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Navone derriba a Djokovic en Flushing Meadows

La búsqueda de Novak Djokovic por un 25º Grand Slam se detuvo de golpe en la primera curva de Flushing Meadows. No fue ante un viejo rival, ni en una final. Fue en un estreno maratoniano y doloroso, frente a un argentino que llegó como número 49 del mundo y salió convertido en protagonista absoluto: Mariano Navone.

Después de 4 horas y 36 minutos, el marcador dictó sentencia: 7-6 (7-5), 5-7, 4-6, 6-2 y 6-1 para el jugador de 25 años. El resultado no solo sacude el cuadro del US Open; sacude también la carrera del serbio, que firma su eliminación más temprana en un grande desde el Open de Australia de 2006 y el partido inaugural más largo de su vida en un Grand Slam.

Un cuerpo al límite

Djokovic no cayó solo ante el tenis de Navone. Cayó, sobre todo, ante su propio cuerpo. Desde el inicio se le vio al límite: mejillas encendidas, camiseta empapada, movimientos pesados en una humedad opresiva que le persigue desde hace tiempo.

No lo disfruté”, admitió después. “Creo que fue obvio que fue una sensación horrible en pista para mí. Es algo que vengo arrastrando, por desgracia, prácticamente en cada partido este año. Vómitos, arcadas, un problema serio ahí. Luego todo mi cuerpo empezó a colapsar, básicamente calambres y dolor. La espalda se rindió al final, y el hombro, y no pude cerrarlo”.

El serbio ya había dado señales de alarma en Cincinnati hace dos semanas, desplomándose de rodillas y vomitando en la toalla tras perder ante Thiago Tirante. Entonces habló de un “problema de salud” que arrastra “desde hace muchos años” y que se dispara con el calor y la humedad. Nueva York no alcanzó los extremos de Ohio, pero el daño ya estaba hecho.

Del control al derrumbe

El arranque del partido engañó. Djokovic se colocó 3-0 en el primer set, con la autoridad de siempre, manejando el ritmo y el silencio de un estadio que parecía asumir el guion habitual. Pero el serbio empezó a aflojar, Navone se asentó y el parcial se fue al desempate. Ahí, el argentino dio el primer zarpazo.

Djokovic, incómodo, pidió cerrar el techo para intentar controlar las condiciones. Con el techo bajado y el aire acondicionado funcionando, el partido cambió de tono, pero no de sufrimiento. En el segundo set, el número 2 del mundo ya había vomitado junto a la caja de toallas. Aun así, encontró un último tramo de lucidez: rompió para 6-5 y aseguró el set con el servicio.

En el tercero, la escena se repitió: más náuseas, más gestos de dolor… y, aun así, un break que le colocaba a un set de la victoria. Un Djokovic 42-12 en partidos a cinco sets frente a un Navone que llegaba con 0-4 en esa distancia. La lógica decía una cosa. El cuerpo del serbio, otra muy distinta.

El partido se rompe… y Djokovic también

El cuarto set pareció el golpe definitivo. Djokovic vomitó de nuevo al inicio, pero logró romper para 2-1. Estaba un break arriba, con la experiencia, la historia y el marcador de su lado. Sin embargo, la resistencia se rompió en el lugar más inesperado.

Tras fallar un golpe y apoyar mal, soltó la raqueta, miró al suelo y, en la práctica, entregó el set. El cuerpo ya no respondía. Llegaron los calambres, las muecas, la sensación de que cada desplazamiento era un castigo. Navone olió la sangre.

Desde ahí, el argentino se adueñó del partido. Djokovic, prácticamente inmóvil, solo pudo sumar un juego más en lo que quedaba de noche. El quinto set fue una procesión: un exnúmero 1 del mundo atrapado en su propia jaula física, acumulando hasta 70 errores no forzados, mientras el reloj se acercaba a la medianoche y el estadio asistía a algo que no esperaba ver.

La noche de Navone

Para Mariano Navone, fue la noche de su vida. Este año levantó su primer título ATP; ahora, en la pista más grande del mundo, derribó al jugador al que admiraba de niño.

“Fue muy duro para mí porque estás jugando contra el ‘GOAT’ en esta pista”, confesó en la entrevista a pie de pista. “Seguro que es lo mejor que he vivido en una cancha. Esta es una pista increíble y el escenario más grande. Es increíble, la forma en que jugamos. Cinco sets. Estoy muy feliz. No sé, ¿qué puedo decir?”.

Dijo suficiente. Su tenis habló por él: resistencia, fe y una calma impropia de alguien sin victorias previas a cinco sets. Supo esperar, supo golpear cuando Djokovic se desmoronó y no se encogió cuando el partido pedía carácter.

¿El último baile en un grande?

La derrota tiene un efecto inmediato y otro que va mucho más allá de Nueva York. En lo numérico, Djokovic saldrá del top 10 del ranking ATP por primera vez en ocho años. En lo simbólico, deja una pregunta flotando en el aire: ¿fue este su último partido en un Grand Slam?

“Estaba con un break arriba en el cuarto, pero luché todo el camino desde el cuarto juego del partido”, explicó. “No quiero quitarle mérito a su victoria. Felicidades para él. Es un buen tipo, un luchador. Pero yo no lo disfruté”.

No son palabras de alguien que solo ha perdido un partido. Son las de un campeón que se enfrenta, quizá por primera vez de verdad, a los límites definitivos de su cuerpo.

Flushing Meadows, tantas veces escenario de sus conquistas, se convirtió esta vez en espejo cruel. Mientras Navone se marchaba ovacionado, Djokovic dejaba la pista con la incógnita más pesada de su carrera: no si puede ganar otro grande, sino si su cuerpo le permitirá volver a intentarlo.