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Regreso de las hermanas Williams en el US Open: un acto de memoria colectiva

En el Arthur Ashe Stadium no se jugó un simple dobles de primera ronda. Se asistió a un acto de memoria colectiva. A un regreso. Quizá a una despedida.

Las hermanas Williams, con 44 y 46 años, volvieron a ocupar el turno estelar nocturno del US Open como si el tiempo no existiera. La realidad, sin embargo, se impuso en el marcador: derrota por 6-3, 6-7 (6-8) y 7-6 (10-7) ante las cabezas de serie número 14, Hao-Ching Chan y Maya Joint. El resultado cuenta la historia fría. La noche en Nueva York, no.

El rugido para dos leyendas

Cuatro años después de su última aparición conjunta en la pista central, Serena y Venus cruzaron el túnel hacia el Ashe y el estadio entero se levantó. Más de 20.000 personas de pie para recibir a dos jugadoras que allí han levantado ocho títulos individuales y dos de dobles. El rugido fue atronador. Y respetuoso. Esa mezcla que solo se reserva a los gigantes.

Durante el primer set, el ruido se apagó un poco. Las locales arrancaron imprecisas, con un tenis algo plano, y Chan y Joint aprovecharon la vacilación. Se llevaron el parcial con autoridad y dejaron una pregunta flotando en la noche: ¿les quedaba gasolina para competir de verdad?

La respuesta llegó pronto.

“Fue increíble lo competitivo que fue el partido”, resumió Chanda Rubin, exjugadora estadounidense y hoy comentarista, que sabe bien lo que es sufrirlas: perdió con ellas la final de dobles del US Open en 1999. “Después del primer set te preguntabas si Serena y Venus serían capaces de encontrar su ritmo, pero vaya si lo hicieron”.

El orgullo como combustible

En el segundo set cambió el tono. Serena ajustó su golpeo, Venus afinó las devoluciones y el estadio volvió a encenderse. Cada volea ganadora, cada ángulo imposible, cada defensa desesperada levantaba al público. El tenis se volvió reconocible: agresivo, frontal, mandón. El de siempre.

Chan y Joint, sólidas y valientes, no se dejaron arrastrar por la ola emocional. Presionaron al resto, dispusieron de hasta cuatro bolas de rotura en el quinto y séptimo juego. Las hermanas sobrevivieron a ese tramo crítico y, con el impulso del público, estiraron el set hasta el ‘tie-break’. Ahí, la experiencia pesó. Serena y Venus se aferraron a cada punto, cerraron el desempate por 8-6 y el Ashe explotó. Partido igualado. Noche viva.

El tercer set pareció un golpe de realidad. Chan y Joint se adelantaron 4-1 y el ambiente se enfrió. No hubo abucheos ni resignación ruidosa. Hubo silencio. Un silencio raro en Nueva York, casi reverencial. El público comprendía que el tiempo pasa incluso para quienes parecían inmunes.

Pero si algo ha definido la carrera de las Williams es su negativa a rendirse. Volvieron a subir la intensidad, apretaron con el resto, encontraron huecos donde ya casi no quedaban. Forzaron el ‘match tie-break’. La historia pedía un último giro.

Un ‘tie-break’ que lo dijo todo

En el desempate a 10 puntos, el guion rozó la épica. Serena y Venus volaron hasta un 5-0 que hizo temblar las gradas. Cada punto celebrado como si fuera el definitivo. El pase a segunda ronda parecía cuestión de trámite. Parecía.

Entonces emergieron Chan y Joint, sujetas a su plan, inmunes —al menos en apariencia— al ambiente más hostil que habían vivido jamás. Encadenaron puntos, devolvieron bolas imposibles, obligaron a las hermanas a jugar un golpe más. Dos dobles faltas, una de cada Williams, abrieron la puerta a la remontada. Y las 14ª cabezas de serie no la desaprovecharon.

Del 5-0 se pasó al 10-7 final. El rugido se transformó en suspiro. El resultado cayó del lado de las jóvenes. La ovación, del de las leyendas.

Maya Joint lo resumió con sencillez: “La atmósfera fue surrealista. Es algo que nunca habíamos experimentado, y jugar contra semejantes leyendas del juego fue súper especial”.

Más que un partido, un espejo del tiempo

Sobre la pista, las hermanas dejaron algo más que un resultado ajustado. Dejaron una actuación que, por momentos, recordó por qué cambiaron este deporte. Golpes de fondo sólidos, movimientos todavía sorprendentes para su edad, reflejos que se niegan a apagarse y una actitud innegociable: no dar un punto por perdido.

Su tenis planteó problemas constantes a Chan y Joint, que merecen un enorme reconocimiento por mantenerse frías en un entorno abiertamente partidista. No se descompusieron con el 0-5 en el ‘tie-break’, no se dejaron intimidar por los gritos ni por los nombres al otro lado de la red. Jugaron para ganar, no solo para resistir.

El contexto lo hacía todo más simbólico. Serena, campeona de 23 Grand Slams individuales, regresó este verano de su retiro y encendió de nuevo la ilusión de quienes la vieron dominar y de quienes solo conocían sus hazañas por vídeos. Venus, siete veces campeona de grandes, nunca se fue del todo. No “evolucionó lejos” del tenis, como dijo su hermana en 2022, sino que ha ido prolongando su carrera con invitaciones puntuales, decisión que ha generado debate en algunos sectores, pero que en Flushing Meadows apenas encontró oposición.

Su intento de volver antes, en Wimbledon, quedó truncado por una lesión de rodilla de Serena en su partido individual, precisamente ante Joint, de 20 años. El destino les reservó un cruce doble, con las dos hermanas al otro lado de la red, en Nueva York. Y de nuevo, el desenlace se decidió en un ‘match tie-break’, como ya les sucedió en Cincinnati ante Marta Kostyuk y Peyton Stearns.

El silencio después del rugido

Al terminar el partido, el Ashe se levantó de nuevo. No para celebrar una victoria, sino para despedir —por si acaso— a dos jugadoras que han marcado tres décadas de tenis. No hubo lágrimas públicas ni discursos. Hubo aplausos largos, móviles en alto y un respeto absoluto durante los últimos saludos a la grada.

Las preguntas, inevitablemente, apuntan al futuro. Serena dejó caer esta semana, en una entrevista televisiva, que quiere volver a jugar individuales. Venus, tras su derrota en primera ronda de singles el lunes, se negó a proyectarse: dijo que no debería “tener que” pensar más allá del dobles. En la noche del viernes, ninguna de las dos quiso añadir nada. Según la organización del US Open, decidieron no estar disponibles para la prensa.

El mensaje, por ahora, está en la pista. Mientras sigan compitiendo así, mientras un estadio entero contenga la respiración en cada punto que juegan juntas, la duda seguirá abierta: ¿cuántas noches como esta les quedan todavía al tenis y a Nueva York con Serena y Venus en escena?