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Liverpool: Despilfarro y el Vacío del Mercado

El verano en Liverpool huele a oportunidad perdida. Hace un año, el club se paseaba por la Premier League como campeón y el comité de fichajes se lanzó a una ventana que muchos describieron como histórica: Florian Wirtz, Jeremy Frimpong, Hugo Ekitike como gesto desafiante a Newcastle, y Alexander Isak, considerado por muchos el mejor nueve de la liga en ese momento. El mensaje era claro: dominio prolongado, proyecto blindado, miedo en las aficiones rivales.

La realidad posterior fue mucho menos glamourosa.

Hoy, el tono en la grada es muy distinto. Lo que antes se vendía como planificación agresiva, ahora se percibe como descontrol en sentido contrario. El nuevo director deportivo, Richard Hughes, se ha convertido en el blanco principal de la frustración. No por una gran apuesta que haya salido mal, sino por algo mucho más básico: la sensación de que el club está desmontando piezas sin tener claro qué va a poner en su lugar.

Se han aceptado ventas con una facilidad que desconcierta al aficionado. Hasta nombres como Stefan Bajcetic han salido del club. Y la pregunta que resuena es sencilla y demoledora: ¿quién sostiene ese centro del campo cuando no estén los tres titulares?

El vacío que deja Mohamed Salah, un futbolista de dimensión generacional, agranda el problema. Liverpool sabía desde hace meses que el egipcio se marchaba. Había tiempo para diseñar el relevo, para identificar perfiles, para negociar con calma. En lugar de eso, la sensación es de carrera a última hora, de club grande actuando como improvisado aspirante: Bradley Barcola, Yankuba Minteh, Ismaïla Sarr… nombres que aparecen y desaparecen mientras la temporada ya ha arrancado.

El contraste con el resto de la élite inglesa duele. Arsenal, Manchester City, Chelsea, Tottenham y hasta Aston Villa se mueven con una lógica reconocible, reforzando zonas clave, cerrando operaciones estructurales. Liverpool, en cambio, transmite la imagen de llegar tarde a todo, de mirar el reloj cuando el mercado ya entra en descuento.

El problema no es solo de nombres, sino de estructura. El equipo necesita un mediocentro posicional que proteja a una defensa que vive al límite. Los laterales, cada vez más ofensivos, defienden como atacantes y atacan como defensas, dejando espacios que rivales intensos, como Newcastle, explotan sin piedad. Lo que se vio en ese partido no fue una anomalía, sino la continuación de muchos de los problemas del curso anterior: transición defensiva frágil, desorden cuando el rival corre, demasiada exposición para los centrales.

En la grada, la paciencia con los despachos se agota. Hay quien afirma que en cualquier otro sector, con esos sueldos y ese nivel de responsabilidad, una planificación tan deficiente ya habría costado el puesto a más de uno. El nombre de Hughes aparece en todas las conversaciones, acompañado por la idea de un comité que ha pasado de gastar sin medida a vender sin red.

Entre la crítica feroz, también asoma un matiz: el reconocimiento a operaciones más discretas, como la de Víctor Muñoz, vistas como ejemplo de la vieja astucia de Liverpool en el mercado. Fichajes de coste razonable, potencial alto y presión moderada. Ese era el sello del club en la última década. Hoy, esa identidad parece diluirse entre bandazos.

El aficionado, mientras tanto, reajusta sus expectativas. Algunos ya anuncian que verán los partidos sin la exigencia de pelear el título, casi resignados a que los rivales atraviesen un centro del campo liviano y castiguen a una defensa descubierta. La crítica, esta vez, apunta menos al banquillo y más a los despachos. El nuevo técnico, Andoni Iraola, aparece en el relato como víctima de un contexto que no ha elegido: o firma una temporada casi milagrosa, al nivel de los grandes nombres de los banquillos recientes, o el curso amenaza con parecerse más a los años de transición de Tottenham o al tramo final del Arsenal de Arsène Wenger.

La comparación no es casual. Habla de equipos buenos, competitivos, pero atrapados en un bucle de casi, de estar cerca sin llegar del todo. Y esa es exactamente la pesadilla que Liverpool quiere evitar.

En este clima, las “reuniones” y “propuestas” que se alargan durante meses con clubes como Paris Saint-Germain en torno a objetivos como Barcola solo añaden irritación. Mientras otros cierran operaciones, Liverpool parece atrapado en negociaciones eternas que no terminan de cristalizar.

La ventana aún no ha echado el cierre, y siempre queda espacio para un giro dramático en el último día. Tres o cuatro fichajes de peso en posiciones clave podrían cambiar el humor de Anfield en cuestión de horas. Pero el margen de error se ha reducido al mínimo. Y si no llegan, la pregunta no será qué título puede pelear este Liverpool, sino si le alcanzará para algo tan básico, y tan caro de perder, como la clasificación a la próxima Champions League.