reflexión que persiste: Irlanda admira a Katie, la idolatra, la señala en las encuestas como una de sus grandes figuras. Saben que hace mucho trabajo silencioso para causas benéficas. Conocen su fe y su grandeza deportiva. Pero, más allá de eso, pocos podrían decir quién es realmente Katie Taylor cuando se apagan los focos.
“Era buena, era letal”
Mick Dowling, dos veces olímpico, dos bronces europeos y uno de los grandes entrenadores y analistas del país, conoció a Katie de la mano de un viejo amigo: Pete Taylor. La llevó al Mount Tallant Boxing Club, en Terenure. Desde el primer día, Dowling vio algo distinto.
No era una pegadora devastadora, pero sí una máquina inagotable. Lanzaba manos sin parar. Se agachaba, se balanceaba, esquivaba, se deslizaba. Un estilo bob-and-weave, de acción constante, que a Dowling le fascinaba. Todo movimiento. Todo intención.
El papel de Pete, recuerda, fue enorme. Fundamental en esos primeros años. Y había otro detalle clave: Katie sabía encajar. No todos los púgiles tienen mandíbula para el castigo. Ella sí. El truco, claro, consiste en recibir lo menos posible. Taylor aceptaba llevarse alguna mano, pero siempre devolvía más de las que recibía.
Dowling, que viajaba con la selección irlandesa por medio mundo, no tardó en identificar lo que tenía delante: una estrella en ciernes. Una de esas figuras que, como un futbolista de élite visto de niño, se reconocen al instante. Con el tiempo, Katie no hizo más que confirmar aquella primera impresión.
En Croke Park, cuando suene la campana por última vez, todas estas escenas —el vestuario de Chicago, la esquina del Excel, el pub equivocado en Londres, el rincón del gimnasio donde una adolescente la miraba con los ojos muy abiertos— estarán, de alguna forma, sobre el ring con ella.
La pregunta ya no es qué más puede ganar. Es otra: ¿quién se atreverá a ocupar el espacio que deja una pionera que convirtió lo imposible en rutina?




