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Madison Keys avanza a segunda ronda en su US Open número 15

La lluvia empapó Nueva York, pero no alcanzó a Madison Keys. Mientras gran parte del cuadro femenino miraba el cielo y el reloj, atrapada en retrasos interminables, la estadounidense aprovechó el privilegio del techo del Arthur Ashe Stadium para hacer lo que tantas veces ha hecho en Flushing Meadows: ganar. Esta vez, con un 7-5, 6-4 sobrio y maduro ante la joven rusa Alina Korneeva, para meterse en segunda ronda.

No fue una exhibición deslumbrante. Fue algo más útil en una primera ronda de Grand Slam: control, temple, cero dramas cuando el partido amenazaba con enredarse. En un día cargado de nervios y humedad, Keys eligió la vía pragmática.

Una veterana que aún se siente “muy joven”

Este US Open es especial para ella. Es el número 15 de su carrera. Quince. La cifra impresiona incluso a la propia Keys, que debutó como profesional el mismo día que cumplió 14 años, en febrero de 2009, y que llega a Nueva York como vigente campeona del Abierto de Australia 2025 en individuales.

En estos días, contaba, se ha sorprendido mirando hacia atrás. Más de la mitad de su vida dedicada al circuito. A la misma profesión. A la misma rutina de aeropuertos, hoteles y vestuarios cargados de tensión.

Le han recordado una y otra vez que ya es su decimoquinto US Open y ella responde con una mezcla de risa y asombro. Se siente “muy joven”, insiste. Y, sin embargo, habla como alguien que ha atravesado varias vidas dentro de una misma carrera: la adolescente que no entendía del todo dónde estaba, la pegadora feroz que irrumpió en la élite, la jugadora madura que ahora se reconoce cambiada como persona, pero con la misma tarea diaria: salir a la pista y encontrar soluciones.

Empezar tan pronto, admite, fue una bendición. Entró en el circuito casi sin tiempo para procesar lo que significaba. Aprendió sobre la marcha, sin filtros, creciendo a la vez como tenista y como mujer. Esa evolución se percibe hoy en su tenis, menos impulsivo, más consciente del momento.

El fantasma de 2023 y la tensión en los vestuarios

La victoria ante Korneeva pesa más de lo que parece en el marcador. Hace un año, Keys se marchó de Nueva York con una de las derrotas más duras de su historial en este torneo: caída en primera ronda ante la número 82 del mundo, Renata Zarazúa. Un golpe inesperado en un escenario que tantas veces la ha visto llegar lejos.

Quizá por eso el 7-5 del primer set, apretado, vale casi como un desahogo. Korneeva, talentosa y sin complejos, amenazó con alargar la tarde. Pero cuando el set entró en territorio de nervios, Keys tiró de experiencia, ajustó el margen de error y cerró la manga sin titubeos. En el segundo, el 6-4 selló una actuación sin adornos, pero con la firmeza que le faltó el año pasado.

Lo que se vive antes de que todo empiece ayuda a entender la importancia de este arranque. Keys describía estos días previos como un hervidero de ansiedad compartida. Una semana de entrenamientos, sonrisas y reencuentros… que se va transformando poco a poco en otra cosa: manos sudorosas, raquetas que “se vuelven un poco resbaladizas”, gritos que se escuchan desde otras pistas, miradas tensas en el vestuario.

Todas quieren empezar bien. Todas sienten el peso del torneo en casa del tenis estadounidense. La construcción del debut es casi tan dura como el propio partido: se anticipan los nervios, se imagina la presión, se mastica la ansiedad. Para Keys, salir con una actuación “estable” en medio de ese clima vale tanto como cualquier golpe ganador.

Rybakina pisa firme en su carrera al número 1

Mientras Keys celebraba su paso a segunda ronda, otra historia de ambición se cocinaba en el mismo escenario del US Open. Elena Rybakina dio un paso importante en su persecución del número 1 del mundo con una victoria clara: 6-3, 6-2 ante la estadounidense de 17 años Thea Frodin, invitada por la organización.

Rybakina llegaba con interrogantes físicos después de lesionarse el pie en el Cincinnati Open, donde tuvo que retirarse en cuartos de final ante Iga Swiatek. En Nueva York, al menos por hoy, despejó dudas. Se movió con soltura, sin gestos de dolor evidentes, y dominó a una rival aún verde para este nivel.

La kazaja ya se sienta, virtualmente, en el trono. Es número 1 en la clasificación en vivo y sabe exactamente lo que necesita para que esa condición se haga oficial: alcanzar, como mínimo, las semifinales. Hay una condición más, igual de clara: Aryna Sabalenka, Jessica Pegula y Coco Gauff no deben levantar el trofeo.

La ecuación es sencilla, la ejecución no tanto. Pero Rybakina ha dejado claro que no ha venido a Flushing Meadows a especular.

Cobolli firma una remontada de carácter

En el cuadro masculino, la jornada dejó una de esas historias que suelen quedar escondidas en las primeras rondas, pero que dicen mucho del carácter de un jugador. El quinto cabeza de serie y finalista de Roland Garros, Flavio Cobolli, estuvo al borde del abismo ante Francisco Comesaña… y salió vivo.

Perdía dos sets a cero: 3-6, 2-6. El argentino mandaba, el italiano no encontraba el ritmo, el partido parecía encaminado a una sorpresa mayúscula. Entonces Cobolli cambió el guion. Ajustó, arriesgó cuando tocaba, aguantó cuando fue necesario. Ganó el tercero 6-3, el cuarto 6-4, el quinto 6-4. Cinco mangas, 3-6, 2-6, 6-3, 6-4, 6-4, y un mensaje claro: no piensa irse pronto de este torneo.

No habrá titulares ruidosos por esta victoria en primera ronda, pero para Cobolli puede ser uno de esos partidos que marcan un torneo. El día en que el quinto favorito estuvo a un set de hacer las maletas… y decidió que no era el momento.

En una jornada marcada por la lluvia, los nervios y los techos cerrados, Keys, Rybakina y Cobolli encontraron algo que vale más que un buen cuadro: la sensación de que, cuando la presión aprieta, su tenis sigue respondiendo. Y en Nueva York, eso suele separar a los que solo pasan por aquí de los que vienen a dejar huella.