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Pedro Sánchez defiende la final del Mundial 2030 en España

La batalla por la final del Mundial 2030 ya no es solo un pulso deportivo. Es política, es simbólica y, desde este lunes, tiene a La Moncloa metida de lleno en el juego.

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, se ha comprometido públicamente a pelear para que el partido más grande del torneo no cruce el Estrecho. Nada de concesiones: la final, dice, debe disputarse en España.

En una entrevista en la cadena SER, Sánchez fue directo: su gobierno “trabajará para que la final se celebre aquí”. El mensaje tenía destinatario claro, aunque no se pronunciara su nombre en tono de reproche: Gianni Infantino y la FIFA, en pleno debate interno sobre si el último partido del Mundial 2030 podría terminar recalando en Marruecos.

Sánchez cerró la puerta a esa posibilidad. Y subió el tono apelando a algo que hoy pesa tanto como las infraestructuras o los dosieres técnicos: el peso deportivo de la actual campeona del mundo.

España, recordó, ya no es solo la selección que tocó el cielo en Sudáfrica en 2010. Es también la que este verano volvió a coronarse campeona del mundo en el torneo organizado por Estados Unidos, México y Canadá. Dos estrellas en el pecho y una sensación de ciclo histórico que el presidente quiere culminar en casa: “Ha llegado la hora de que España gane el Mundial en su propio suelo”, afirmó.

La frase no es casual. La Roja viene de levantar su segundo título mundial el 19 de julio, tras imponerse 1-0 a Argentina en la prórroga, con un gol de Ferran Torres que ya forma parte de la memoria reciente del fútbol español. Un triunfo que, para Sánchez, refuerza la legitimidad de la candidatura española para albergar la final de 2030.

El contexto es único. El Mundial 2030 será compartido por España, Portugal y Marruecos, en un formato inédito que, además, rinde homenaje al centenario del primer campeonato del mundo. Para subrayar esa efeméride, Uruguay, Argentina y Paraguay acogerán los partidos inaugurales en casa, un guiño directo a aquel torneo de 1930 en el que todos los encuentros se disputaron en Montevideo.

Lo que no está decidido, y ahí está el epicentro de la pugna, es el estadio que acogerá la final. Esa incógnita se ha convertido en un tablero de poder. Marruecos empuja con fuerza, apoyado en su creciente peso en el mapa futbolístico y en la proyección internacional que le dio su papel en el último Mundial. España, ahora con el respaldo explícito de su gobierno, responde elevando el nivel de la disputa.

No se trata solo de un partido. Es la oportunidad de firmar en casa el capítulo culminante de una generación que ya ha demostrado que sabe ganar lejos. La pregunta es clara: ¿permitirá la FIFA que la campeona vigente juegue el partido más grande de 2030 en otro país, o cederá ante la presión política y deportiva de un país que se siente, por méritos recientes, dueño natural de esa final?

La carrera por la sede acaba de cambiar de tono. Y España ha decidido que no piensa verla desde la grada.